Indubitable

Iracundo, terco, débil, ángel desplumado que elevas el esqueleto de tus alas en un vano intento por espantarme, en un penoso gesto para iniciar un vuelo imposible. No te maldigo, en tu estado ni siquiera me hace falta hacerlo. Tú no conseguirás nada, jamás, porque no tienes fuerza, porque tus músculos son delgados y tus huesos se astillan. Alzas el rostro y apenas ves. ¡Aparta el pelo desgreñado! Muestrame ese gesto tuyo, cruzado por la sombra del miedo, del dolor, de la ira, de la angustia y de la tristeza. Sí, haces bien en esconder tus ojos de mí porque ya conoces lo que hallaré en el poso de tu alma, y tiemblas sólo con escuchar el matiz de mi voz al pronunciar este dictamen. ¿A ti te eligieron para enfrentarte a mí? ¿a ti, un mísero tópico emplumado? Jamás podrás conmigo, ni tú ni cien como tú. ¡Que vengan todos! ¡Que bajen a este desierto el ejercito más grande y poderoso que una mente pueda concebir!
Azotadme con plagas, torturadme con infamia, con ilusiones, ofrecedme la eternidad, la omnipotencia. Haced cuanto queráis, pero jamás me detendré, jamás dejaré de caminar, jamás se librará esta tierra de mí, ni el cielo, ni las lunas, ni la noche que no llega, ni las estrellas ausentes, porque yo aquí soy el rey máximo, el emperador por encima de todos, soy Dios.
Te mueves eh, intentas llegar a tu arma. Cógela, a mí no me importa, siempre se repetirá el ciclo, siempre ganaré yo, siempre saldré vencedor y tú, como los que llegaron antes que tú, como los que vendrán después, desaparecerás, no quedará de ti nada, ni cenizas ni recuerdos, te extinguirás.
¿Qué miras? ¿Qué ves? Eso casi me interesa, pero no me lo dirás, no, ya estás derrotado, ya no existes. Te diré qué es lo que veo yo. Veo un niño, con los ojos cerrados, rodeado de un desierto enorme, una extensión sin limites, árida como este lugar, pedregosa como una montaña demolida. Ese niño se encuentra allí, sin abrir los ojos, sin ver, sintiendo el aire que le acaricia unas ropas para él extrañas, demasiado elegantes, demasiado adultas. ¿Sabes qué? El niño llora. No sabe qué es lo que hay más allá del punto donde está de pie porque no se atreve a levantar los párpados, no quiere conocer, se siente vulnerable al mundo y prefiere la oscuridad con todas sus posibilidades, con todos sus monstruos, a un mundo como el que tiene delante. Eso veo.
¿Que murmuras? Apenas te entiendo, repítelo, te queda poco tiempo y sabes que soy curioso. ¡Ah! ¿Veo lo que quiero ver? ¿eso cambiará? Has derrochado tus ultimas palabras en algo absurdo y en un vaticinio que no se cumplirá. Muere, descansa, ya a nadie le importas, yo volveré a mi paseo, a mi reino, a mi trono. Nada cambia, nada cambiará porque aunque todo mute a mi alrededor, yo seguiré aquí, esperando todo intento vano de vosotros, enemigos míos que ahora me vigiláis, susurrando entre vosotros porque os da miedo alzar la voz y que mi oído capte vuestras palabras. Sí, cuidaos de mí, de que mi vista no alcance a encontrar vuestra sombra en el camino, hacedlo porque os lo jugáis todo, porque os destruiré si logro ver un cabello vuestro.
Aquí reino yo, demonio, demiurgo, dios inmortal de cetro eterno. Obedeced mi voluntad, yo soy el parásito que os obligará a vivir y a pensar bajo el yugo de mi bota.

