Zigzag

-¿Sabes? Tú tienes razón, la vida es muy extraña y dura, si pensamos en ello mucho… eso nos partirá el corazón. No pienses, haz como yo, cruza la vida en zigzag, así es mucho más divertido.
Jaime estalló en carcajadas al oír aquellas palabras. Margot, por su parte, estiró sus labios, brillantes de carmín rojo, y dio una calada más al cigarrillo antes de aplastarlo contra el cenicero.
-¿Tanta gracia te hace? –Continuó ella, cruzando las piernas -. No hay que tomarse todo tan en serio.
-Tu forma de ver la vida es maravillosa –Concedió James pidiendo por señas otra copa para cada uno.
-Por supuesto, soy francesa. Je vois la vie en rose.
-También es muy fantasiosa, Margot. Al final siempre hay más problemas. Seamos serios… el trabajo, la familia, el amor.
Ella negó con aquel gesto que tanto le caracterizaba, moviendo la cabeza con lentitud y los ojos cerrados. Se mantuvo en silencio cuando el camarero recogió los vasos vacíos de sus anteriores consumiciones y los sustituyó por nuevas y apetitosas copas, que Margot recibió con una sonrisa encantadora dejando enseñar los dientes. Mientras, siempre tan practica y seductora en todos sus movimientos, abrió el pequeño bolso, sacó de allí su pitillera y de ella un cigarro que cogió con sus labios. No buscó el mechero, siempre había algún hombre cerca que se ofrecía para darle fuego. En esta ocasión ni siquiera fue necesario la habitual caída de pestañas, el camarero, presuroso, buscó un encendedor con el que Margot pudo encender ese pequeño placer que consumía con vicio. En el proceso en que la llama prendió el tabaco, los ojos verdes de ella se mantuvieron fijos en los del pobre camarero, que se marchó bastante más nervioso de lo que había llegado. Jaime se reía discretamente.
-Eres una femme fatale.
Margot sonrió lacónica, elevando una ceja.
-¿He dicho ya que soy francesa? Deja de afirmar lo obvio, cariño.
-Hablábamos…
-Dela vida, sí –Le interrumpió ella-. Cariño, de verdad me esfuerzo por entender tu obstinación en esos dramas en los que te eternizas, pero soy tu amiga y he de decirte que exageras.
-¿Nunca te puede el peso del mundo?
Ella tomó su amaretto sour, bebiendo un suave trago, relamiéndose con esa discreción y sexualidad que tantos hombres (y también mujeres) atraían hacia ella. Dio una calada al cigarro y exhaló el aire con tranquilidad, recostándose tranquilamente en el asiento y con las piernas aún cruzadas. Cualquiera que no estuviera acostumbrado a su compañía pensaría que era una actriz sobreactuada. Jaime lo soportaba, sabía que ella vivía para esos gestos llenos afectación. Era una mujer que llamaba la atención en todos sus aspectos, por su pelo, ondulado, semioculto bajo un pañuelo ligero, negro; con sus labios siempre pintados de aquel rojo sensual y encendido; sus cigarros siempre a mano; sus vestidos provocativos; y su voz, sensual y cargada de un timbre singular. Todo en ella era destacable, sus gestos no iban a ser menos.
-No –Respondió al fin -.Cariño, yo me esfuerzo por recrearme en el mundo como si estuviera en el sueño de otro, paseando entre aquellas cosas que nadie ama. Haciendo que los problemas dancen como el humo y duren tanto como este antes de desaparecer. Prefiero tomármelo todo como un juego de niños donde a veces hay que saltar más o hacer un bucle en el aire para evitar perder.
Jaime terminó con la mitad de su gin-tonic de una vez, negando repetidamente y suspirando varias veces bajo la atenta mirada verde de Margot, quien dejaba escapar el humo hacia un lado.
-La vie en rose. –pronunció él, amargamente, con su mal acento francés.
-Mais oui. Tu problema, amor mío, es que piensas demasiado. Relájate, disfruta de la vida en vez de analizarla. Ser tan cerebral acabará por quemar esa bonita cabeza tuya.
-Oh Margot, no todos podemos ser como tú.
Ella frunció el ceño, rara vez cometía aquel gesto que le afeaba demasiado, al menos según ella. Negó y le dijo:
-Todos podemos ver la vie en rose… sólo hay que querer hacerlo. Tú parece que lo ves todo negro.
-No soy tan pesimista… Siempre guardo la esperanza de que las cosas mejoren…
-¡Oh! Increíble, la esperanza es un sentimiento triste, Jaime. Significa que el ahora va mal y que esperas que mejore en el futuro, sigue siendo resignación –Ella hizo una pausa, buscando en su imaginación, por fin sonrió, apagando el cigarrillo que apenas se había consumido-. Mira, hagamos una cosa, no pienses. Cierra los ojos –Hizo otra pausa para cerciorarse de que él tenía los ojos cerrados-. Todo está bien, todo va bien, estas aquí y está bien, estás a salvo. Deja de pensar en problemas que ahora no vienen al caso. Abre los ojos. ¿Fácil verdad?
Él abrió los ojos y no pudo reprimir unas carcajadas, acompañado por la propia Margot.
-La vida en zigzag ¿eh? –Dijo finalmente él.
-Oui, la vie en zigzagant. –Tradujo sonriendo ella.

