Desengaño

-¿Lo hacemos complicado o es complicado? –Preguntó Damel.
Elisa le observó de pronto, como sorprendida por aquella pregunta. Fue franca:
-No lo sé.
-Eso no me vale –Respondió el chico, levantándose del sillón y acercándose a la ventana-. Yo creo que la respuesta sería: ambas. Es complicado porque cualquier relación es compleja. A veces es difícil entenderse uno mismo, más entender a otro y comprender el lazo común… muy difícil, muy difícil. También lo hacemos complicado, porque está en nuestra naturaleza liar más las cosas, pero lo hacemos complicado porque lo es. ¿entiendes? Es paradójico, pero precisamente porque es complicado pensamos demasiado y queriendo simplificar lo liamos todo.
-Damel, es imposible que llegues a algún punto…
El hombre bajó la cabeza, estaba cansado, exhausto. En aquel momento ya no sabía nada, le parecía que todo estaba perdido o que al menos no tenía ya sentido.
-Tendrás razón… supongo que a veces cuando nos dicen “no”, quieren decir, precisamente, “no”.
La mujer estaba incómoda, se frotó los brazos mecánicamente, una manía que le había acompañado desde niña y en la que Damel se había fijado desde el primer día que se conocieron. Estaba nerviosa.
-Pero a veces –prosiguió él, mirándola directamente a los ojos-, por mucho que tu dijeras no, luego me besabas, me querías, me decías sí con todo tu cuerpo menos con tus labios.
Ella apartó la mirada.
-Me confundías…
-Te gustaba esa confusión –suspiró-. O quizá no… ¡qué se yo! Apenas me aclaro de nada. Ahora siento que me he aprovechado de esos besos que te arrancaba… cuando lo cierto es que nunca me has tocado, ni mostrado otro signo de interés que el de aceptar mis caricias. Quizá fuera amabilidad amistosa que yo no supe interpretar…
-Cállate ya, por favor… -Ella se sonrojaba, bebió un sorbo del vaso que volvió a dejar sobre la mesa.
-No, lo siento –negó él-. Si esto debe ser una despedida, si debo rendirme, al menos déjame hablar… las palabras tienen ese poder de desahogar un poco el alma atormentada. Ya sabes que soy un dramático –Hizo una pausa observando nada en particular a través de la ventana, se sonrió- y ni siquiera sé ya que decir… ¿eres feliz?
-Razonablemente –contestó ella, tímida, sin atreverse todavía a buscarle la mirada.
-Entonces todo está bien.
-Oh, Damel, lo siento. Te quiero, pero como amigo.
-A mi no me vale, Elisa. Lo sabes. Lo siento, no quiero perturbarte, pero ahora mismo me siento en mi egoísta derecho –la miró, ella mantenía los ojos fijos en el vaso de agua medio vacío-. Ya sé que no soy mucho, que no puedo dar mucho. No tengo morbo alguno, tampoco, flaco y demasiado bueno… pero tenía la esperanza. Es absurdo, o no, somos humanos al fin y al cabo. Pero sí es patético, eso sí, no me quita el titulo nadie ahora mismo. Obcecado como un caballo con antojeras, que sólo se fija en un camino y no quiere ni puede ver más allá porque le da miedo lo que puede encontrar…
-Me entristeces…
-No es culpa tuya, Elisa. Realmente no tienes culpa de nada. Estoy triste, algunos dicen que soy triste… se me pasará. Tú no tienes la culpa de no quererme, a nadie se le puede acusar de eso. No tiene sentido. No puedo obligarte, y de poder no querría hacerlo. Pero me apena, me apena mucho y a eso tengo derecho. Tengo derecho a ser infeliz y llorar cuanto quiera llorar –Damel sacudió la cabeza vigorosamente-. Perdona, es una deformación profesional, ya sabes que los actores de drama nos ponemos así a menudo… somos un poco exagerados de sentimiento. Que se le va a hacer…
-Damel, déjalo ya, por favor.
-Sí, lo dejo –consintió el chico-. Ya de nada sirve. Pero admíteme que eres feliz.
-Lo soy… más o menos.
-Eres maravillosa.
-Exageras.
-Preciosa.
-Del montón.
-Inteligente.
-Te equivocas.
-Y humilde.
Ella calló, algo enrojecida.
-Me voy –continuó al fin al ver que ella no decía más-, eres maravillosa, repito. Recuérdalo siempre. Nada más, dame un beso en la mejilla –ella se lo dio-. Gracias. Cuídate mucho, me voy, me voy… adiós.

