La tristeza del payaso

Las lágrimas destrozaron el maquillaje, arruinando la pintura feliz que convertía su rostro en un gran personaje. Lloraba, lloraba con ese sentimiento que siempre surge desde muy hondo y que es de una fuerza incontenible. Las lágrimas son un gesto propio del cuerpo extenuado y dolorido, una salida del tormento.
Cuando, abrumados por la pena, sentimos todo nuestro yo arder, queriendo traspasar las fronteras de nuestro propio cuerpo, presas de ese sentimiento tan angustioso, es entonces cuando dos brechas se abren en nuestros ojos, como si fueran puertas benditas para que surja lo malsano, dejando que expulsemos el dolor en forma de licor destilado, fríamente cristalino, salado como sustancia que jamás dará nada de provecho, algo completamente yermo. Esa es la verdad de las lágrimas. Pero él no pensaba en ello; él lloraba angustiado mientras su voz grave, magnifica, resonaba en su pecho y surgía de su garganta como de una cornucopia de sonidos increíbles. Aquel hombre se llamaba a sí mismo, ordenandose tapar aquel dolor con la risa, del mismo modo que con la harina tiznaba de blancura unos rasgos tan oscuros como los que en aquel momento sentía como suyos.
Y así, prisionero de esa compleja paradoja de la escena, se sentía el hombre tras el actor, el actor tras el comediante y el comediante sobre todos los demás personajes. ¿Quién era más real aquel momento? ¿quién lloraba de los tres hombres que se aunaban en aquel cantante magnifico? Eran los tres a coro, resonando con sus voces distintas a través de un timbre único. Con aquella pasión que sólo la opera parece capaz de hacer sentir a quien sepa apreciarla, así la música embriagaba no solo al actor, inconsolable en sus lagrimas, si no también a un publico atento, adelantado en sus asientos, con los ojos frescos por esas lagrimas que se anuncian ante lo infinitamente bello y trágico, ante lo maravillosamente triste.
Allí, en escena, un hombre con el rostro pintado, un payaso, que debería ser la representación de la felicidad pueril y pura, llora amargamente revelando la quimera de su maquillaje; allí aquella triste figura que no puede controlar su dolor, esforzandose por que acuda la sonrisa, conmina a la risa para que le sirva de escudo ante el dolor y la escena.

Ridi, Pagliaccio, sul tuo amore infranto!
Ridi del duol che t’avelena il cor!

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