Frenesí histérico

Carta II de la correspondencia de S. Grau León a J. R. Strauss. Invierno de algún año desconocido. (fragmento)

[…]
Pues son estas cosas que apenas significan nada y buscando en las arenas algo similar a la esperanza, sólo las manos se hunden para surgir llenas de nada. Nada que ni es escarlata ni azur brillante. Una nada, sin embargo, falaz pues algo habrá a esas manos adherido, unos granos minúsculos de nada, tinta negrísima que en nuestro afán de investigación habremos de romper, desparramando ese antiguo líquido por nuestros dedos.
Y yo, sin ti, selva negra. Jamás podré llegar a dibujar con estos pinceles manchados tu figura, jamás estará para mí la silueta de tu cuerpo al alcance de mis sentidos. Lo sé, ¡oh! Lo sé. Algo así, un sueño de tal índole, solamente puede darse y existir en ese frágil mundo de promesas. Por mucho que crezcan tus palabras, medrando de tal manera por mi cuerpo y floreciendo en no sé qué parte de mí, aún cuando conjuren dioses los sonidos que por tu boca manen, e incluso aún cuando fuera tu voz un mágico hechizo que tornase mi sangre tuya, pese a todo seguiría siendo poco más que la más bella de las mentiras.
Ausente y lejos. Así te encuentras y así debes permanecer. Nada importa, que el día recién nazca, que la luz sea dorada y caliente delicadamente con sus yemas el corazón, que el aire pueda ser fresco y rejuvenezca el espíritu con los perfumes que arrastra en su baile… No, no importa porque el sol no salpicará, ni este ni otro día, ni a mi sombra ni a mi triste papel en la obra que se representa. Terrible es el argumento para algunos, donde muchos personajes nunca se voltean, preocupándose tan solo de su propio y feliz bien y donde otro pocos, tras los primeros, permanecen dormidos mientras observan, con sus párpados por velo y la perspectiva irreal por amiga fiel, las sonrisas de los protagonistas. Casi pintadas de pura permanencia.
Por eso tú, débil imagen apenas anunciada con tu voz en mis oídos, es por estas razones que no abra yo los ojos. Miedo a que al abrirlos hayan sido quizás mi imaginación o tal vez mi locura las que creasen la promesa de ti.
Quedo aquí, ciego por elección, disfrutando de lo inexistente con la sentencia de mi albur gris, bien sujeto a las reglas de un guión que ni siquiera estoy seguro de no haber sido yo el artífice, pues si con mis decisiones hubiera sido realizador, el hecho y su sucesión formarían el mundo por lo que así, entonces, mi propio destino lo pintaron mis dedos con esa tinta desgranada que encontré cuando lo que buscaba era esperanza. Y en este estado espero el toque del genio que convierta ese sueño imposible en una idea algo más matérica, para que insufle un poco de verdad en lo que apenas se entiende y que promete con su silencio la verdad de ti.

Nota: Se confirma lo que podíamos haber pensado como un error en la primera carta: que S. Grau León nunca firma ni se despide, lo hace deliberadamente.

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