La despedida

Quizás las tormentas si tengan algo de especial después de todo… Recuerdo aquella noche nítidamente, por aquel entonces yo dormía en un cuartucho de mala muerte en algún barrio perdido de esa ciudad que todos sueñan con alcanzar pero que ninguno de sus habitantes aconsejaría para vivir. Era joven de aquella, apenas un chaval con algunas pocas ideas claras, un par de camisas y pretensiones, sueños, nada más, por entonces eso era suficiente para mí. La mencionada noche, después de pocas copas volví a mi cuartucho, la calle estaba silenciosa, apenas pasaban coches y la oscuridad parecía densa, como humo. La luz del alumbrado eléctrico, luz naranja, impregnaba las calles sucias como si ella misma fuera una mancha, y también el cielo parecía haber encontrado en aquella enfermiza luminosidad un tono perfecto para reflejar su estado de ánimo. Realmente no había cielo sino un techo de nubes uniforme, nubes de un naranja ceniciento.
Me despedí de él con un abrazo trémulo que duró demasiado poco por estar ambos nerviosos, luego le besé de esa manera que se besan dos personas que jamás volverán a verse. Nos miramos a los ojos, apartamos la mirada rápidamente, avergonzados de algo tan natural como la tristeza o el amor que no queríamos expresar porque no tenía sentido.
Luego volví caminando a casa acompañado por los gruñidos de ese cielo que estallaba de cuando en cuando, ofreciéndome un guiño rápido y eléctrico. No estaba de humor, el intenso calor me incomodaba, transpiraba, tenía el cuerpo ardiendo… Llegué a casa suspirando de alivio y me desnude antes de alcanzar el baño, fue una ducha rápida y fría, no recuerdo si me sequé pero acto seguido me tiré en el sofá pues pensé que la cama aferraría mi calor para devolvérmelo malvadamente.
Me dormí con ese retumbar quejumbroso de truenos perezosos, creo que llovió un poco pero el calor ahogó la escasa cantidad de agua que tocó el suelo. Nada cambió, tuve una noche sin sueños y me desperté con una extraña sensación de pesadez y confusión. No recordaba haberme despedido de él, me di cuenta que el beso había sido una invención mía, que no se lo había podido dar porque aquel encuentro que yo recordaba no había sucedido. Sin haberlo hecho realmente al final me despedí de él, lo hice conmigo y bastaba, a él no le importaría, a él no le importaba nada porque lo más seguro era que no existiese, que todo hubiera sido una creación de mi mente, aburrida, acalorada, borracha y sedienta de algo más que no fuera aquella densa apatía que cada día me recorría la garganta como una pasta intragable. Él ni siquiera pensaría en mí, una pena, una pena…
Aquella noche aprendí que las tormenta con sus truenos despiertan a los fantasmas ocultos en nuestra mente, escondidos hasta que se encuentran en su propio elemento y pueden gañir como una bestezuela sin fuerza. Los escucharemos igual que escuchamos a los truenos, con ese recogimiento interno, con ese miedo al darnos cuenta de su existencia.

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