Definiciones: La felicidad

La felicidad es una quimera bastante cierta. Lo sé… toda mi vida busqué y busqué algún rincón en el mundo donde me sintiera pleno y bien. Hubo buenos momentos pero la mayoría fueron solitarios y tristes. La felicidad es como el ajedrez, un juego en el que las piezas se mueven por un tablero dividido en noche y día y un ejercito albo y otro propio de la luna. Tú juegas y yo juego, somos piezas en el camino, luchamos sin cesar por algo que no termina nunca, tras una batalla habrá otra y caerá la torre decidida y el caballo ladino, los peones se inmolarán, ciegos y agresivos, el alfil será esquivo y la reina una sanguinaria dama. El rey, por su parte, lo observará todo como un triste ser en su castillo. La felicidad son esos movimientos que a veces nos acercan a la victoria o despejan el camino al enemigo. La felicidad es creer que uno puede ganar, no ganar en sí mismo.

Comunicado contra la reducción docente en el Grado de Humanidades

Especialmente dirigido a nuestro “Excelentísimo Señor Rector Magnífico”, a todo su equipo y al profesorado del Grado en Humanidades de la Universidad Carlos III de Madrid:

Como alumnos de la primera promoción del grado en la titulación mencionada, ya “expertos” universitarios con un par de años de experiencia a nuestras espaldas, decidimos, colectiva y unánimemente, renunciar a nuestro derecho a examinarnos hasta que se reabra el proceso de implantación del nuevo plan de reorganización docente, que entendemos enteramente fraudulento y degradante para nuestra titulación. Semejante resolución ha sido tomada a causa del profundo rechazo que nos produce el nuevo plan previsto para el tercer y cuarto curso de Grado, mediante el cual se nos reducen horas de clase en unos términos que consideramos inaceptables y que suponen una ofensa respecto a los valores que, a nuestro parecer, ha de encarnar la universidad.

No creemos, sino sabemos, que todo este proceso se ha tejido a nuestras espaldas, se ha fundado en mentiras y se nos ha manejado con tantas irregularidades como palabras vacías. Se ha difundido -haciendo gala de una feroz hipocresía- que se sometió a nuestra consulta, que incluso participamos en el debate: tamaña mentira es sólo comparable con la que pretende hacernos creer que gracias a la reducción de horas de clase mejorará nuestra educación. Apenas pudimos enterarnos, más que por medio de pequeños resquicios a través de los cuales se filtraba información, de lo que se estaba gestando sobre nuestras cabezas. Aún así, allá donde algún representante de nuestra titulación pudo tener acceso, el rotundo NO a la propuesta estuvo desde un primer momento encima de la mesa, y desde un primer momento fue obviado por todos y cada uno de nuestros interlocutores y representantes institucionales.

Tratamos de manifestar nuestra opinión al respecto por medio de una recogida de firmas en nuestra titulación, secundada por una aplastante mayoría, que resultó, de nuevo, estéril dentro de los juegos burocráticos en los que nos sumerge la Institución, que muy irónicamente alardea de su carácter democrático. Intentamos que se celebrasen reuniones de departamento que nos incluyesen y que tratasen este tema de manera monográfica, con la legítima presencia estudiantil que nos corresponde y a la que no hemos tenido acceso. Solo encontramos evasivas. Por ello, afirmamos sin ápice de duda que todos los esfuerzos dirigidos a transmitir nuestra disconformidad han chocado contra un muro de desprecio y de autoritarismo que nos devuelve a oscuras épocas de la historia social de este país contra la que alguno de los ilustres miembros de esta institución alardean de haber luchado.

Ante esta situación decidimos, movidos por la indignación y la impotencia, negarnos a participar en esta farsa. De esta manera, los alumnos de la primera promoción del Grado en Humanidades asistiremos a todos los exámenes a los que se nos convoque, pero no haremos nada que nos permita obtener un aprobado, renunciaremos pues, de manera voluntaria, a la posibilidad de obtener cualquier calificación. Todo el que piense que aprobar es el objetivo último de lo que queremos alcanzar en la universidad, está tan equivocado como aquel que crea que el otorgarnos un título vacío de contenido nos hará sentir satisfechos y quedarnos en silencio. Todo el que considere que vamos a aceptar la reducción docente con docilidad, comete el mismo error que quien asume que puede degradar nuestra educación impunemente. Nos opondremos a este proceso de forma inflexible, e invitamos a todos y cada uno de los que se sientan identificados con nuestra causa a que nos presten su apoyo y demuestren su rechazo hacia estas medidas, las cuales no son sino agresiones contra todo aquello en lo que creemos y en lo cual hemos depositado nuestras esperanzas de futuro. Aquellos que nos matriculamos hace cerca de dos años en el Grado de Humanidades teníamos una serie de expectativas motivadas por lo que desde esta universidad se nos había vendido. Ahora, a mitad de camino, todos esos compromisos han sido borrados de un plumazo, con una unidireccionalidad y verticalidad impropias de los valores de democracia, igualdad y consenso que enarbola la Carlos III, es decir, todo propaganda. Humo y cenizas es todo lo que se nos ofrece y a lo que se nos condena.

