Pesadilla

Quietud.

Nada, nada, sólo oscuridad, inconsciencia bendita que ojalá durara hasta que se abran los ojos, sin recuerdo de ingratas costumbres nocturnas.

Pero no, algo surge. Desde algún rincón de la mente se arrastra una sierpe de plata, viscosa, que asoma su lengua agitándose en el aire. El surco que deja se ilumina y desaparece para transformarse en una lluvia bermeja. La luz se vuelve ámbar, los relámpagos son mudos y alguien camina por una calle desierta, muerta, completamente yerma. La ciudad es desconocida, pero podría ser cualquiera de las que has habitado a lo largo de tu vida, fuese un día o un siglo, no importa, no importa… Aquel hombre sigue caminando tranquilamente bajo esa extraña lluvia, imbuido en la luz de ensueño.

Hay un monte altísimo, que sobrepasa las nubes y que al mismo tiempo está tan cerca del mar que escuchas las olas estallar, embravecidas, escupiendo su espuma corrosiva hacia ti. Aquel espectáculo es magnifico y te levantas, aterrorizado, para ver como la inconmensurabilidad del océano se embravece, golpea el mundo, ruge y te engulle.

Aquel hombre sigue caminando.

¿Dónde estás? Por un momento te ves desorientado, pero rápidamente recuerdas tu cama, tus sabanas y te ves, sólo, absolutamente sólo, presa de un frío glacial y de un calor que levanta ampollas sobre tu cuerpo. Pero estás dormido, te retuerces en el sueño, eres consciente de tu tortura como si ya estuvieras muerto y observaras tu cadáver desde un punto externo. Sin embargo comprendes que la muerte es el fin y si te estás viendo a ti mismo sólo puede significar que es el sueño. Tu cuerpo, ajeno a ti, golpea las sabanas, busca zafarse de su abrazo pero le inunda y pasan las horas. Los días llegan como años y sigues sólo en esa cama incómoda que te rasga la espalda, que se ríe de tu propia mendacidad.

Los pasos del hombre son mudos, es un mundo mudo.

Silencio.

Todo prosigue, el hombre camina. La luz sigue siendo del mismo tono amarillento y comienzas a sentirte como una mosca atrapada en ámbar, condenado a vivir muerto y soñar eternamente.

La serpiente reaparece, como augur o cónsul de lo que ha de venir. Te encuentras en un cuarto pequeño, de paredes sudorosas y oxidadas. Miedo, tienes miedo, la oscuridad sólo te revela monstruosas formas que no entiendes y que equiparas a todo. Arañas por doquier, gusanos, ratas, colmenas de enjambres, un cuervo solitario, muerto y que sin embargo grazna de cuando en cuando, colgado tétricamente de una tela de seda arácnida. Luchas, huyes, corres por una oscuridad que no te da tiempo a dibujar, te agotas, esputas sangre.

Luz.

Luz ambarina y respiras, y miras alrededor con ojos vidriosos, sudas, es una ciudad y estás sólo, alguien toca tu espalda.

Silencio.

Es él, hombre caminante bajo lagrimas rojas, con gabardina y sombrero de ala ancha que ahora se está quitando, y ves entre las solapas una calavera de ojos encendidos, descarnada, que te sonríe sin poder hacerlo realmente, porque eres tú, monstruo reflejo de tu alma, surgido de la profundidad de ti.

Y todo se desdibuja, la lluvia al fin lo derrite todo y el color diluido termina en una copa y tú bebes el veneno, condenando a tu cuerpo a que lo recorran cuerdas de metal con púas que laceren tu garganta. Poco a poco la podredumbre te invade desde tu corazón.

La sierpe de plata se retira sinuosamente, borrando su recorrido, buscando aquel rincón de ti donde duerme. Esperará a otra noche para surgir y saludarte, pintando con su huella tu camino. Lo último que crees ver es su aplastada cabeza, sus pequeños y brillantes ojos y su lengua danzante que se ahoga en la negrura.

Silencio.

Quietud.

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