La despedida

Quizás las tormentas si tengan algo de especial después de todo… Recuerdo aquella noche nítidamente, por aquel entonces yo dormía en un cuartucho de mala muerte en algún barrio perdido de esa ciudad que todos sueñan con alcanzar pero que ninguno de sus habitantes aconsejaría para vivir. Era joven de aquella, apenas un chaval con algunas pocas ideas claras, un par de camisas y pretensiones, sueños, nada más, por entonces eso era suficiente para mí. La mencionada noche, después de pocas copas volví a mi cuartucho, la calle estaba silenciosa, apenas pasaban coches y la oscuridad parecía densa, como humo. La luz del alumbrado eléctrico, luz naranja, impregnaba las calles sucias como si ella misma fuera una mancha, y también el cielo parecía haber encontrado en aquella enfermiza luminosidad un tono perfecto para reflejar su estado de ánimo. Realmente no había cielo sino un techo de nubes uniforme, nubes de un naranja ceniciento.
Me despedí de él con un abrazo trémulo que duró demasiado poco por estar ambos nerviosos, luego le besé de esa manera que se besan dos personas que jamás volverán a verse. Nos miramos a los ojos, apartamos la mirada rápidamente, avergonzados de algo tan natural como la tristeza o el amor que no queríamos expresar porque no tenía sentido.
Luego volví caminando a casa acompañado por los gruñidos de ese cielo que estallaba de cuando en cuando, ofreciéndome un guiño rápido y eléctrico. No estaba de humor, el intenso calor me incomodaba, transpiraba, tenía el cuerpo ardiendo… Llegué a casa suspirando de alivio y me desnude antes de alcanzar el baño, fue una ducha rápida y fría, no recuerdo si me sequé pero acto seguido me tiré en el sofá pues pensé que la cama aferraría mi calor para devolvérmelo malvadamente.
Me dormí con ese retumbar quejumbroso de truenos perezosos, creo que llovió un poco pero el calor ahogó la escasa cantidad de agua que tocó el suelo. Nada cambió, tuve una noche sin sueños y me desperté con una extraña sensación de pesadez y confusión. No recordaba haberme despedido de él, me di cuenta que el beso había sido una invención mía, que no se lo había podido dar porque aquel encuentro que yo recordaba no había sucedido. Sin haberlo hecho realmente al final me despedí de él, lo hice conmigo y bastaba, a él no le importaría, a él no le importaba nada porque lo más seguro era que no existiese, que todo hubiera sido una creación de mi mente, aburrida, acalorada, borracha y sedienta de algo más que no fuera aquella densa apatía que cada día me recorría la garganta como una pasta intragable. Él ni siquiera pensaría en mí, una pena, una pena…
Aquella noche aprendí que las tormenta con sus truenos despiertan a los fantasmas ocultos en nuestra mente, escondidos hasta que se encuentran en su propio elemento y pueden gañir como una bestezuela sin fuerza. Los escucharemos igual que escuchamos a los truenos, con ese recogimiento interno, con ese miedo al darnos cuenta de su existencia.

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El talismán

-¿Padre? –Jace observaba a aquel anciano nervioso que le había llamado. El susodicho se volvió casi asustado, sus ojos azules se fijaron en su vástago en silencio. El salón estaba vacío, la chimenea crepitaba y no había más sonidos en aquella estancia.
-¿Qué? –preguntó el viejo frunciendo el ceño.
-Me llamasteis, padre.

El anciano llevaba al cuello una piedra esmeralda, adornada con plata entrelazada como una enredadera. Aquella joya brilló nítidamente, con luz propia y aquel hecho llamó la atención del joven, que se acercó a su padre con la interrogación en los ojos. Su padre adivinó.
-Es un talismán de Varnor, sí –le confirmó.

El hijo tocó la alhaja con admiración. Aquellas reliquias eran pequeños universos cristalizados en un momento, un fragmento de tiempo detenido para siempre. Magia antigua. Varnor había sido un brujo famoso por ser el artífice de aquellas extrañas obras de orfebrería, aunque pertenecían casi a la mitología y nadie sabía exactamente cuáles eran sus propiedades, no obstante las leyendas eran muchas.
-Jamás me habíais enseñado la joya, padre.
-No, es cierto –admitió el viejo-. Hijo mío te he hecho llamar porque algo me atormenta. Algo relacionado con esto.