Al observar el lema de esta universidad, “Homo homini sacra res”, apreciamos que ésta sigue verdaderamente unos principios que ahora entendemos macabros. Se pervierte este adagio latino: comprendemos que se nos está tratando como “res”, como cosa, mercancía, número o ganado. El “sacra” sólo permanece ya para generar engaño y confusión, para camuflar una maniobra de instrumentalización de esos mismos deseos que nos llevaron a matricularnos en una carrera y en una universidad pública que traiciona sus propios presupuestos y su función en esta sociedad.

Fdo.:
Primera promoción del Grado en Humanidades de la universidad Carlos III de Madrid.

Nota de un hipotético suicida

Así somos los seres humanos, suponemos mil veces lo mismo y en todas las ocasiones llegamos a un mismo punto. Es terrible.
A veces el silencio es la única compañía que nos queda a los marchitos, los miserables, aquellos de los que Víctor Hugo habló una vez. El silencio es un sinónimo mal buscado de soledad, quizá signifiquen cosas distintas pero el uno, de una manera u otra, está implícito en el otro. La soledad y el silencio, el silencio y la soledad, como dos partes de un todo triste y ceniciento.
Me gustaría poder abrir la boca y decir que estaré aquí cuando quieras regresar, cuando regreses… pero no tendría sentido despegar los pegajosos labios, mover la muerta lengua, hacer vibrar esa rota garganta, no merece la pena porque no hay a quien dirigir esas palabras.
Mis memorias están minuciosamente escritas en estas líneas, no hay mucho más que decir: nací, tuve una infancia más o menos feliz, una juventud horrorosa, casi inexistente si alguien la compara con la suya. La madurez fue un viaje por los nueve círculos de infierno, sin Virgilio de acompañante, nadie estuvo conmigo, nadie, ni siquiera la muerte. En vez de vivir he sobrevivido viendo marchitarse mis sueños, caminando sintiendo el chascar de los deseos rotos, llorando demasiado sin dejar caer mis lágrimas…
Dije que quería ser feliz, pedí serlo y acudí a ti que me prometiste que lograría mi meta pero ha pasado… ¿cuánto? Demasiado… y no, todo sigue igual, soy un miserable. A mi alrededor el mundo gira, se transforma, las personas viven, ríen, lloran, aman y odian mientras yo me quedo quieto. Detesto esta quietud, la aborrezco, me convertiría en asesino su pudiera cortar su carne con un cuchillo.
No, me he pasado mi vida intentando alcanzar esa felicidad que no he podido encontrar. Todos, por poner un número completo, me han dicho alguna vez que debía ser positivo, debía respirar, aceptar según que cosas, esperar. Esperar, siempre me han pedido que espere: ya llegará lo bueno… como si fuese un plato que el chef se ha retrasado en preparar. Pero la realidad es que nunca ha llegado ese plato, me quedé esperando, recibiendo las sonrisas amables de los otros comensales mientras saboreaban su propia comida y me alentaban a esperar un poco más: casi está ya, seguro, aún es muy pronto…
Al final se hizo tarde.

Frenesí histérico

Carta II de la correspondencia de S. Grau León a J. R. Strauss. Invierno de algún año desconocido. (fragmento)

