Infeliz

Hubo una vez, hace no mucho tiempo, un hombre que no tenía nada. Cuando decimos que no tenía nada, quizás estemos exagerando pues este hombre, aunque no importaba, tenía un nombre. Este hombre también había conseguido ciertas cosas materiales a lo largo de su vida, tenía una casa en alquiler a bajo coste, algunos muebles que le pertenecían, un par de sillas, un sofá cómodo y una pequeña televisión. Sus pocos libros cogían polvo en una estantería vieja junto a su cama.
Pero este hombre no tenía amigos, tampoco tenía familia, nunca tuvo amor y con el paso del tiempo fue dejando de tener deseos, sueños e ilusiones.
Un día dejó su trabajo, pues el hombre tenía trabajo, volvió a casa y se metió en la cama. Al día siguiente despertó, se arropó mejor dándose la vuelta y siguió durmiendo. Pasaron un par de días y aquel hombre no hacía nada. De cuando en cuando se levantaba costosamente, hacía sus necesidades y malcomía de los restos que se encontraban en la casa. Otro día cualquiera dejó de levantarse.
Para un hombre que no tenía ilusiones, ni sueños, ni deseos, que no tenía amigos ni familia y que nunca tuvo amor, la vida dejó también de tener un sentido. Dormía de continuo, buscando en los sueños una esperanza de algo bello, de una vida que nunca tendría, de deseos que calmasen su triste corazón. A veces tenía suerte y venían a su encuentro agradables sueños que le hacían sonreír con los párpados cerrados, otras veces las pesadillas le atormentaban y gemía como un niño hasta que por fin despertaba.
Pasado mucho tiempo aquel hombre se dio cuenta que nadie había ido a su casa ni el teléfono había sonado en busca de noticias sobre su desaparición. Apenado se acurrucó entre las sábanas, dándose cuenta que no tenía amigos, ni a nadie que se preocupase por él, y por ello, junto a su falta de cualquier ambición o deseo, se echó a dormir, ya que no encontró nada mejor que hacer.
No volvió a despertar. Aquel hombre durmió y durmió entregado a un sueño donde lo tenía todo, y siguió durmiendo hasta que la muerte recogió el testigo que el sueño le tendía. Allí quedó el hombre que no tenía nada, solo, sin nada, tan sólo consigo mismo sobre una cama y algunas imágenes de su imaginación que se fueron diluyendo en el aire cuando exhaló.

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2 comentarios en “Infeliz

  1. tatojimmy dijo:

    Fíjate que pensaba que escribías de mí… Que por alguna causa me habías leído mi pensamiento, te habías enterado de mis intenciones. Meterme en la cama, y dormir. Y contar las horas, los días, los meses, que tardaba alguien en fijarse que no estaba, que me había quedado en casa, encerrado. Estaría bien, porque así, podría echarles luego en cara… ¡¡No me queréis!! ¡No os intereso nada! O mejor… llegados a un punto, no coger el teléfono, dejarlo sonar… no contestar los mails, no recoger la correspondencia del buzón…
    Y soñar… y soñar en mil aventuras, en mil formas en que podría haber sido mi vida, o que podría ser a partir de ahora. Darle vueltas y vueltas… y pensar que me toque la primitiva… y

  2. tatojimmy dijo:

    … y como iba diciendo… estábamos en que me iba a tocar la primitiva, en mis sueños, encerrado en mi habitación, y que llegaba un chico maravilloso, guapo, inteligente, Ca-ri-ño-so, divertido… y me daba un beso en los labios, un suave piquito, que hacía que una luz blanca, radiante, diera vida a mi maltrecho espíritu, y a mi olvidado corazón…
    Pero pensé que, si no echaba la primitiva, no me iba a tocar. Si no cogía el teléfono, ni abría la puerta… ¿Cómo iba a entrar mi príncipe azul, para darme el beso a estilo Bella Durmiente, y conseguir esa luz blanca en el firmamento de mi vida? Y si echaba en cara a esos amigos que no se han acordado de mi en 4 meses, o en 4 semanas… ¿No podrían decirme que podría haberles dicho que estaba triste, para que ellos pudieran animarme?
    Por eso, al señor con nombre de tu relato, y esos pocos libros polvorientos observando su cama desde esa olvidada estantería… que lo deje, que no se duerma, que no sueñe. Y si sueña, que lo escriba… puede así ganar algún premio, y ganar una pasta, y a lo mejor hacer realidad sus sueños, escribiendo sobre ellos.
    ains.
    la vida es dura, “señor sin nombre conocido”. y nadie engaña al respecto. Porque hasta el que es envidiado por la mayoría, las pasa canutas.

    unos besos.
    envueltos.

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