J.C.Adam

Era perfecto, el bueno de J.C.Adam era perfecto. Todo el mundo lo decía. Lo llamaban así por su madre, americana, a todos les hacía gracia llamarle Adam aunque nunca supo inglés. Ni siquiera recuerdo qué letras seguían a sus iniciales.
Adam se levantaba todos las mañanas a las 6:34, se acicalaba minuciosamente, se engominaba el pelo, se vestía con cuidado y tenía un alfiler de corbata distinto para cada día de la semana. Nunca se confundía, el del lunes siempre lo llevaba el lunes, el del sábado siempre se veía brillando en su corbata azul del sábado y así con todos. El bueno de Adam, todos sus amigos le llamaban así y las mujeres siempre decían que era perfecto.
Yo le conocí una noche en Madrid, no recuerdo el año pero él tendría los treinta y yo sólo unos pocos más. Era un buen tipo, le invité a un whisky en el Pasapoga y nos fuimos todos a casa de Julio Gómez, un republicano al que habían sacado de la cárcel poco antes. Estuvimos en el apartamento hasta tarde y a Adam se le veía incómodo. Era guapo, muy guapo, lo dijeron todas y más de una se le acercó buscando un cigarrillo y algunas palabras vacías, todo acogido por interminables caídas de pestañas. Dicen que fue Julia la que se enamoró de él aquella noche pero yo creo que fue la rubia de Paula, nunca lo supimos porque las dos dijeron que era perfecto.
Adam tenía alquilado un piso en la calle Fuencarral, que por entonces era muy distinta a como es hoy. Por allí pasaba el tranvía si no recuerdo mal, aunque mi memoria me juega malas pasadas a estas alturas. Aquella noche Adam se metió en la cama incómodo y cuando amaneció la aurora de rosáceos dedos, como F.L. solía decirnos, aquel hombre, cuya identidad dependía de un apellido que nunca sintió suyo, se despertó exactamente a las 6:34. Se lavó acariciandose con agua de colonia, se engominó el pelo hacia atrás como siempre hacía, observó su colección de alfileres y, aunque era Jueves aquel día decidió, para asombro del retrato de si mismo que le observaba desde el aparador, el alfiler del domingo.
Adam era perfecto, las mujeres siempre lo decían. Nunca he entendido que veían las mujeres de perfecto en meterse una bala en la cabeza un Jueves de Marzo. J.C. no dejó ninguna nota y cuando nos enteramos de su fatídico fallecimiento, F.L. meneó la cabeza susurrando: el bueno de Adam.
Definitivamente la bondad y la perfección son atributos extraños que no tengo ni aspiro a ellos.

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