Jace se separó y clavó la mirada en su progenitor, recorriendo las arrugas de su padre, la barba rala, el pelo ceniciento y se sorprendió compadeciéndose por su vejez, por su cercanía a la muerte. ¿Qué retenía su mano? Jace no se lo explicó, aquel hombre era su padre pero no sentía amor por él. Aquel sentimiento se había consumido con la ambición de sus venas, veneno que Alice le había ido suministrando durante años al oído. Suspiró, se armó de paciencia y sonrió fingidamente como siempre hacía.
-¿Qué, padre? Contadme, desahogad vuestros pensamientos.

El anciano asintió varias veces, se dio la vuelta observando el exterior a través de los cristales. Las copas de los árboles cercanos se agitaban con el viento de verano, la tarde ya declinaba y el perfume de las flores se hacía más nítido y más dulce, llegaba incluso hasta aquel piso del castillo. En el jardín jugaba con sus muñecas una niñita de apenas seis años, distraídamente.
-¿Padre? –insistió Jace, cuidándose de parecer preocupado y de esconder su aburrimiento.
-Soy un viejo decrépito –susurró el monarca. Su hijo no le contradijo, estaba de acuerdo-. He gastado mis años entre estos muros, he vivido bien, he participado en dos guerras y amplié, si bien discretamente, las fronteras de mi reino…
-No habéis sido mal rey –dijo serio Jace pues era cierto, no lo había sido.
-Ya… todo un rey… fui orgulloso de joven. Tenías que haberme visto, hijo mío. Era aún más engreído de lo que tú eres.

El heredero enarcó una ceja, sorprendido por aquel ataque nada propio de su padre.
-¡Oh! Sí –prosiguió el rey-. Te conozco bien, sé como es tu alma, Jace, tan parecida a la mía de entonces… Cometí muchos errores, el peor fue hacer caso a los consejos de la iglesia, los magos sucumbieron porque yo lo permití: los expulsamos a todos junto con brujos, adivinos y otros sabios. En aquella época el mundo parecía tan sencillo que creía de veras que eran charlatanes anclados en el pasado, que ocultaban sus narices en viejos libros sin sentido útil.
-Padre… ¿a qué viene todo esto?
-Herklein, un mago, se presentó un día ante mí, tú tenías un año. Por entonces hacía mucho tiempo que los de su oficio habían desaparecido de las fronteras de mi reino. Aquel hombre me ofreció este talismán.
-¿Por qué? –Jace cruzó los brazos sobre su pecho. La historia, fuera real o inventada, empezaba a interesarle, quizá su padre no estuviera tan loco o puede que más de lo que él pensaba.
-Eso mismo pregunté yo, un regalo de ese calibre era muy raro, sobre todo porque provenía de un mago y yo no había sido nada bueno con los suyos –hizo una pausa y observó el cielo donde la luz ya era anaranjada-. Me explicó que este colgante lo apodaban “la balanza”; su portador, desde el momento en que se lo colocaba, estaría a merced del juicio de la joya. Si era virtuoso la magia del colgante le colmaría de alegrías en su vida y cumpliría sus deseos; sí, por el contrario, era una persona sin escrúpulos, inmoral y malvada, el mismo encantamiento se volvería en su contra –hizo otra pausa-. Lamento decir que me dejé engañar, era muy seguro de mí mismo, profundamente engreído, como te decía, y me creía un rey justo de inmejorable ley. Acepté el regalo, en parte por el reto que suponía.

Jace suspiró, profundamente decepcionado por el relato.
-Es un cuento, padre –dijo descreído-. ¿Acaso habéis notado toda esa filosofía en vos mismo?