Anuncios

La moda y Madrid

Serrano hoy, 25 de septiembre, “abrirá” sus puertas con un VIP day (Very Important Pedestrian Day) al más puro estilo de las citys de la moda de otros tantos lugares. Tras dos años de reformas, esta calle de tiendas de lujo, por algo se insiste en llamarla la “la milla de oro” sigue con su pretensión de convertirse en un referente de todo el boato en España, acercándose así a otras grandes calles como la fifth avenue de New York, la New Bond Street de London o les Champs Elysées de París. Madrid apenas figura en el mapa de las calles más caras del mundo, de más glamour y estilo, eso es lo que poco a poco se intenta de remediar. ¿Como? Además de esta inauguración, todavía estamos aspirando el perfume de la Cibeles fashion week, y por si fuera poco en este mismo mes hemos disfrutado de la Fashion’s Night Out Madrid, organizada por la revista Vogue. Parece que nuestra capital está a la moda más que nunca, buscando su rincón en esta industria de millones que se fundamenta en el buen gusto.

No nos dejemos marear, uno podrá pasar mañana por la calle Serrano, “estrenando” esa calle, como nos repiten desde unos carteles de color rosa que hay por todo el centro, y sentirse un poco despistado ante lo que parece que será un derroche de glamour, gente bien vestida y ropa cara. ¿Por qué tanta fascinación? Bueno, sin duda todo esto tiene su explicación. Que Madrid pretenda ser localizado como un punto de este mundo no es raro, al fin y al cabo, como ya comentaba arriba, es una industria que mueve millones. La pregunta detrás que quizá sea más difícil de hacer es la siguiente: ¿Por qué mueve millones?

La moda, el mundo de la ropa y complementos agrupa un sin fin de prendas, de vendedores, tiendas, fotógrafos, modelos, diseñadores, escritores, maquetadores, empresarios y mucha más gente que vive de ello, pero viven porque es un negocio que funciona. ¿Por qué funciona? Habitualmente se tendía a decir que era cosa de mujeres para ponerse guapas, algo así como una característica del voluble género femenino. Sin embargo el mundo de los hombres nunca estuvo exento de ciertos patrones de moda, quizá más sobrios, pero siempre hubo algo, nadie puede negar esto. En los últimos años, el cuidado sobre el aspecto se ha generalizado, superando también esa vieja barrera del mundo masculino. Todos buscamos estar guapos, todos recurrimos a la moda en mayor o en menor medida, buscando una imagen que mostrar. Ahí está el quid. La moda se ha convertido en el método contemporáneo de expresión del individuo. Las artes han quedado relegadas a unos pocos con talento o inspiración. Es cierto que sigue habiendo una gran cantidad de personas que escriben, componen música o la interpretan, que bailan, pintan o son actores; sin embargo hay gente a la que nada de eso le atrae o que, con el tiempo, se olvidan de esos “hobbys”.