Demonios de poeta

Hay veces, no muchas, cosa que el corazón agradece, que uno se encuentre con esas pequeñas bestias, adorables y llenas de dientes que nos sonríen en la noche a aquellos que sabemos mirar con los ojos entornados. De sus encuentros guardo una memoria confusa, por lo truculento del escenario y lo brillante de sus ojos.
Hace poco me sorprendió una de estas alimañas. Creo que caminaba con la chaqueta ya desabrochada, la camiseta revuelta y el humo deslizándose desde mis labios entreabiertos, con ansia, hacia la inexistente oscuridad de la madrugada. No sé dónde apareció, pero lo hizo. Algún pensamiento me rondaba mientras despeinaba mi pelo con los dedos entumecidos de alcohol. Ahí estaba, la vi sin verla, como únicamente se dejan advertir estas criaturas, me paré para escuchar su gemido ronco y el latir de su corazón, que era el mío.
Poeta. Nadie más podía serlo, yo tuve que cargar con esa penosa servidumbre a una realidad demasiado clara, que hiere los ojos. ¿Dónde encontrar unas gafas decentes? Algún cristal que sea capaz de mitigar esa luz tan terrible, hecha de hojas de afeitar que penetran la pupila como si pretendiesen dibujarme una estrella…
Y tú, alimaña revoltosa, juguetona, que sonríes entre las sombras y me muestras, como en un juego, la excesiva miseria que me revela tu presencia; a ti te debo ese cristal ahumado, el cual más mal que bien ha conseguido sanar un poco las cicatrices de mi pupila. Y yo, poeta, prendado de ti me he olvidado un momento de la tristeza de mi melancolía.
Poeta, casi sinónimo de mísero, de infeliz, de triste, de solitario, de inculto de la vida, de filósofo trasnochado, que te insultan llamándote bohemio en un sentido que no comprenden, dotando a tal palabra del significado más triste que en este mundo se puede concebir. Y a mí me ha tocado tal regalo envenenado, el más sufrido, el menos valorado. ¿Qué hace el poeta además de encontrarse con esas pequeñas bestias que sólo él ve? Nada quizás, intentar darle un cuerpo a esas fantasías, un cuerpo disoluto, que nadie parece apreciar.
Con los años nosotros, gremio que nunca se reúne, comprendemos que la verdad es muy posible que sencillamente nadie la pueda entender, ni siquiera otros ojos como los nuestros y a veces tampoco los propios.
Buscamos, en esas noches, en esa literatura que hemos decidido vivir, no por una elección exacta, sino porque así es como vemos, está en nuestro ser; buscamos la alegría que nos vetan tantas palabras. Pero no encontramos a nadie, no encontramos nada. ¿Cómo, y pregunto cómo, quiere nadie que yo viva viendo como veo todo, sufriendo como sufro todo, si nadie se para a mirar más allá de como yo miro? Sencillez aparente la de todos, que no padecen de las visitas de estas bestias que, tal y como nos sonríen, están mordiéndonos porque prometen y niegan casi al tiempo. El sadismo que yo padezco sólo terminará cuando alguien me arranque las tripas esperando encontrar un corazón petrificado, quizá dorado, pero hallando uno carnalmente herido.

Terrible deuda que a algunos nos toca,
disfrazada faz que nadie entiende,
incompleta vida de servidumbre.
Y soledad.