El anciano le miró detenidamente, tomándose un momento para contestar.
-Sí –afirmó-, el mago se asentó en la ciudad, las quejas de la iglesia me hicieron ceder y pedir su marcha. Él se negó y yo insistí, con su segunda negación le obligué al exilio pero se resistió y mis soldados lo encarcelaron pidiendo su cabeza. Accedí… un mes después tu madre enfermó de tisis y murió a las semanas.
-Coincidencia.
-Eso creí, lo admito. Luego vino la guerra con Solac por un palmo de tierra que se le antojó a mi hermano, para que no peligrara mi reino con conjuras cortesanas accedí de nuevo. Además se presentaba como una oportunidad para demostrar mi poder regio y mandé  que el ejercito no tuviera piedad con el enemigo. Solac no tuvo oportunidad jamás, ofreció su rendición y la rechacé, orgulloso. Fue terrible… tu hermano Jules murió entonces, después de comandar mi ejercito durante todas las batallas, fue por un tonto resbalón en lo alto de las almenas. Yo estaba con él y el colgante brilló como nunca en aquel momento. Al año siguiente comenzó una sequía que puso al pueblo contra las puertas del castillo, aullando de hambre… Aplaqué la revuelta con mano dura, estaba asustado pero me sobrepasé, luego tu tío murió y tus primos se levantaron contra mí. Diez años de guerra, dios mío, fue un infierno –se detuvo suspirando y cerrando los ojos un instante-. Por entonces estaba obsesionado con el talismán, cualquier nimiedad me parecía una respuesta a mis actos. En una ocasión, borracho, pegué a mi segunda esposa en una acalorada discusión, fue sólo un empujón que la hizo caer al suelo y marcharse humillada, pero la copa que tomé cuando ella se fue estaba envenenada. Desesperado busqué en libros antiguos y mi último gran pecado fue, preso de la locura de mi búsqueda, abandonar el gobierno a hombres menores y de dejarte a ti al cuidado de otros instructores… esta vez la respuesta fue Alice –hizo otra pausa que aprovechó para apoyarse en la pared-. No, la arpía de tu mujer no apareció casualmente hechizándote con sus encantos. El día de tu boda ella me escupió, a mí, al rey; sus vejaciones de estos años sólo las he permitido porque es tu esposa, aunque ella te haya alejado de mí. ¿Te sorprende? Sé que no me quieres desde hace muchos años. Ella se ha encargado de eso y si quieres un consejo deberías librarte de ella.
-No tolero que… –amenazó Jace, señalando con el índice a su padre.
-No he terminado –le cortó el rey elevando el tono, con seriedad-. De aquello han pasado diez años, tienes treinta y tres, yo ochenta y uno años, soy longevo como las piedras y pronto me consagraré a hacerlas compañía. En mi última década me he dedicado en exclusiva a hacer el bien, o lo que yo he entendido por hacer el bien. ¿Sabes qué? Jamás había visto primaveras tan fructíferas como las de estos años, ni otoños tan llenos de color… no he padecido ni un solo achaque, mi pueblo está contento y han sustituido mi apodo de “el miserable” por el de “el bienaventurado”. Lo mejor ha sido ver que tu Alice, a pesar de ser una criatura despreciable, me ha dado lo más bello que he visto en este mundo. Los ojos de Anne me colman de la felicidad más exquisita cada vez que los miro. Tu hija, mi nieta, es la gran prueba de la influencia de este talismán.

Jace suspiró de nuevo.
-Padre, todo eso podríais haberlo percibido bajo la sugestión de llevar esa joya al cuello, nada más. La vida es compleja y cosechamos lo que sembramos… La magia es una mala excusa. ¿No habéis pensado en ello?

El anciano asintió, triste. Jace no entendió el por qué de la tristeza de su padre.
-Sí, eso me ha pesado todos estos años. ¿Sabes, hijo? Te he contado esto para que, cuando muera, no recojas este talismán: destrúyelo, lánzalo a las ciénagas o entiérralo conmigo –de nuevo se tomó una pausa, mirando detenidamente a su hijo-. El mago me dijo que el talismán no debía de quitármelo ni tampoco podía revelar a nadie que lo poesía, pues de hacerlo la magia se rompería sobre mí y sería mi muerte.

Jace le observó, algo no iba bien, lo acababa de notar.
-Así es –dijo su padre-. En cuanto tocaste el colgante, cuando confirmé su originalidad, mi brazo se ha agarrotado, mi respiración me es costosa… me duele el pecho con una agudeza increíble…

El anciano cayó de rodillas, Jace, nervioso, recogió a su padre antes de que se desplomara sobre el suelo.
-¿Por qué? ¿Por qué padre? –preguntó sin comprender el heredero. No sabía por qué, pero sus ojos bebían de la vida de su progenitor por sentir pronto el fin, quería grabar aquellos últimos momentos que le acongojaban aunque había creído que ya no le amaba. Estaba confuso consigo mismo y con todo.

