Renacimiento

El brillo del amanecer se reflejó en sus ojos, el mar rompía contra las rocas una y otra vez, la fuerza del agua podría haber partido un velero fácilmente, pero a él se le antojaba un mero susurro impetuoso que allí, en las alturas del acantilado, le reconfortaba en su monótono rugir.

La brisa helada alborotaba sus ropas y conseguía enredar el largo cabello cano. Los sauces del jardín gemían azotados por aquella ventolera y en la mansión las ventanas se habían abierto. Seguramente las partituras estarían desperdigadas por el suelo al pie del piano, quizás algún jarrón estuviera volcado, y la hojarasca habría invadido el salón. Pero ¿Por qué preocuparse ahora?

Suspiró, pero no fue un suspiro desolado o triste, si no más bien de dulce añoranza, de espera, como si alguien se retrasara a una cita concertada, un suspiro que a cualquier oído le habría parecido incluso de impaciencia. Alguien que conociese a James Wath quizás habría notado una ultima nota, una sola que desafinaba con el resto, un halo dentro del primero, un resquicio de tristeza. Pero la verdad era que nadie conocía a James Wath, al menos no en aquel tiempo, no en aquel lugar.

[…]

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