El elogio de la sombra


Titulo original: Éloge de l’ombre
Autor: Jun’ichiro Tanizaki
Editorial: Siruela 2008
Traducción: Julia Escoba

Hace poco la editorial Siruela ha reeditado en su biblioteca de ensayo un pequeño libro cuya portada destaca por su simplicidad y dualidad cromática que alterna el amarillo y el negro. Esta claridad de las tapas nos llama la atención sobre un libro tan pequeño y nos invita rápidamente a consultar el precio de esta aparente joya (por lo llamativo del juego de tamaño / colores)

Si nos decidimos a comprar este libro tendremos noventa y cinco páginas (descontando hojas en blanco y presentaciones se nos quedan en menos de noventa) de un ensayo que trata sobre eso que nos anuncia el título “la sombra”, no hay nada más. Aquí tenemos descrito el mundo de la oscuridad no vista en su forma más amenazante y terrible sino en su aspecto más amable, interesante y lleno de belleza. Se contrapone la mirada de occidente y oriente pues El elogio de la sombra es efectivamente un acercamiento a ese oriente antiguo, a la cultura asiática donde la sombra ha guardado siempre un papel regente, aunque quizá los propios orientales no se hayan parado a pensar en ello. Este libro también es una crítica a la modernidad, no pretende ir contra la evolución y los avances pero sí quiere recordar que lo pasado existió, que no estaba exento de belleza y que quizá deberíamos esforzarnos en mantener la memoria de lo anterior pues hay cosas que merecen la pena y se van perdiendo.

La escritura de este elogio es muy sencilla, Tanizaki tiene un estilo muy personal. Estamos ante un comentario continuo del autor donde incluye en muchas ocasiones anécdotas familiares para ilustrar, a modo de ejemplo, lo que va diciendo. Todo el texto es una pura opinión vista desde el punto de vista más particular y se convierte en algo muy cercano.

Un ensayo siempre pretende en el lector lo que toda obra de literatura debería de pretender, hacer pensar. En este sentido Tanizaki nos invita a descubrir la diferencia entre oriente y occidente, él cree encontrar la línea que los separa y lo argumenta sin mucho interés pues este ensayo sigue siendo un aplauso a lo oscuro, que en occidente siempre hemos asociado con el mal y lo perverso, obstinándonos a destruirlo con la imposición de la luz.

Si nos paramos con detenimiento a leer estas escasas páginas nos daremos cuenta que ha hemos invertido muy bien el tiempo pues nos aproxima al entendimiento de una estética ajena, de toda una cultura.

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