El viejo cerró los ojos, jadeó luchando por respirar y sus pupilas asomaron una última vez para llevarse el rostro de su hijo como postrera imagen del mundo.
-Es… demasiado… todos los años de dudas… todas las noches en vela… tenía curiosidad… sólo tenía curiosidad… –su voz enmudecía un poco más a cada palabra y se mantuvo durante un minuto respirando con dificultad, agitando su pecho a un ritmo irregular y doloroso-. Te quiero, hijo…

Infeliz

Hubo una vez, hace no mucho tiempo, un hombre que no tenía nada. Cuando decimos que no tenía nada, quizás estemos exagerando pues este hombre, aunque no importaba, tenía un nombre. Este hombre también había conseguido ciertas cosas materiales a lo largo de su vida, tenía una casa en alquiler a bajo coste, algunos muebles que le pertenecían, un par de sillas, un sofá cómodo y una pequeña televisión. Sus pocos libros cogían polvo en una estantería vieja junto a su cama.
Pero este hombre no tenía amigos, tampoco tenía familia, nunca tuvo amor y con el paso del tiempo fue dejando de tener deseos, sueños e ilusiones.
Un día dejó su trabajo, pues el hombre tenía trabajo, volvió a casa y se metió en la cama. Al día siguiente despertó, se arropó mejor dándose la vuelta y siguió durmiendo. Pasaron un par de días y aquel hombre no hacía nada. De cuando en cuando se levantaba costosamente, hacía sus necesidades y malcomía de los restos que se encontraban en la casa. Otro día cualquiera dejó de levantarse.
Para un hombre que no tenía ilusiones, ni sueños, ni deseos, que no tenía amigos ni familia y que nunca tuvo amor, la vida dejó también de tener un sentido. Dormía de continuo, buscando en los sueños una esperanza de algo bello, de una vida que nunca tendría, de deseos que calmasen su triste corazón. A veces tenía suerte y venían a su encuentro agradables sueños que le hacían sonreír con los párpados cerrados, otras veces las pesadillas le atormentaban y gemía como un niño hasta que por fin despertaba.
Pasado mucho tiempo aquel hombre se dio cuenta que nadie había ido a su casa ni el teléfono había sonado en busca de noticias sobre su desaparición. Apenado se acurrucó entre las sábanas, dándose cuenta que no tenía amigos, ni a nadie que se preocupase por él, y por ello, junto a su falta de cualquier ambición o deseo, se echó a dormir, ya que no encontró nada mejor que hacer.
No volvió a despertar. Aquel hombre durmió y durmió entregado a un sueño donde lo tenía todo, y siguió durmiendo hasta que la muerte recogió el testigo que el sueño le tendía. Allí quedó el hombre que no tenía nada, solo, sin nada, tan sólo consigo mismo sobre una cama y algunas imágenes de su imaginación que se fueron diluyendo en el aire cuando exhaló.

Pesadilla

Quietud.

Nada, nada, sólo oscuridad, inconsciencia bendita que ojalá durara hasta que se abran los ojos, sin recuerdo de ingratas costumbres nocturnas.

Pero no, algo surge. Desde algún rincón de la mente se arrastra una sierpe de plata, viscosa, que asoma su lengua agitándose en el aire. El surco que deja se ilumina y desaparece para transformarse en una lluvia bermeja. La luz se vuelve ámbar, los relámpagos son mudos y alguien camina por una calle desierta, muerta, completamente yerma. La ciudad es desconocida, pero podría ser cualquiera de las que has habitado a lo largo de tu vida, fuese un día o un siglo, no importa, no importa… Aquel hombre sigue caminando tranquilamente bajo esa extraña lluvia, imbuido en la luz de ensueño.

Hay un monte altísimo, que sobrepasa las nubes y que al mismo tiempo está tan cerca del mar que escuchas las olas estallar, embravecidas, escupiendo su espuma corrosiva hacia ti. Aquel espectáculo es magnifico y te levantas, aterrorizado, para ver como la inconmensurabilidad del océano se embravece, golpea el mundo, ruge y te engulle.

Aquel hombre sigue caminando.

