La razón de la máscara

-Maldito calor. –Dijo Oscar derrumbándose en la chaise longue.
Ella comprobaba ante el espejo su maquillaje, las sombras, el colorete. Apretó los labios, ahora de color rosa. Estaba lista. Se volvió hacia Oscar indignada:
-¿Qué esperabas? Tú quisiste mudarte, si no te hubieras obstinado en publicar aquella… novela ahora mismo nos encontraríamos sentados cómodamente en el West London, en aquel pequeño jardín de los Looper, tomando té frío.
Oscar dejó los ojos en blanco:
-Otra vez no, Erika. Te lo suplico.
La mujer frunció los labios, recogió un gran abanico color azul turquesa y comenzó a refrescarse con él.
-Sólo digo que debería ser yo quien se quejase.
-¡Pero si lo haces a todas horas!
-¡Más debería hacerlo! –esta vez cerró el instrumento para enfatizar su enfado. Aquel gesto de recoger y abrir de nuevo el abanico de madera se había convertido en una nueva costumbre, pues lo llevaba a todas partes debido al calor de Panamá-. Si papá y mamá nos vieran…
-Da gracias de que no lo hacen –el joven sacó su pitillera y encendió un cigarrillo-. ¿Quieres? Si estuviera vivo nuestro honorable dad, me habría dado de palos por haber escrito lo que calificaría ante nosotros de: “imperdonable blasfemia”; y ante sus amigos políticos de: “tonterías producto de una imaginación desmesurada”. -hizo una pasa lanzando el humo al aire- ¡Añoro la hipocresía inglesa!
-Lo hubiera solucionado… no tendríamos que haber huido como ladrones…
-Tú viniste porque querías.
La mujer cerró de nuevo su abanico y amenazó a su hermano con él.
-No te atrevas a decir eso jamás, Oscar Henry Ross. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme allí con nuestro apellido y afrontar tu desgracia yo sola?
-Lo siento, lo siento, te he pedido perdón mil veces… Pero ahora soy Oscar Johnson. Recuérdalo, es importante, y tú eres Erika Johnson. ¿Entendido?
-¡No!
-Pero Erika… –suplicó levantándose del asiento e intentando llegar hasta ella, quien le agredió con el abanico, golpeándole en la mano que tendía.
-Aparta –ordenó estirándose y caminando hacia la ventana, todo mientras agitaba el abanico-. Te quiero, Oscar. Lo sabes, soy tu hermana y siempre hemos sido confidentes… –Esta vez la mujer mudó el gesto mientras observaba el cielo- ¿Recuerdas aquellas tardes de verano en las que el calor era casi tan insoportable… como el de esta noche? Yo me agobiaba en la casa de campo de tía Maggy y tú me leías cuentos de Wilde para distraerme… No sé por qué recuerdo esta tontería ahora, pero quiero decir que lo entiendo, Oscar, eres un artista, y no podría haberte coartado… Además la situación ya estaba muy mal desde aquellas fotos…
Oscar aplastó la colilla contra el cenicero, asintiendo.
-Sí, todo empezó con las fotos.
-Y ahora estamos arruinados –suspiró cerrando el abanico con tristeza.
El silencio se impuso en la sala. El hombre se acercó a ella y acarició su mejilla, luego le dio un beso y le ofreció su brazo.
-Pero ahora vamos a solucionar eso. El baile nos espera, ¿tienes tu máscara?
-¡Oh Oscar! No sé cuanto podré soportar esta pantomima… yo no sé mentir.
-Erika, lo harás bien, sólo ponte la máscara, la llevamos todos los días. ¡Somos ingleses! Nacemos con una careta bajo el brazo en vez de un pan.
-Tú siempre has sido mejor que yo en eso… va bien con tu naturaleza…
-Si fuera así estaríamos en el West London con los Looper, ¿recuerdas? –Hizo una pausa abriendo la puerta de la habitación-. Por eso hoy hemos de hacerlo muy bien en el baile. Quizá ésta sea la noche en que comencemos una nueva vida.
-Y la construiremos sobre mentiras…
-¡No pienses así! –se lamentó Oscar, empezaba a estar preocupado por su hermana.
-Ojalá no tuviéramos que engañar a nadie ¿Por qué debemos mentir sobre quienes somos? No entiendo este mundo, hermano. Estos juegos sociales son tan complicados… –suspiró una última vez- Era una novela, no un crimen…
Juntos salieron de la habitación demasiado taciturnos para acudir a una fiesta, pero con las máscaras asomando desde el bolsillo de sus trajes de gala, a punto para ser utilizadas y convertir aquellos rostros destruidos en otros llenos de vida, con amplias sonrisas que todo el mundo creería como ciertas.
Cuando los hermanos bajaron las escaleras del hotel, Oscar se volvió a su hermana mientras le ayudaba a colocarse su careta.
-¿Sabes algo que decía Wilde? Piensa en ello mientras el coche nos lleva a la embajada. Él decía, si no recuerdo mal, que ser natural es la más difícil de las poses. Estás preciosa, hermanita. Vas a deslumbrarles, sólo acuérdate de sonreír.

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