En cierto sentido, nada descabellado si nos paramos a pensar, la moda se ha convertido en un arte con mayúsculas. Es arte porque el diseñador es un creador que expresa su imaginario dando forma a un objeto que se reflejará, no sólo como el producto de su creatividad, si no también como garante de una serie de conceptos, de cultura, de ideología, de religión, pensamiento e incluso de historia. De otro lado, es también arte porque con ese producto que ha sido diseñado, un individuo cualquiera puede tomarlo y transformarlo, interpretarlo por sí mismo modificándolo o acompañándolo de otros productos, creando así mismo una nueva composición que le servirá como forma de expresión de sí mismo.

Todos los días nos vestimos, decidimos sobre un conjunto de prendas muy diversas que ya de antemano hemos elegido en la tienda para que represente por nosotros esa imagen que queremos dar al mundo. Incluso cuando no elegimos ni compramos, cuando nos limitamos a ponernos ropa heredada o de hace años, aunque vistamos sin ninguna preocupación por lo que llevamos puesto, aún entonces estaremos optando por mostrar esa impresión concreta de dejadez ante los demás.

Lo fantástico de la moda es que permite unas permutaciones infinitas, haciendo posible mostrar tantas obras como nuestra imaginación pueda concebir y nuestra cartera conseguir. La moda nos describe a nosotros mismos según nuestra selección. Lo que llevamos puesto revela bastante sobre la personalidad de cada uno y juzgar a alguien por la “primera impresión” quizá sea precipitado, pero es inevitable y una manera inmejorable de ver cómo se revelan muchas de las características de las personas.
Es un gran negocio que, lejos de ser despreciado como algo menor en lo que no merece la pena fijarse, debería ser considerado con un mayor interés por esos grupos que aún creen no haber sucumbido a la industria de la moda, porque lo han hecho, aun al elegir no decidir.

El VIP day de la calle Serrano es, sencillamente, una exposición de lo más caro que hay en este arte, un recorrido por algunas de las tiendas especializadas en la ropa con más ceros en sus etiquetas, y también un homenaje a la moda, buscando dejar constancia de que es un mundo glamuroso donde están los que más dinero tienen, las personas más importantes del país, que se pasean por una calle de Madrid. Serrano busca que la mimen, ¿lo conseguirá?

último instante

Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac.
Me martillea el sonido del reloj. Es ensordecedor, es terrible. Poco a poco todo se va nublando. ¿Cómo empezó? Ya no lo recuerdo… ¿qué me pasa? ¡oh! Ya sé, ya sé…
Cristina se enfadará y Marcos también, seguro que aporrean mi puerta exasperados… pobres amigos, lo siento.
Creo que debería haber sido conveniente escribir algo para este gran momento… unas últimas líneas gloriosas ¿verdad? Sí, hubiera sido lo más conveniente. No lo he hecho, se me ha caído la pluma… claro, no tengo fuerza en los dedos… ¡Qué colores! Nunca me había fijado en lo maravillosas que son las flores. ¡OH! Me atruenan los oídos ¿qué es eso? Música… es opera, casta diva… ¿quién canta? Caballé o quizás sea otra, no distinto nada. Intento levantarme, pero no.
La mesa. Sí, ahí está el vaso de whisky, vacío, las pastillas al lado, desparramadas, faltan la mayoría. ¿Cuántas tomé? Me han envenenado… Grito… sólo ha sido un gemido ronco. No, no me han envenenado, he sido yo. ¿Por qué Edgar? ¿Por qué te has suicidado?
Qué torpe soy, he tirado el florero… Necesito aire… me duermo, no quiero dormir. ¿Por qué he hecho esto? ¡Espera! Lo recuerdo. Sí, tenía razón. Me tumbaré en la alfombra, me he caído, mis brazos se abren… gimo, me duele el pecho. Ya no puedo moverme, la luz se terminó, la música tiembla sobre mi casi cadáver, pero yo no puedo escucharla. Ya casi no hay dolor… me cuesta pensar con claridad… Mañana los periódicos dirán que Edgar Barceló, el gran pintor, ha aparecido muerto, se ha suicidado en su casa porque le han abandonado… otra vez… otro amor que no funcionó… ¿cuántos son ya? Demasiados, muchas sombras que han pasado por mi vida sin querer quedarse… Soy un ogro que espanta a todo el mundo… ¡qué estúpido soy matándome! Pero ya no habrá dolor, no habrá nada, será estúpido… pero indoloro…

tic tac, tic tac, tic tac, tic tac.
¡ah! Eres tú… te reconozco…
sí… vámomos.
tic tac, tic tac, tic tac, tic tac.