¿Dónde estás? Por un momento te ves desorientado, pero rápidamente recuerdas tu cama, tus sabanas y te ves, sólo, absolutamente sólo, presa de un frío glacial y de un calor que levanta ampollas sobre tu cuerpo. Pero estás dormido, te retuerces en el sueño, eres consciente de tu tortura como si ya estuvieras muerto y observaras tu cadáver desde un punto externo. Sin embargo comprendes que la muerte es el fin y si te estás viendo a ti mismo sólo puede significar que es el sueño. Tu cuerpo, ajeno a ti, golpea las sabanas, busca zafarse de su abrazo pero le inunda y pasan las horas. Los días llegan como años y sigues sólo en esa cama incómoda que te rasga la espalda, que se ríe de tu propia mendacidad.

Los pasos del hombre son mudos, es un mundo mudo.

Silencio.

Todo prosigue, el hombre camina. La luz sigue siendo del mismo tono amarillento y comienzas a sentirte como una mosca atrapada en ámbar, condenado a vivir muerto y soñar eternamente.

La serpiente reaparece, como augur o cónsul de lo que ha de venir. Te encuentras en un cuarto pequeño, de paredes sudorosas y oxidadas. Miedo, tienes miedo, la oscuridad sólo te revela monstruosas formas que no entiendes y que equiparas a todo. Arañas por doquier, gusanos, ratas, colmenas de enjambres, un cuervo solitario, muerto y que sin embargo grazna de cuando en cuando, colgado tétricamente de una tela de seda arácnida. Luchas, huyes, corres por una oscuridad que no te da tiempo a dibujar, te agotas, esputas sangre.

Luz.

Luz ambarina y respiras, y miras alrededor con ojos vidriosos, sudas, es una ciudad y estás sólo, alguien toca tu espalda.

Silencio.

Es él, hombre caminante bajo lagrimas rojas, con gabardina y sombrero de ala ancha que ahora se está quitando, y ves entre las solapas una calavera de ojos encendidos, descarnada, que te sonríe sin poder hacerlo realmente, porque eres tú, monstruo reflejo de tu alma, surgido de la profundidad de ti.

Y todo se desdibuja, la lluvia al fin lo derrite todo y el color diluido termina en una copa y tú bebes el veneno, condenando a tu cuerpo a que lo recorran cuerdas de metal con púas que laceren tu garganta. Poco a poco la podredumbre te invade desde tu corazón.

La sierpe de plata se retira sinuosamente, borrando su recorrido, buscando aquel rincón de ti donde duerme. Esperará a otra noche para surgir y saludarte, pintando con su huella tu camino. Lo último que crees ver es su aplastada cabeza, sus pequeños y brillantes ojos y su lengua danzante que se ahoga en la negrura.

Silencio.

Quietud.

