Deconstrucción distópica

¡Qué vida! ¡Qué negritud! Dorada es la semilla del árbol del diablo y en su jardín de flores púrpura pace la bestia primigenia. De su útero procedemos, innobles humanos, mamamos de su leche verde envenenándonos de finitud.
Locura, irrisión de niños psicópatas. Nada hay ya en los campos dorados que pueda llevarse a la boca el hijo de Orión, desnutrido Dios cegado por sus ojos que emiten luz de estrellas.
Soledad, axioma inequívoco, enfermedad venérea de padres a hijos. No habrá jamás quien escape al manto horrible, tejido de plomo, que cubre nuestras camas.
Venganza, palabra sangrienta. El cuchillo corta lo que alcanzó la lanza, tú me heriste, yo te mato, así lo juzga la ley del talión cuando la interpretan los bastardos del hijo de Orión. Nietos del cazador.
Amor, mentira piadosa. Nada hay tal como ello, es una quimera, una ficción, una manera de embeberse y olvidar la tortura del día a día. Invento funesto cuyo artífice fue condenado al olvido.
Y Vida. Vida en fin que mejor sería la muerte. Muro a muro, columna a columna se crea así la sombra. Tras el espejo nada importa, Orión está muerto, le mató su hijo y adoramos a su asesino. Ha llegado el día en que la venganza cobra, como ley, sentido, nos abandonamos a ella anunciando que es el amor lo que nos lleva pero no. La soledad terrible que padecemos, que no somos capaces de abandonar ni de olvidar, ella es la que rige sobre la vida y al igual que lo hizo Dios todos caemos en la locura.

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2 comentarios en “Deconstrucción distópica

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