Hipótesis sobre un futuro incierto

La decisión era difícil. Se plantó allí un momento, cerrando los ojos, pensando cuál sería lo adecuado. Si finalmente era la opción A la que ella tomase, entonces ¿quién sabe? quizá saliera de allí, volviese a su casa, comiese deliciosamente, luego se pondría su nuevo vestido rojo e iría caminando hasta el café en el que había quedado con sus amigas, pero ya se imaginaba que con su mala suerte el tacón de esos zapatos tan bonitos se rompería. Por suerte, un hombre, al verla en apuros, se ofrecería para socorrerla, lo cual sería perfecto ya que ella sonreiría agradecida y él, entusiasmado al verla de cerca, le invitaría a cenar. Ella aceptaría, por supuesto, aquello se merecía un sí. Llegaría la cena, el restaurante sería perfecto, la cena riquísima, la conversación inmejorable, él estaría encantador y sería un perfecto caballero llevandola a casa en su flamante coche. Le dejaría ante la puerta con un beso en los labios, corto y dulce, aunque no buscaría propasarse más allá y quedarían dos días después para una comida ligera. Llegado el día él se presentaría tarde, pero con una buena excusa de trabajo. Comerían, todo sería igual de idílico que en la ocasión anterior, pero ahora terminarían con un beso más largo. Una semana después se habrían acostado; dos semanas más tarde, ella habría encontrado, cogiendo sin malicia la cartera de su ya novio para buscar cambio de veinte, una hermosa foto familiar con su esposa, su perro y sus dos hijos. Montaría un número en el restaurante de turno y se iría ofendida y herida, nunca más volvería a saber de él. Pasaría otras dos semanas llorando en cama, hartandose de helado y recibiendo preocupadas llamadas de sus amigas. Al fin saldría al mundo renovada y proponiendose no volver a dejar engañarse por un cabrón de tal calibre.

Sin embargo si se decantaba por la opción B, entonces saldría de allí, volvería a su casa, comería deliciosamente, se pondría su traje blanco, aquel tan cómodo y que tan buena figura le hacía, iría en taxi hasta el café en el que había quedado con sus amigas, tendría una tranquila tarde de chicas con ellas, hablarían de trabajo, de las parejas de turno, de los sueños y quizá tocasen el preocupate caso de la madre de una de ellas, ingresada en el hospital por una tonta caída que le había roto la pierna. Luego iría a pagar, ya que aquel día le tocaría a ella, y, mientras buscase en el bolso, un hombre le entregaría el peine que se le había caído sin que ella se diese cuenta. Ella sonreiría agradecida, coqueteando con sus pestañas y él le respondería de igual manera, sólo para darse la vuelta y besar a su novio. Ella, azorada por la fugaz fantasía que se le había pasado por la cabeza antes de conocer la preferencia sexual de aquel encantador hombre, pagaría sin esperar las vueltas y saldría del café con sus amigas sin decir ni una palabra sobre lo ocurrido. Volvería a casa, terminaría la novela que leía por entonces, adoraría el final y dormiría después de poner correctamente unos papeles del trabajo. Al día siguiente llegaría a la oficina antes que nadie, haría su trabajo, entregaría sus informes y su jefe la ascendería por su éxito y buena disposición. Le daría el resto del día libre, por lo que saldría para concederse un capricho. Entonces, en un café, después de adquirir un bolso de Gucci, se le acercaría un hombre muy atractivo que le preguntaría si la silla estuviera ocupada, ella negaría con una sonrisa, pero él en vez de llevarse el mueble se sentaría con ella. Tras esa gracia que le haría reír, hablarían durante una hora y se darían los números de teléfono. Él llamaría diez segundos después de haberse despedido. Ella, sonriendo de nuevo, se daría la vuelta para descubrir al chico gracioso acercarse a pedirle una cita para cenar aquel mismo día. Se la concedería, presa de tan buen humor, y con el mismo ánimo acudiría al maravilloso restaurante, él se retrasaría, pero ella no le daría importancia hasta después de una hora. Entonces le llamaría al móvil y respondería la voz de una mujer. Ella se maldeciría por haber sido tan entupida y se iría enfadada a casa. Dos días después se le habría olvidado de no ser porque una de sus amigas se quejaría de que se había enterado que su novio había estado poniendole los cuernos con más de una mujer. Incluso pocas noches antes le habría pillado con una reserva en el mismo restaurante en el que ella habría estado cenando esperando a su amante fugado. Su amiga, como les contaba, habría corrido rauda, sobre todo después de recibir una llamada que nadie contestó y que ella creía que era de la “golfa” (así la calificaría) que había estado coqueteando con su novio. Sin embargo, al llegar al restaurante no habría encontrado a nadie. Perturbada, ella se levantaría y huiría a su casa con una mala excusa para sus amigas, buscando pasar aquel mal trago.

Al final ella dejó las dos barras de labios sobre el mostrador. Sonrió, sin ningún tipo de carmín en su gesto, a la atenta dependienta y le dijo que lo sentía, pero que prefería seguir teniendo una vida tranquila. Aunque aquella pobre cajera no entendió nada, ella salió de aquel lugar sin que su sonrisa se borrase.

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