La razón de la máscara

-Maldito calor. –Dijo Oscar derrumbándose en la chaise longue.
Ella comprobaba ante el espejo su maquillaje, las sombras, el colorete. Apretó los labios, ahora de color rosa. Estaba lista. Se volvió hacia Oscar indignada:
-¿Qué esperabas? Tú quisiste mudarte, si no te hubieras obstinado en publicar aquella… novela ahora mismo nos encontraríamos sentados cómodamente en el West London, en aquel pequeño jardín de los Looper, tomando té frío.
Oscar dejó los ojos en blanco:
-Otra vez no, Erika. Te lo suplico.
La mujer frunció los labios, recogió un gran abanico color azul turquesa y comenzó a refrescarse con él.
-Sólo digo que debería ser yo quien se quejase.
-¡Pero si lo haces a todas horas!
-¡Más debería hacerlo! –esta vez cerró el instrumento para enfatizar su enfado. Aquel gesto de recoger y abrir de nuevo el abanico de madera se había convertido en una nueva costumbre, pues lo llevaba a todas partes debido al calor de Panamá-. Si papá y mamá nos vieran…
-Da gracias de que no lo hacen –el joven sacó su pitillera y encendió un cigarrillo-. ¿Quieres? Si estuviera vivo nuestro honorable dad, me habría dado de palos por haber escrito lo que calificaría ante nosotros de: “imperdonable blasfemia”; y ante sus amigos políticos de: “tonterías producto de una imaginación desmesurada”. -hizo una pasa lanzando el humo al aire- ¡Añoro la hipocresía inglesa!
-Lo hubiera solucionado… no tendríamos que haber huido como ladrones…
-Tú viniste porque querías.
La mujer cerró de nuevo su abanico y amenazó a su hermano con él.
-No te atrevas a decir eso jamás, Oscar Henry Ross. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme allí con nuestro apellido y afrontar tu desgracia yo sola?
-Lo siento, lo siento, te he pedido perdón mil veces… Pero ahora soy Oscar Johnson. Recuérdalo, es importante, y tú eres Erika Johnson. ¿Entendido?
-¡No!
-Pero Erika… –suplicó levantándose del asiento e intentando llegar hasta ella, quien le agredió con el abanico, golpeándole en la mano que tendía.
-Aparta –ordenó estirándose y caminando hacia la ventana, todo mientras agitaba el abanico-. Te quiero, Oscar. Lo sabes, soy tu hermana y siempre hemos sido confidentes… –Esta vez la mujer mudó el gesto mientras observaba el cielo- ¿Recuerdas aquellas tardes de verano en las que el calor era casi tan insoportable… como el de esta noche? Yo me agobiaba en la casa de campo de tía Maggy y tú me leías cuentos de Wilde para distraerme… No sé por qué recuerdo esta tontería ahora, pero quiero decir que lo entiendo, Oscar, eres un artista, y no podría haberte coartado… Además la situación ya estaba muy mal desde aquellas fotos…
Oscar aplastó la colilla contra el cenicero, asintiendo.
-Sí, todo empezó con las fotos.
-Y ahora estamos arruinados –suspiró cerrando el abanico con tristeza.
El silencio se impuso en la sala. El hombre se acercó a ella y acarició su mejilla, luego le dio un beso y le ofreció su brazo.
-Pero ahora vamos a solucionar eso. El baile nos espera, ¿tienes tu máscara?
-¡Oh Oscar! No sé cuanto podré soportar esta pantomima… yo no sé mentir.
-Erika, lo harás bien, sólo ponte la máscara, la llevamos todos los días. ¡Somos ingleses! Nacemos con una careta bajo el brazo en vez de un pan.
-Tú siempre has sido mejor que yo en eso… va bien con tu naturaleza…
-Si fuera así estaríamos en el West London con los Looper, ¿recuerdas? –Hizo una pausa abriendo la puerta de la habitación-. Por eso hoy hemos de hacerlo muy bien en el baile. Quizá ésta sea la noche en que comencemos una nueva vida.
-Y la construiremos sobre mentiras…
-¡No pienses así! –se lamentó Oscar, empezaba a estar preocupado por su hermana.
-Ojalá no tuviéramos que engañar a nadie ¿Por qué debemos mentir sobre quienes somos? No entiendo este mundo, hermano. Estos juegos sociales son tan complicados… –suspiró una última vez- Era una novela, no un crimen…
Juntos salieron de la habitación demasiado taciturnos para acudir a una fiesta, pero con las máscaras asomando desde el bolsillo de sus trajes de gala, a punto para ser utilizadas y convertir aquellos rostros destruidos en otros llenos de vida, con amplias sonrisas que todo el mundo creería como ciertas.
Cuando los hermanos bajaron las escaleras del hotel, Oscar se volvió a su hermana mientras le ayudaba a colocarse su careta.
-¿Sabes algo que decía Wilde? Piensa en ello mientras el coche nos lleva a la embajada. Él decía, si no recuerdo mal, que ser natural es la más difícil de las poses. Estás preciosa, hermanita. Vas a deslumbrarles, sólo acuérdate de sonreír.

La percepción

¿Os habéis fijado alguna vez en la percepción? Parece que ésta es la llave con la que uno ha de observar la realidad, con la bondad de la percepción. Digo bondad pues sin duda se trata de un sistema basado en el precepto de la comprensión; lo cual tomado de la forma que sea nos llevará indiscutiblemente a un camino que por fuerza calificaremos de provechoso para el entendimiento del mundo. En “Realidad” de Tom Stoppard, se nos habla de esto. Una de las frases, si ahora no reacuerdo mal, era la siguiente: Todo depende de tu percepción. Ésta la clave realmente y con eso quedaría dicho todo, pero sigamos adelante.

Pensemos en esto: el ser humano a lo largo de su historia, y se aprecia bien en los testimonios artísticos, ha querido ver como grandes, cosas que si buscamos un punto de vista externo, nos daríamos cuenta de que no lo son. Si nos parece de tanto tamaño (sea con el adjetivo que fuere) es únicamente debido a que nosotros lo percibimos así.

