Definiciones: la soledad

La música envolvía el cuarto, los oídos apenas sí la escuchaban. Era un cuento, una melodía calmosa y suave, agradable para cualquiera; en su crescendo se batía contra el silencio igual que un ave elevándose con su brutal aleteo.
Su vista se nublaba fijada en la nada, en un punto desaparecido de la habitación, allá donde no existía la música, donde no había nada. La soledad se le antojaba una madre cariñosa que cuando él se hería le acogía en sus brazos, envolviéndole con sus ropas grises; en su compañía se sumía en la dulce melancolía de una tristeza que no terminaba de llegar y nunca llegaba. Quedaba protegido con aquel manto de cenizas protector, frágil en apariencia mas lo suficientemente grueso como para ser ajeno a todo, tanto lo bueno como lo malvado.
Cuando uno se acostumbraba a su sola compañía el tiempo transcurría como las gotas de un grifo mal cerrado, como los granos de un reloj de arena. El rumor del viento entre las hojas le arrullaba, los sonidos minúsculos se volvían música de fondo. Las teclas del piano parecían más reales que el mundo mismo, las notas se colaban por sus oídos afirmando que no existía nada más que ellas.
Soledad traía con su amistad la tranquilidad de una vida en blanco y negro: A partir de ella el sol será gris y el verde de los árboles negro claro, su tronco ceniciento y el cielo blanco oscuro.
Soledad, soledad… aislada, solitaria soledad, la más fiel amante.

Podrás encontrar este texto en a vuelapluma.

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Octubre

Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Octubre siempre lo he sentido de la misma manera que siento al leer el soneto “otoño” de J. R. Jiménez, cuya primera estrofa es con la que abro esta entrada.

En efecto, para nadie escapa la llegada de este otoño que a mí, quizá por cuestiones personales, se me antoja más melancólico que otros pasados. Septiembre ha llegado y se ha ido volando, aunque no lo sintiera pasar tan rápido; de hecho casi podría decir que he advertido cada minuto de cada día.

En cuanto a mis ocupaciones: La vuelta a la universidad ha sido bastante gratificante, aunque el trabajo ya empieza a acumularse. Entre mis lecturas de este mes he tenido el curioso placer de leer “The road”, un libro de Cormac McCarthy que me ha resultado distinto a lo acostumbrado, me ha parecido un buen material pero estropeado por ese distinguible sabor metálico que deja lo comercial y que se quedó en mi paladar, claro que es sólo una impresión propia. De mi trabajo de escritura puedo indicar estoy inmerso en ese primer proyecto del que he hablado en la anterior entrada. El caso es que estoy finalizando dicha novela por fin y a pesar de que me haya resultado agradable escribir sus páginas ya empiezo a sentir hartura, ha sido un proyecto demasiado largo y deseo terminarlo para poder dedicar mi tiempo a otros textos y a la misma progresión de la historia que comienza en la novela, por cierto si sentís curiosidad podéis echar un ojo al apartado de “proyectos” donde se muestra en qué estoy trabajando.

Del blog todos sois testigos de su progreso, poco a poco voy llenándolo de textos, os ruego paciencia en este punto ya que he de ir rescatando lo que aquí voy colgando. Se admiten sugerencias y comentarios claro.

Sin nada más que contar, siempre vuestro.

Renacimiento

El brillo del amanecer se reflejó en sus ojos, el mar rompía contra las rocas una y otra vez, la fuerza del agua podría haber partido un velero fácilmente, pero a él se le antojaba un mero susurro impetuoso que allí, en las alturas del acantilado, le reconfortaba en su monótono rugir.

La brisa helada alborotaba sus ropas y conseguía enredar el largo cabello cano. Los sauces del jardín gemían azotados por aquella ventolera y en la mansión las ventanas se habían abierto. Seguramente las partituras estarían desperdigadas por el suelo al pie del piano, quizás algún jarrón estuviera volcado, y la hojarasca habría invadido el salón. Pero ¿Por qué preocuparse ahora?

Suspiró, pero no fue un suspiro desolado o triste, si no más bien de dulce añoranza, de espera, como si alguien se retrasara a una cita concertada, un suspiro que a cualquier oído le habría parecido incluso de impaciencia. Alguien que conociese a James Wath quizás habría notado una ultima nota, una sola que desafinaba con el resto, un halo dentro del primero, un resquicio de tristeza. Pero la verdad era que nadie conocía a James Wath, al menos no en aquel tiempo, no en aquel lugar.

[…]

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