El talismán

-¿Padre? –Jace observaba a aquel anciano nervioso que le había llamado. El susodicho se volvió casi asustado, sus ojos azules se fijaron en su vástago en silencio. El salón estaba vacío, la chimenea crepitaba y no había más sonidos en aquella estancia.
-¿Qué? –preguntó el viejo frunciendo el ceño.
-Me llamasteis, padre.

El anciano llevaba al cuello una piedra esmeralda, adornada con plata entrelazada como una enredadera. Aquella joya brilló nítidamente, con luz propia y aquel hecho llamó la atención del joven, que se acercó a su padre con la interrogación en los ojos. Su padre adivinó.
-Es un talismán de Varnor, sí –le confirmó.

El hijo tocó la alhaja con admiración. Aquellas reliquias eran pequeños universos cristalizados en un momento, un fragmento de tiempo detenido para siempre. Magia antigua. Varnor había sido un brujo famoso por ser el artífice de aquellas extrañas obras de orfebrería, aunque pertenecían casi a la mitología y nadie sabía exactamente cuáles eran sus propiedades, no obstante las leyendas eran muchas.
-Jamás me habíais enseñado la joya, padre.
-No, es cierto –admitió el viejo-. Hijo mío te he hecho llamar porque algo me atormenta. Algo relacionado con esto.

Jace se separó y clavó la mirada en su progenitor, recorriendo las arrugas de su padre, la barba rala, el pelo ceniciento y se sorprendió compadeciéndose por su vejez, por su cercanía a la muerte. ¿Qué retenía su mano? Jace no se lo explicó, aquel hombre era su padre pero no sentía amor por él. Aquel sentimiento se había consumido con la ambición de sus venas, veneno que Alice le había ido suministrando durante años al oído. Suspiró, se armó de paciencia y sonrió fingidamente como siempre hacía.
-¿Qué, padre? Contadme, desahogad vuestros pensamientos.

El anciano asintió varias veces, se dio la vuelta observando el exterior a través de los cristales. Las copas de los árboles cercanos se agitaban con el viento de verano, la tarde ya declinaba y el perfume de las flores se hacía más nítido y más dulce, llegaba incluso hasta aquel piso del castillo. En el jardín jugaba con sus muñecas una niñita de apenas seis años, distraídamente.
-¿Padre? –insistió Jace, cuidándose de parecer preocupado y de esconder su aburrimiento.
-Soy un viejo decrépito –susurró el monarca. Su hijo no le contradijo, estaba de acuerdo-. He gastado mis años entre estos muros, he vivido bien, he participado en dos guerras y amplié, si bien discretamente, las fronteras de mi reino…
-No habéis sido mal rey –dijo serio Jace pues era cierto, no lo había sido.
-Ya… todo un rey… fui orgulloso de joven. Tenías que haberme visto, hijo mío. Era aún más engreído de lo que tú eres.

El heredero enarcó una ceja, sorprendido por aquel ataque nada propio de su padre.
-¡Oh! Sí –prosiguió el rey-. Te conozco bien, sé como es tu alma, Jace, tan parecida a la mía de entonces… Cometí muchos errores, el peor fue hacer caso a los consejos de la iglesia, los magos sucumbieron porque yo lo permití: los expulsamos a todos junto con brujos, adivinos y otros sabios. En aquella época el mundo parecía tan sencillo que creía de veras que eran charlatanes anclados en el pasado, que ocultaban sus narices en viejos libros sin sentido útil.
-Padre… ¿a qué viene todo esto?
-Herklein, un mago, se presentó un día ante mí, tú tenías un año. Por entonces hacía mucho tiempo que los de su oficio habían desaparecido de las fronteras de mi reino. Aquel hombre me ofreció este talismán.
-¿Por qué? –Jace cruzó los brazos sobre su pecho. La historia, fuera real o inventada, empezaba a interesarle, quizá su padre no estuviera tan loco o puede que más de lo que él pensaba.
-Eso mismo pregunté yo, un regalo de ese calibre era muy raro, sobre todo porque provenía de un mago y yo no había sido nada bueno con los suyos –hizo una pausa y observó el cielo donde la luz ya era anaranjada-. Me explicó que este colgante lo apodaban “la balanza”; su portador, desde el momento en que se lo colocaba, estaría a merced del juicio de la joya. Si era virtuoso la magia del colgante le colmaría de alegrías en su vida y cumpliría sus deseos; sí, por el contrario, era una persona sin escrúpulos, inmoral y malvada, el mismo encantamiento se volvería en su contra –hizo otra pausa-. Lamento decir que me dejé engañar, era muy seguro de mí mismo, profundamente engreído, como te decía, y me creía un rey justo de inmejorable ley. Acepté el regalo, en parte por el reto que suponía.

Jace suspiró, profundamente decepcionado por el relato.
-Es un cuento, padre –dijo descreído-. ¿Acaso habéis notado toda esa filosofía en vos mismo?