En una primera instancia la percepción es una cosa propia de la sociedad, que la enseñanza y la cultura han impuesto, sin que lo sepamos, sobre nosotros mismos; en un segundo grado se trata de algo personal, propio del individuo, de sus vivencias, de sus experiencias, de su forma de razonar y de lo cultivado que esté cada uno. Ambas son igualmente interesantes y de ambas se podría hablar mucho y de muchas maneras.

Analizando un poco esta capacidad humana vemos ese hecho del que hablábamos antes: la tendencia del fenómeno hacia lo grandioso, hacia los precedentes y las grandes figuras. Si nos retrotraemos a la historia nos queda claro esto sólo con pensar en la propia historia, ese halo que tiene de fuerza, como si ella misma, por el hecho de haber pasado ya y de estar escrita y en nuestra memoria, tuviera una dignidad superior a las demás cosas.

El problema de la percepción, (o quizá sería mejor hablar de su vicio) es la inmovilidad del juicio que X persona o X sociedad o conjunto de individuos han tomado acerca de lo que sea que haya caído bajo el escrutinio de ésta capacidad. El vicio es algo personal, puramente particular (aunque estemos hablando de una creencia extendida sobre un amplio espectro de población) pero no se ve así. El problema de la percepción es que, si bien la utilizamos, no somos conscientes de ello o no queremos serlo y por tanto, al no meditar sobre esta capacidad, perdemos la perspectiva necesaria para entender bien la propia realidad.

El juicio se vuelve una piedra monolítica e inamovible sobre nuestra vida sin saberlo nosotros, y así encontramos y así podemos explicar las aberraciones que a uno le toca escuchar u observar en el día a día por parte de muchos individuos. ¿Qué se debe hacer ante esto? Desgraciadamente no se puede hacer nada. Podemos pensar, quizá deberíamos de pensar en que esas aberraciones son propias de gente poco instruida en el arte de la percepción (ojo, no hablo de iletrados o de personas con un conocimiento limitado, las aberraciones más terribles muchas veces se escuchan de boca de insignes individuos perfectamente formados) La solución que podríamos concebir sería la educación sobre la percepción y sobre una capacidad aún superior a esta: la duda, pues el someter todo ante la duda es la forma de poner a trabajar a nuestra percepción y evitar caer en el vicio de los juicios inamovibles.

De esta manera en un mundo como este, y en concreto ya en una sociedad como es la española, donde parece que la búsqueda de la igualdad y el respeto entre los ciudadanos es primordial y debería ser un pilar fundamental, sería la educación sobre la verdad de la percepción, sometiendo esta a la duda, la manera en que mejor podría encontrarse esos intereses tan necesarios para poder convivir. Dejando meditar a la sociedad sobre si misma, sobre sus preceptos como grupo y como individuos, se conseguiría elevar el modo de vida de cada uno al nivel de lo virtuoso.

La lástima es que en teoría todo esto podría ser llevado a cabo, pero en la practica se trata de un imposible, pues además de las limitaciones tanto intelectuales como las que la cultura ha impuesto sobre cada uno, encontramos esos otros adjetivos que nos caracterizan bastante como raza (aunque las generalizaciones siempre son erróneas) y que son: el egoísmo, el orgullo y la ignorancia. Todo esto crea un cóctel primigenio del que pocos pueden escapar, o sería mejor decir: creen escapar.

El azar

El azar, esa marvillosa irrealidad a la que muchas personas dejan su vida en fideicomiso. Fortuna es una diosa voluble, de temperamento cambiante y, lo más inquietante, es ciega. Así como en tanta imagenes, tantos textos, tantas representaciones e incluso en canciones se nos revela, esta mujer de caro abolengo maneja la rueda que gira continuamente, dejando que así se decidan los destinos de las personas. Quizá un ejemplo más ilustrativo sería si atasemos a la rueda a una persona, como en los juegos circenses, y Fortuna con docenas de cuchillos en la mano se pusiese a probar puntería, hay que recordar que es ciega; los magos suelen cumplir su cometido de no desgraciar al pobre infeliz que está atado esperando saber su destino, ¿pero sabrá Fortuna? La respuesta es no. Ella no puede decidir por si misma, no tendrá pericia en el manejo de cuchillos ni en el sentido o la velocidad en que la rueda gira, sólo tirará y serán otras deidades las que presencien y actuen en consecuencia según donde se claven los cuchillos o según sea el segmento en que pare la rueda que siempre gira.
El azar nos apasiona a los seres humanos, es una forma de tentar al destino, de obligar a que la histérica Fortuna lance otro cuchillo más sobre nosotros. Los juegos de este tipo siempre nos han atraido, por lo impredecible de estos o, en ciertas ocasiones y en ciertos tipos de juegos, por la pequeña parte de la que somos dueños: el comprender el funcionamiento y buscar el modo de indicar el camino que deben seguir los cuchillos o trucar esa ruleta. De algún modo cuando jugamos contra el azar mantenemos un pulso con él intentando que al final seamos nosotros realmente quien marquemos el resultado. Ahí está lo divertido, lo dificil, lo que nos hará sudar y persistir hasta conseguir nuestro objetivo, hasta ganar el premio.