La decadencia de la mentira


Titulo original: The Decay of Lying
Autor: Oscar Wilde
Editorial: Siruela
Traducción: Maria Luisa Balseiro

De nuevo la dualidad cromática y enfrentada de las portadas de La biblioteca de ensayo (serie menor) que la editorial Siruela nos tiene acostumbrado a ver, nos llama la atención sobre uno de sus pequeños libros. En esta ocasión la portada naranja y púrpura nos presenta La Decadencia de la mentira.

Que Oscar Wilde era un genio nadie puede dudarlo, su reedición del fausto en la piel de Dorian Gray fue el culmen de una carrera espléndida. Como escritor era inimaginablemente bueno, si como pensador era soberbio. Este breve ensayo, que el mismo subtitula “Una observación” es una magnifica ocasión de conocer al Wilde más critico y directo. Estamos ante un escrito de estética bellamente elaborado que uno lee con una sonrisa en la boca de pura satisfacción. Wilde nos elabora aquí la decadencia de la mentira, que ve como sintomático de la propia decadencia de la sociedad de su tiempo, de la sociedad moderna podríamos decir, ya que leyendo uno puede encuadrar esa Inglaterra que él nos describe con nuestra época actual. El arte es aquí el gran problema, de cómo se trata el arte, de cómo se busca y se alaba las actitudes más realistas sin entender las nuevas “modas” y las nuevas concepciones de un arte que estaba mutando. Hay que recordar que Wilde vive en el siglo XIX, periodo en el que nace el impresionismo, el movimiento artístico que rompe definitivamente con la representación de lo real. Wilde defiende la nueva concepción, y alaba la creación artística defendiendo su importancia a la vida, incluso nos llega a defender que no es el arte quien bebe la vida sino todo lo contrario, es la vida la que se inspira en el arte. Semejante dictamen es algo enrevesado y podríamos decir que no es cierto pero una vez leemos el texto las palabras de Wilde tienen completo sentido.
Cerrando esta reseña, aprovecharemos lo que Borges un día dijo y cuya frase está incluida en las solapas del ensayo: “Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que unos panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde casi siempre tiene razón

Nota de la biblioteca: 9, un ensayo indispensable para aquellos que aprecian la estética.

Ultratumba

¿Qué tienen los muertos que tanto nos inquieta? Una vez esas personas con las que hablábamos ya han fallecido, una vez que sus cuerpos dejan de tener color y pierden todo su calor, cuando ya no son nada, aún entonces nos hemos inventado un infinito repertorio de ofrendarles. Cogemos esos cuerpos fríos, los encerramos en cajas de maderas nobles, repujadas con algún material caro y les enterramos bajo tierra, colocando mármoles en su superficie y símbolos que poco dicen o no dicen nada.
Los embalsamamos sin piedad por los gusanos a quienes negamos el sustento. Los cremamos en un intento de volver nada lo que una vez fue mucho y es nada, cenizas que se lleve el viento.
¡Ah los muertos que no dejamos descansar en paz! Porque somos débiles y cedemos a unos sentimientos que una vez fueron lazos y que hoy ya son sólo cuerdas rotas, desatadas sin remedio, pero que nos negamos a soltar de nuestro lado.
Quizá esos muertos, esas personas que una vez amamos, nos hagan soñar con nosotros mismos en un futuro incierto; quizá nos susurrarán en las noches tormentosas, erizando el vello de nuestras nucas y cada día que nos miremos atentamente al espejo veremos las huellas que dejen sus recuerdos. Les escucharemos entonces musitar nuestra mortalidad, seremos conscientes de nuestro marchitar. Las diatribas que ellos, mudamente nos confíen desde más allá de los límites de lo conocido, allende las aguas de lo imaginario, de lo creído, nos transmutarán la faz en las terribles noches en que vague nuestro pensamiento por ese tártaro, abismo terrible. El catecismo que nos revelen llega de allí donde nació la fe, donde está clavada esa razón que se nos escapa a los mortales. ¿Qué forma tendrá? ¿Será mínimamente sensible? Quizá tenga color, quizá sea una cruz de madera infinita que exude sangre redentora o una luna sempiterna y brillante o nada o luz o nada… ¿Será la nada?
Los muertos pocas veces alcanzan a tener, de nuevo, visibilidad en el mundo, pero cuando lo hacen su recuerdo nos llena, como el mar que de cuando en cuando vemos y que nos asombra por su magnitud.
¿Qué tienen los muertos que tanto nos inquieta? Nada, esa es la respuesta. La turbación de la que somos presa sólo se debe al verlos tendidos, fríos, incapaces ya del más mínimo gesto tonto, el verlos desposeídos de la propia vida, inmóviles como muñecos rotos, demasiado cosificados para ser ya considerados como personas; definitivamente no son nada, un objeto. Nuestro miedo es la terrible e inmutable verdad de que todos terminaremos siendo cosas.

