El azar

El azar, esa marvillosa irrealidad a la que muchas personas dejan su vida en fideicomiso. Fortuna es una diosa voluble, de temperamento cambiante y, lo más inquietante, es ciega. Así como en tanta imagenes, tantos textos, tantas representaciones e incluso en canciones se nos revela, esta mujer de caro abolengo maneja la rueda que gira continuamente, dejando que así se decidan los destinos de las personas. Quizá un ejemplo más ilustrativo sería si atasemos a la rueda a una persona, como en los juegos circenses, y Fortuna con docenas de cuchillos en la mano se pusiese a probar puntería, hay que recordar que es ciega; los magos suelen cumplir su cometido de no desgraciar al pobre infeliz que está atado esperando saber su destino, ¿pero sabrá Fortuna? La respuesta es no. Ella no puede decidir por si misma, no tendrá pericia en el manejo de cuchillos ni en el sentido o la velocidad en que la rueda gira, sólo tirará y serán otras deidades las que presencien y actuen en consecuencia según donde se claven los cuchillos o según sea el segmento en que pare la rueda que siempre gira.
El azar nos apasiona a los seres humanos, es una forma de tentar al destino, de obligar a que la histérica Fortuna lance otro cuchillo más sobre nosotros. Los juegos de este tipo siempre nos han atraido, por lo impredecible de estos o, en ciertas ocasiones y en ciertos tipos de juegos, por la pequeña parte de la que somos dueños: el comprender el funcionamiento y buscar el modo de indicar el camino que deben seguir los cuchillos o trucar esa ruleta. De algún modo cuando jugamos contra el azar mantenemos un pulso con él intentando que al final seamos nosotros realmente quien marquemos el resultado. Ahí está lo divertido, lo dificil, lo que nos hará sudar y persistir hasta conseguir nuestro objetivo, hasta ganar el premio.

Echó las cartas sobre la mesa con cierta sensación de disgusto, torció el gesto en una mueca burlona y observó a su contrincante al otro lado de la mesa:
-Esta vez, ganas tú.
-Tienes muy mal perder, ¿sabes? -Respondió el otro recogiendo las cartas.
-Ya te he dicho que no sabía jugar, tienes ventaja.
El otro sonrió:
-Juego igual que tú.
-Eres único haciendome rabiar.
-Lo sé. -Su contrincante volvió a sonreír, ese gesto peculiar, tan normal y sencillo a él le parecía asombroso sobre el rostro de su compañero de mesa. Era una sonrisa leve, no muy anunciada, que dejaba entrever unos dientes blancos sin llegar a ser de ese brillo artificial que parece resultar cada vez más normal hoy en día; por otra parte los labios, junto con los hoyuelos que se dejaban anunciar a ambos lados de aquella boca, dotaban a la sonrisa de un encanto singular, coreado por los ojos brillantes, sencillos y de una belleza rara. Hermann no pudo evitar sonreír, contagiado sin poder evitarlo.
-Debería haber ganado. -Dijo frunciendo el ceño.
-¿Ves? eres muy mal perdedor.
-No lo entiendo, es sólo eso, todo iba bien, las cartas parecían adecuadas.
-Soy bueno despistando ¿verdad?
-Cállate ya. Ademas voy ganando.
-¿Cómo? -Dijo el otro perdiendo el gesto.- No puedes hacer trampa, no en este juego.
-Pero es cierto, piensalo. Llevo dos juegos ganados, tú uno.
-Dos.
-¿Cual fue el otro?
-Tu primer as.
-Oh, cierto, no me salió bien. Fue arriesgado pero mereció luego la pena. -Hizo una pausa.-Esta bien, empate, tendremos que seguir jugando.
-Imposible. -Negó recogiendo las cartas y levantandose.- He de irme, ya te dije como iba a ser esto.
-Cierto, te dejo ir, sé que te esperan pero ya sabes que nos volveremos a ver. Siempre llevo las cartas encima, al igual que tú, no lo niegues. Volveremos a jugar, aún no hay un ganador.
-¿Tu crees?
-Que hayas ganado la última mano no te convierte en el vencedor, de hecho en puntuación estamos igual. Yo no tengo prisa, así nos podemos pegar toda la vida.
-Eres concienzudo.
-Aun no te imaginas cuanto. Al final ganaré.

El azar es también algo dificil, una vez que uno se enfrenta a otro la dinámica del juego se vuelve más compleja. Fortuna ahora tendrá que dividir su concentración, su trabajo, y así ofrecerá sus dos delicados brazos de diosa, uno a cada jugador. El pulso que se mantendrá será parecido a si los contrincantes lo tuvieran entre si, pero con una salvedad: esta vez existiria la posibilidad de que ambos jugadores perdieran o ganasen.
Con todo, el azar, no siempre pero en ocasiones, se puede enfrentar de la manera más sencilla y más decisiva que no es otra que negarlo, no dejar que Fortuna participe del juego, mantener a los dioses fuera de nuestro camino y tener la suficiente fuerza como para apartar a la deidad si esta intenta ponerse en medio, directamente enfrentarnos a nuestros rivales, coger las cartas y ganar la partida.
Es nuestra decisión dejar que la rueda gire o pararla con la mano y elegir nosotros mismos nuestro destino y aquello que sea lo que queremos para nosotros.

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