[…]
Pues son estas cosas que apenas significan nada y buscando en las arenas algo similar a la esperanza, sólo las manos se hunden para surgir llenas de nada. Nada que ni es escarlata ni azur brillante. Una nada, sin embargo, falaz pues algo habrá a esas manos adherido, unos granos minúsculos de nada, tinta negrísima que en nuestro afán de investigación habremos de romper, desparramando ese antiguo líquido por nuestros dedos.
Y yo, sin ti, selva negra. Jamás podré llegar a dibujar con estos pinceles manchados tu figura, jamás estará para mí la silueta de tu cuerpo al alcance de mis sentidos. Lo sé, ¡oh! Lo sé. Algo así, un sueño de tal índole, solamente puede darse y existir en ese frágil mundo de promesas. Por mucho que crezcan tus palabras, medrando de tal manera por mi cuerpo y floreciendo en no sé qué parte de mí, aún cuando conjuren dioses los sonidos que por tu boca manen, e incluso aún cuando fuera tu voz un mágico hechizo que tornase mi sangre tuya, pese a todo seguiría siendo poco más que la más bella de las mentiras.
Ausente y lejos. Así te encuentras y así debes permanecer. Nada importa, que el día recién nazca, que la luz sea dorada y caliente delicadamente con sus yemas el corazón, que el aire pueda ser fresco y rejuvenezca el espíritu con los perfumes que arrastra en su baile… No, no importa porque el sol no salpicará, ni este ni otro día, ni a mi sombra ni a mi triste papel en la obra que se representa. Terrible es el argumento para algunos, donde muchos personajes nunca se voltean, preocupándose tan solo de su propio y feliz bien y donde otro pocos, tras los primeros, permanecen dormidos mientras observan, con sus párpados por velo y la perspectiva irreal por amiga fiel, las sonrisas de los protagonistas. Casi pintadas de pura permanencia.
Por eso tú, débil imagen apenas anunciada con tu voz en mis oídos, es por estas razones que no abra yo los ojos. Miedo a que al abrirlos hayan sido quizás mi imaginación o tal vez mi locura las que creasen la promesa de ti.
Quedo aquí, ciego por elección, disfrutando de lo inexistente con la sentencia de mi albur gris, bien sujeto a las reglas de un guión que ni siquiera estoy seguro de no haber sido yo el artífice, pues si con mis decisiones hubiera sido realizador, el hecho y su sucesión formarían el mundo por lo que así, entonces, mi propio destino lo pintaron mis dedos con esa tinta desgranada que encontré cuando lo que buscaba era esperanza. Y en este estado espero el toque del genio que convierta ese sueño imposible en una idea algo más matérica, para que insufle un poco de verdad en lo que apenas se entiende y que promete con su silencio la verdad de ti.

Nota: Se confirma lo que podíamos haber pensado como un error en la primera carta: que S. Grau León nunca firma ni se despide, lo hace deliberadamente.

As de picas

Siempre llevaba un as de picas en la cartera. S.Vega era un tipo corriente, quizá algo introvertido, cuya única pasión conocida eran los libros sobre teología. Era fascinante escucharle hablar de madrugada sobre el santo Job u otros varones de rara historia y terrible final. Era memorable cuando, ya naciendo el sol, S.Vega se subía al podio del club que solíamos frecuentar y nos deleitaba con alguna cita sagrada que, con su buen hacer de actor, nos terminaba por provocar carcajadas.
De su manía sobre llevar un as de picas en la cartera, un día, específicamente una noche, le pregunté sobre ello. Él sonrió antes de contestarme: Siempre hay que llevar un as encima, nunca sabes cuando lo has de necesitar. Todos rieron pero yo me quedé pensando en ello durante un momento.
–¿Por qué no un as de tréboles, de corazones o de diamantes? –Le pregunté al cabo de un par de tragos.
–Porque la suerte es un requisito que, aunque para jugar es ventajoso tenerlo del propio lado, realmente se convierte en un exceso quimérico si te abandonas a ella. Porque la riqueza, la buena presencia, lo artificial y espléndido no sirven en las jugadas más que en el momento exacto de sacar la carta, luego su efecto se evapora. Y porque el as de corazones es contra el que siempre juego.
Entendí perfectamente y me gustó tanto su explicación que pedí otra ronda para él y para mí. Sin embargo él prosiguió antes de que el camarero sirviese las copas.
>>El juego, por lo tanto, se trata de encontrarte con una buena mano y la jugada apropiada. El as de picas luchará por herir al de corazones.
–¿Eres un buen jugador?
–Para nada. –Respondió ladeando la cabeza tristemente.– Por eso siempre llevo un as encima, ni siquiera sé jugar pero me consuela la carta, quizá cuando repartieron no fuera muy afortunado pero es una manera de buscarse la suerte.
Asentí completamente de acuerdo, brindé con él alzando el vaso.
–Por las buenas jugadas, que no llegan a menudo y para que sepamos aprovecharlas.
–Por el silencio. –Alegó él, lo que me dejó un tanto confuso y le observé antes de beber, esperando la aclaración.– Siempre se echan las cartas en silencio, en ocasiones los momentos más importantes transcurren en un silencio.
Sí, brindé con él tras aquellas palabras. Era un tipo interesante ese S.Vega, lástima que le perdiera la pista con el paso de los años. De todas formas me dejó una buena filosofía y quizá tuviera razón con lo que dijo, quizá sean las picas y el silencio la clave de todo. Al fin y al cabo nos pasamos la vida callados y buscando el cómo vencer al as de corazones con la esperanza de que el jugador contrario caiga vencido y podamos ganar el premio.
Lástima, nunca he sabido jugar al póker.