El anciano le miró detenidamente, tomándose un momento para contestar.
-Sí –afirmó-, el mago se asentó en la ciudad, las quejas de la iglesia me hicieron ceder y pedir su marcha. Él se negó y yo insistí, con su segunda negación le obligué al exilio pero se resistió y mis soldados lo encarcelaron pidiendo su cabeza. Accedí… un mes después tu madre enfermó de tisis y murió a las semanas.
-Coincidencia.
-Eso creí, lo admito. Luego vino la guerra con Solac por un palmo de tierra que se le antojó a mi hermano, para que no peligrara mi reino con conjuras cortesanas accedí de nuevo. Además se presentaba como una oportunidad para demostrar mi poder regio y mandé  que el ejercito no tuviera piedad con el enemigo. Solac no tuvo oportunidad jamás, ofreció su rendición y la rechacé, orgulloso. Fue terrible… tu hermano Jules murió entonces, después de comandar mi ejercito durante todas las batallas, fue por un tonto resbalón en lo alto de las almenas. Yo estaba con él y el colgante brilló como nunca en aquel momento. Al año siguiente comenzó una sequía que puso al pueblo contra las puertas del castillo, aullando de hambre… Aplaqué la revuelta con mano dura, estaba asustado pero me sobrepasé, luego tu tío murió y tus primos se levantaron contra mí. Diez años de guerra, dios mío, fue un infierno –se detuvo suspirando y cerrando los ojos un instante-. Por entonces estaba obsesionado con el talismán, cualquier nimiedad me parecía una respuesta a mis actos. En una ocasión, borracho, pegué a mi segunda esposa en una acalorada discusión, fue sólo un empujón que la hizo caer al suelo y marcharse humillada, pero la copa que tomé cuando ella se fue estaba envenenada. Desesperado busqué en libros antiguos y mi último gran pecado fue, preso de la locura de mi búsqueda, abandonar el gobierno a hombres menores y de dejarte a ti al cuidado de otros instructores… esta vez la respuesta fue Alice –hizo otra pausa que aprovechó para apoyarse en la pared-. No, la arpía de tu mujer no apareció casualmente hechizándote con sus encantos. El día de tu boda ella me escupió, a mí, al rey; sus vejaciones de estos años sólo las he permitido porque es tu esposa, aunque ella te haya alejado de mí. ¿Te sorprende? Sé que no me quieres desde hace muchos años. Ella se ha encargado de eso y si quieres un consejo deberías librarte de ella.
-No tolero que… –amenazó Jace, señalando con el índice a su padre.
-No he terminado –le cortó el rey elevando el tono, con seriedad-. De aquello han pasado diez años, tienes treinta y tres, yo ochenta y uno años, soy longevo como las piedras y pronto me consagraré a hacerlas compañía. En mi última década me he dedicado en exclusiva a hacer el bien, o lo que yo he entendido por hacer el bien. ¿Sabes qué? Jamás había visto primaveras tan fructíferas como las de estos años, ni otoños tan llenos de color… no he padecido ni un solo achaque, mi pueblo está contento y han sustituido mi apodo de “el miserable” por el de “el bienaventurado”. Lo mejor ha sido ver que tu Alice, a pesar de ser una criatura despreciable, me ha dado lo más bello que he visto en este mundo. Los ojos de Anne me colman de la felicidad más exquisita cada vez que los miro. Tu hija, mi nieta, es la gran prueba de la influencia de este talismán.

Jace suspiró de nuevo.
-Padre, todo eso podríais haberlo percibido bajo la sugestión de llevar esa joya al cuello, nada más. La vida es compleja y cosechamos lo que sembramos… La magia es una mala excusa. ¿No habéis pensado en ello?

El anciano asintió, triste. Jace no entendió el por qué de la tristeza de su padre.
-Sí, eso me ha pesado todos estos años. ¿Sabes, hijo? Te he contado esto para que, cuando muera, no recojas este talismán: destrúyelo, lánzalo a las ciénagas o entiérralo conmigo –de nuevo se tomó una pausa, mirando detenidamente a su hijo-. El mago me dijo que el talismán no debía de quitármelo ni tampoco podía revelar a nadie que lo poesía, pues de hacerlo la magia se rompería sobre mí y sería mi muerte.

Jace le observó, algo no iba bien, lo acababa de notar.
-Así es –dijo su padre-. En cuanto tocaste el colgante, cuando confirmé su originalidad, mi brazo se ha agarrotado, mi respiración me es costosa… me duele el pecho con una agudeza increíble…

El anciano cayó de rodillas, Jace, nervioso, recogió a su padre antes de que se desplomara sobre el suelo.
-¿Por qué? ¿Por qué padre? –preguntó sin comprender el heredero. No sabía por qué, pero sus ojos bebían de la vida de su progenitor por sentir pronto el fin, quería grabar aquellos últimos momentos que le acongojaban aunque había creído que ya no le amaba. Estaba confuso consigo mismo y con todo.

El viejo cerró los ojos, jadeó luchando por respirar y sus pupilas asomaron una última vez para llevarse el rostro de su hijo como postrera imagen del mundo.
-Es… demasiado… todos los años de dudas… todas las noches en vela… tenía curiosidad… sólo tenía curiosidad… –su voz enmudecía un poco más a cada palabra y se mantuvo durante un minuto respirando con dificultad, agitando su pecho a un ritmo irregular y doloroso-. Te quiero, hijo…

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Un comentario en “El talismán

  1. La magia, a veces, es una escusa, sí. Es una forma de percibir cosas que,d e otra forma, no lo haríamos. Como que, recogemos los frutos que sembramos. Y que al final, acabamos pagando nuestros errores al escoger.

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