Extraordinariamente común

Hay algo extraño en un día corriente, en una mañana corriente mejor dicho. Busquemos un día cualquiera, un Jueves, por poner un ejemplo. Sobre las siete de la mañana las calles van despertando lentamente y en las horas siguientes el sol se alzará, perezoso y la luz inundará todo, dejando el mundo real sometido a su claridad. Pero sigamos un poco más y lleguemos hasta una hora más prudente: pongamos que son ya las diez de la mañana, nos hemos levantado, hemos desayunado y nos hemos duchado y vestido. Luego, tras suspirar y coger coraje o bien rápidamente y sin pensar en lo que hacemos, salimos de nuestra casa o del lugar que fuera donde hemos pernoctado. Nos encaminamos en un paseo corto, pero esta vez debemos fijarnos en los detalles. Estamos ociosos y no tenemos casi nada que hacer, así que lo primero de lo que nos damos cuenta es de la luz. Es una luz brillante, intensa, de un día de otoño temprano, muy pura, casi con color, amarilla, naranja a veces pero con rayos irisados azules o verdes allá donde están los árboles, o rojos cuando pasa ese coche. Así nos damos cuenta de que esos colores están más vivos hoy.
Continuamos en nuestro paseo y tomamos un bus que nos lleve a una distancia más o menos grande, quizás un trayecto por la castellana en Madrid sea perfecto, o por la gran vía de les corts catalanes en Barcelona. ¿Qué vemos? Podríamos no fijarnos si tuviéramos que acudir a algún lugar en concreto, si tuviéramos prisa, si estuviésemos pendientes del ritmo del latir de nuestro reloj. No es necesario estarlo, no tenemos por qué mirar la esfera terrible de ese parásito que llevamos atado a nuestra muñeca y al que pertenecemos aunque creamos lo contrario. Esclavista y esclavo no parecen ser ya quienes deberían. Pero no, no es tiempo de tales observaciones, no hoy que somos libres, que vamos en bus sin un lugar muy concreto al que llegar, sin una hora fija e inamovible que cuelgue sobre nosotros como una suerte de espada de Damocles.
Pagamos el billete, nos sentamos junto a la ventana y observamos las calles, observamos el discurrir del trafico, que a estas horas ya fluye con facilidad. No entran demasiadas personas en todo el recorrido, no hemos de sentirnos presionados por una gran masa de humanidad, así todo es fácil. Mientras el vehículo avanza en su ruta prefijada nosotros vemos en la calle a cientos de personas que vamos dejando atrás, todas ocupadas, todas con algo importante que hacer, con el tiempo justo para desayunar un bollo mientras hablan por teléfono, caminando con rapidez hacia un bloque de oficinas. Se mueven, han de trabajar, van a estudiar o al cole. Algunas mujeres van de compras vestidas para dejarse mimar mientras esperan que le traigan una prenda de talla menor a la que en un principio ellas había, escogido; o traen bolsas de supermercado, enormes, que cargan con esfuerzo. El mundo se mueve, el progreso poco a poco se va produciendo en esas fabricas que son ahora las oficinas, las enormes torres llenas de cubículos, de mesas y de otros objetos, personas, que forman parte, a esta hora, del mundo del negocio. El país progresa o se hunde en función de todos ellos y podríamos preguntarnos qué ocurriría si todas esas personas, esos afanados trabajadores encorbatados dejasen de trabajar a un mismo tiempo, si dejasen de hacer lo que hacen sin concesiones ni piedad al país o a sus jefes o clientes. ¿Se detendría el progreso? ¿Se tendría la crisis o la recesión? ¿Nos perpetuaríamos en un estado neutral en que, si quisiéramos, podríamos ser felices en la inactividad? Pero no podemos preguntarnos esto, no podemos porque las cuestiones no tienen respuesta, es una hipótesis demasiado exagerada y nos debemos de reprender por ello.
Llegamos a nuestro destino, los minutos han pasado casi demasiado rápido, o no han pasado, quizás solo ha transcurrido el tiempo imaginariamente para nosotros. No nos hemos dado cuenta de nada y ese vil enemigo aprieta en nuestra muñeca y se hace pesado, reclamando una atención que no le daremos. Nos bajamos del autobús y respiramos ese aire de ciudad que vive y se mueve, que trabaja. Podemos buscar un buen punto, un banco o un lugar algo apartado para sentarnos y comprender desde allí, oteando, lo que ocurre en esta ciudad; para observar a todos esos trabajadores que van de un lugar a otro, a esas personas que van a hacer la compra, a los pocos niños que no están en el colegio por ser demasiado pequeños para ir todavía, con sus madres metiéndoles prisa o dedicándoles mimos tiernos. También nos daremos cuenta de los viejos, aunque esta palabra haya pasado a ser casi considerada un insulto, las personas mayores, los ancianos, que se han convertido en otros observadores ajenos al mundo, al igual que nosotros, y que observan las distintas personas ir de aquí para allá sin detenerse, sin fijarse en nada, como alguna vez ellos mismos hicieron, hace años. Quizá estos abuelos caminaron cuando eran jóvenes por aquella precisa calle, sin darse cuenta de donde pisaban o cerca de quien pasaban. Ahora son como figuras pensantes que realmente discurren poco, que sólo observan, cascarones entretenidos en dejar pasar un tiempo que para ellos discurre lastimero, como minutos enfermos que avanzan costosamente.
Ahora, en este momento, aquí, en mitad de la ciudad, el mundo gira, es un mundo lleno de movimiento, de acción, de palabras, de hechos. Gira alrededor nuestro, pues somos un eje clavado en el mundo, un punto quieto ahora que todo está tan ocupado, afanado con seguir, con no detenerse. Aquí, en medio de lo más común, de lo diario, de lo inmutable de todos los días, hay algo extraño que nos asombra, una artificialidad o magia en este rito que todos cometemos cada día cuando nos levantamos, abrimos la puerta y salimos a un mundo en el que nada nos parecerá extraño ¿será porque no nos fijamos?