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La tristeza del payaso

Las lágrimas destrozaron el maquillaje, arruinando la pintura feliz que convertía su rostro en un gran personaje. Lloraba, lloraba con ese sentimiento que siempre surge desde muy hondo y que es de una fuerza incontenible. Las lágrimas son un gesto propio del cuerpo extenuado y dolorido, una salida del tormento.
Cuando, abrumados por la pena, sentimos todo nuestro yo arder, queriendo traspasar las fronteras de nuestro propio cuerpo, presas de ese sentimiento tan angustioso, es entonces cuando dos brechas se abren en nuestros ojos, como si fueran puertas benditas para que surja lo malsano, dejando que expulsemos el dolor en forma de licor destilado, fríamente cristalino, salado como sustancia que jamás dará nada de provecho, algo completamente yermo. Esa es la verdad de las lágrimas. Pero él no pensaba en ello; él lloraba angustiado mientras su voz grave, magnifica, resonaba en su pecho y surgía de su garganta como de una cornucopia de sonidos increíbles. Aquel hombre se llamaba a sí mismo, ordenandose tapar aquel dolor con la risa, del mismo modo que con la harina tiznaba de blancura unos rasgos tan oscuros como los que en aquel momento sentía como suyos.
Y así, prisionero de esa compleja paradoja de la escena, se sentía el hombre tras el actor, el actor tras el comediante y el comediante sobre todos los demás personajes. ¿Quién era más real aquel momento? ¿quién lloraba de los tres hombres que se aunaban en aquel cantante magnifico? Eran los tres a coro, resonando con sus voces distintas a través de un timbre único. Con aquella pasión que sólo la opera parece capaz de hacer sentir a quien sepa apreciarla, así la música embriagaba no solo al actor, inconsolable en sus lagrimas, si no también a un publico atento, adelantado en sus asientos, con los ojos frescos por esas lagrimas que se anuncian ante lo infinitamente bello y trágico, ante lo maravillosamente triste.
Allí, en escena, un hombre con el rostro pintado, un payaso, que debería ser la representación de la felicidad pueril y pura, llora amargamente revelando la quimera de su maquillaje; allí aquella triste figura que no puede controlar su dolor, esforzandose por que acuda la sonrisa, conmina a la risa para que le sirva de escudo ante el dolor y la escena.

Ridi, Pagliaccio, sul tuo amore infranto!
Ridi del duol che t’avelena il cor!

Hipótesis sobre un futuro incierto

La decisión era difícil. Se plantó allí un momento, cerrando los ojos, pensando cuál sería lo adecuado. Si finalmente era la opción A la que ella tomase, entonces ¿quién sabe? quizá saliera de allí, volviese a su casa, comiese deliciosamente, luego se pondría su nuevo vestido rojo e iría caminando hasta el café en el que había quedado con sus amigas, pero ya se imaginaba que con su mala suerte el tacón de esos zapatos tan bonitos se rompería. Por suerte, un hombre, al verla en apuros, se ofrecería para socorrerla, lo cual sería perfecto ya que ella sonreiría agradecida y él, entusiasmado al verla de cerca, le invitaría a cenar. Ella aceptaría, por supuesto, aquello se merecía un sí. Llegaría la cena, el restaurante sería perfecto, la cena riquísima, la conversación inmejorable, él estaría encantador y sería un perfecto caballero llevandola a casa en su flamante coche. Le dejaría ante la puerta con un beso en los labios, corto y dulce, aunque no buscaría propasarse más allá y quedarían dos días después para una comida ligera. Llegado el día él se presentaría tarde, pero con una buena excusa de trabajo. Comerían, todo sería igual de idílico que en la ocasión anterior, pero ahora terminarían con un beso más largo. Una semana después se habrían acostado; dos semanas más tarde, ella habría encontrado, cogiendo sin malicia la cartera de su ya novio para buscar cambio de veinte, una hermosa foto familiar con su esposa, su perro y sus dos hijos. Montaría un número en el restaurante de turno y se iría ofendida y herida, nunca más volvería a saber de él. Pasaría otras dos semanas llorando en cama, hartandose de helado y recibiendo preocupadas llamadas de sus amigas. Al fin saldría al mundo renovada y proponiendose no volver a dejar engañarse por un cabrón de tal calibre.