Echó las cartas sobre la mesa con cierta sensación de disgusto, torció el gesto en una mueca burlona y observó a su contrincante al otro lado de la mesa:
-Esta vez, ganas tú.
-Tienes muy mal perder, ¿sabes? -Respondió el otro recogiendo las cartas.
-Ya te he dicho que no sabía jugar, tienes ventaja.
El otro sonrió:
-Juego igual que tú.
-Eres único haciendome rabiar.
-Lo sé. -Su contrincante volvió a sonreír, ese gesto peculiar, tan normal y sencillo a él le parecía asombroso sobre el rostro de su compañero de mesa. Era una sonrisa leve, no muy anunciada, que dejaba entrever unos dientes blancos sin llegar a ser de ese brillo artificial que parece resultar cada vez más normal hoy en día; por otra parte los labios, junto con los hoyuelos que se dejaban anunciar a ambos lados de aquella boca, dotaban a la sonrisa de un encanto singular, coreado por los ojos brillantes, sencillos y de una belleza rara. Hermann no pudo evitar sonreír, contagiado sin poder evitarlo.
-Debería haber ganado. -Dijo frunciendo el ceño.
-¿Ves? eres muy mal perdedor.
-No lo entiendo, es sólo eso, todo iba bien, las cartas parecían adecuadas.
-Soy bueno despistando ¿verdad?
-Cállate ya. Ademas voy ganando.
-¿Cómo? -Dijo el otro perdiendo el gesto.- No puedes hacer trampa, no en este juego.
-Pero es cierto, piensalo. Llevo dos juegos ganados, tú uno.
-Dos.
-¿Cual fue el otro?
-Tu primer as.
-Oh, cierto, no me salió bien. Fue arriesgado pero mereció luego la pena. -Hizo una pausa.-Esta bien, empate, tendremos que seguir jugando.
-Imposible. -Negó recogiendo las cartas y levantandose.- He de irme, ya te dije como iba a ser esto.
-Cierto, te dejo ir, sé que te esperan pero ya sabes que nos volveremos a ver. Siempre llevo las cartas encima, al igual que tú, no lo niegues. Volveremos a jugar, aún no hay un ganador.
-¿Tu crees?
-Que hayas ganado la última mano no te convierte en el vencedor, de hecho en puntuación estamos igual. Yo no tengo prisa, así nos podemos pegar toda la vida.
-Eres concienzudo.
-Aun no te imaginas cuanto. Al final ganaré.

El azar es también algo dificil, una vez que uno se enfrenta a otro la dinámica del juego se vuelve más compleja. Fortuna ahora tendrá que dividir su concentración, su trabajo, y así ofrecerá sus dos delicados brazos de diosa, uno a cada jugador. El pulso que se mantendrá será parecido a si los contrincantes lo tuvieran entre si, pero con una salvedad: esta vez existiria la posibilidad de que ambos jugadores perdieran o ganasen.
Con todo, el azar, no siempre pero en ocasiones, se puede enfrentar de la manera más sencilla y más decisiva que no es otra que negarlo, no dejar que Fortuna participe del juego, mantener a los dioses fuera de nuestro camino y tener la suficiente fuerza como para apartar a la deidad si esta intenta ponerse en medio, directamente enfrentarnos a nuestros rivales, coger las cartas y ganar la partida.
Es nuestra decisión dejar que la rueda gire o pararla con la mano y elegir nosotros mismos nuestro destino y aquello que sea lo que queremos para nosotros.