Sin embargo si se decantaba por la opción B, entonces saldría de allí, volvería a su casa, comería deliciosamente, se pondría su traje blanco, aquel tan cómodo y que tan buena figura le hacía, iría en taxi hasta el café en el que había quedado con sus amigas, tendría una tranquila tarde de chicas con ellas, hablarían de trabajo, de las parejas de turno, de los sueños y quizá tocasen el preocupate caso de la madre de una de ellas, ingresada en el hospital por una tonta caída que le había roto la pierna. Luego iría a pagar, ya que aquel día le tocaría a ella, y, mientras buscase en el bolso, un hombre le entregaría el peine que se le había caído sin que ella se diese cuenta. Ella sonreiría agradecida, coqueteando con sus pestañas y él le respondería de igual manera, sólo para darse la vuelta y besar a su novio. Ella, azorada por la fugaz fantasía que se le había pasado por la cabeza antes de conocer la preferencia sexual de aquel encantador hombre, pagaría sin esperar las vueltas y saldría del café con sus amigas sin decir ni una palabra sobre lo ocurrido. Volvería a casa, terminaría la novela que leía por entonces, adoraría el final y dormiría después de poner correctamente unos papeles del trabajo. Al día siguiente llegaría a la oficina antes que nadie, haría su trabajo, entregaría sus informes y su jefe la ascendería por su éxito y buena disposición. Le daría el resto del día libre, por lo que saldría para concederse un capricho. Entonces, en un café, después de adquirir un bolso de Gucci, se le acercaría un hombre muy atractivo que le preguntaría si la silla estuviera ocupada, ella negaría con una sonrisa, pero él en vez de llevarse el mueble se sentaría con ella. Tras esa gracia que le haría reír, hablarían durante una hora y se darían los números de teléfono. Él llamaría diez segundos después de haberse despedido. Ella, sonriendo de nuevo, se daría la vuelta para descubrir al chico gracioso acercarse a pedirle una cita para cenar aquel mismo día. Se la concedería, presa de tan buen humor, y con el mismo ánimo acudiría al maravilloso restaurante, él se retrasaría, pero ella no le daría importancia hasta después de una hora. Entonces le llamaría al móvil y respondería la voz de una mujer. Ella se maldeciría por haber sido tan entupida y se iría enfadada a casa. Dos días después se le habría olvidado de no ser porque una de sus amigas se quejaría de que se había enterado que su novio había estado poniendole los cuernos con más de una mujer. Incluso pocas noches antes le habría pillado con una reserva en el mismo restaurante en el que ella habría estado cenando esperando a su amante fugado. Su amiga, como les contaba, habría corrido rauda, sobre todo después de recibir una llamada que nadie contestó y que ella creía que era de la “golfa” (así la calificaría) que había estado coqueteando con su novio. Sin embargo, al llegar al restaurante no habría encontrado a nadie. Perturbada, ella se levantaría y huiría a su casa con una mala excusa para sus amigas, buscando pasar aquel mal trago.

Al final ella dejó las dos barras de labios sobre el mostrador. Sonrió, sin ningún tipo de carmín en su gesto, a la atenta dependienta y le dijo que lo sentía, pero que prefería seguir teniendo una vida tranquila. Aunque aquella pobre cajera no entendió nada, ella salió de aquel lugar sin que su sonrisa se borrase.

Va de verano

Verano.
La etapa estival es el tiempo perfecto para que todos, abandonando nuestras ocupaciones habituales, podamos entregarnos el ocio. El placer de no hacer nada, de poder quedarse en la cama hasta tarde y de descansar es algo que nos parece muy apetitoso tras los largos meses de trabajo o de estudio. Salir de la monotonía, he ahí el verdadero objetivo de las vacaciones de verano, y digo verdadero ya que en inicio si nos preguntan podríamos decir rápidamente que el quid es el descanso. Sin embargo no, viajar a la playa, de turismo rural o con fines de adquirir conocimiento o para acudir a esos festivales que proliferan ahora, es sólo un ejemplo del estrés al que nos sometemos bajo la excusa de descansar. Es mentira pues, pero lo creemos así, sencillamente buscamos salir de ese día a día, como ya antes decíamos, cosa que está muy bien. El perfecto ejemplo de descanso sería viajar, sí, a un lugar agradable, acudir a un hotel donde nos lo den todo hecho y no tener que hacer nada que no queramos hacer, que no nos apetezca. Algunos harán esto, no digo que no, pero la mayoría no cumplirá esos requisitos y se complicará la vida buscando un descanso intenso y encontrando uno parcial, aunque bien disimulado.
Tras esta consideración puramente privada acerca del verano, me volveré un poco egocentrico, por considerar que comentar mis pobres avatares quizá interese un minimo a quien lea este blog de cuando en cuando. El caso es que estando ya en el ecuador del verano, me veo en mi ciudad natal, en donde pasaré posiblemente todo el mes y donde espero recibir la visita de algunos amigos. Julio, por el contrario, transcurrió con un servidor entre Madrid y Huelva. Mi tiempo lo he dedicado y lo dedico al descanso (lo intento) a la escritura y, por supuesto, a la lectura.
De mis proyectos, “s”, que anunciaba ya hace muchos meses en la pestaña correspondiente, ha sido terminado. El resultado es un ensayo novelado como me he obligado a considerar ya que todo gira alrededor de un mismo tema: la locura. La idea se defiende desde varios puntos de vista hasta llegar a la tesis final. Sin embargo el modo de hacerlo, lejos de ser de la manera que estamos acostumbrados en un ensayo, es en forma de novela. Un pequeño juego que me he permitido por experimentar a ver qué ocurría, sin embargo no es algo ni mucho menos nuevo.
Terminado “S”, cuyo título definitivo ha cambiado, perdónenme no incluirlo (comprendan la prudencia exagerada y sin sentido de un autor tan novel como este vuestro humilde servidor) me he dedicado a esa novela que nunca he llegado a terminar y que ya lleva demasiados años en elvientre tenebroso de la imaginación. Si todo va bien antes de verano estará terminado el borrador definitivo, listo para la corrección de esos errores ortográficos que siempre se escapan o de los últimos detalles estilísticos.
Sobre el futuro siempre está demás hablar, pero ya me atrevo a considerar otros trabajos en los que me embarcaré cuando esté terminada la mencionada novela. Veremos qué termina siendo…
Y en cuanto a mis lecturas veraniegas: “Memorias de George el amargado” de Mirbeau, fue el primero que he tenido el placer de leer. Se trata de un libro no muy extenso que, sin embargo, es una joya narrativa; utiliza una ficción de memorias para contar la historia de una vida corriente desde una perspectiva muy interesante. “El conde de Montecristo” del merecidamente famoso Alexandre Dumas fue la segunda obra que han pasado por mis manos este verano, junto con los sonetos de Shakespeare y una relectura de varios poemarios de Lorca. En estos momentos me encuentro leyendo “Vacio perfecto” de Stanislaw Lem y “la divina comedia” de Dante, el tomo de el infierno en particular. Quedan para después una novela de fantasía, del polaco Andrzej Sapkowski: “la sangre de los elfos”, tercer libro de la saga de Geralt de Rivia, muy recomendable para los amantes de este género a menudo despreciado. También he dejado para el final dos obras de filosofía muy interesantes, por un lado el “tractatus logico-philosophicus” de Ludwig Wittgenstein, y por otro “la fabrica del bien” de Antonio Valdecantos, un libro brillante sobre lo intrincado de la moral y el eterno debate entre el bien y el mal. (Por cierto, podéis visitar su sitio web, que encontrareis en la lista de enlaces de este mismo blog, recomendable para acercarse un poco a la obra de este filósofo)
Para vuestro humilde servidor será pues un verano tranquilo, dedicado casi por completo a la literatura, arte siempre tan amable para cualquiera que se quiera abandonar un poco a él.

Sin más me despido, ofreciendo mis disculpas por el periodo de ausencia, prometiendo seguir publicando aquí, aunque más espaciadamente hasta inicio del curso académico, y deseandoos un buen verano en el que logréis descansar, leer un buen libro y huir con éxito de la perversa monotonía.