Nocturno Nº1

Pasaron las horas y él las vio todas en el reloj de pared que había colgado en su habitación. De cuando en cuando, por un impulso incomprensible, miraba su propio reloj de bolsillo, quizá con la duda sobre si el tiempo transcurría tan realmente como lo hacía sobre el reloj de pared. Nunca encontró la menor discordia entre ambos aparatos.
Esperaba, lo hacía apenas sentado en la cama, con el traje puesto, ya sin chaqueta, pero todavía con el chaleco tirante sobre su espalda y los botones de la camisa bien abrochados. Tenía los ojos rojos, como les ocurre a las personas que se pasan demasiado tiempo desvelados, sin apenas cerrarlos, dejando que el aire se los seque. La superficie vítrea de aquellos globos se volvía, minuto a minuto, cada vez más espesa, como si una niebla los cubriese, o como si se estuviera volviendo ciego a lo largo de la noche.
No durmió, llegó el alba y nadie acudió a su encuentro, él se mantuvo allí, callado, en silencio. Hubo un momento en que dejó de mirar su reloj de bolsillo, poco después tampoco se fijaba ya en el de pared. El tiempo quedó relegado a lo más subjetivo y sus ojos impenetrables dejaron de tener esperanza, aunque se mantuvieron bien alerta, espiando la luz que se dejaba deslizar por la ventana.
Con la mañana, con el día, llegaron los ruidos vecinos, pero ninguno familiar. Suspiró por primera vez en toda la noche y luego se acostó, cerrando los ojos, vestido de calle, con los zapatos todavía puestos. La expectación que había sentido, la ira en que se convirtió, la tristeza que terminó por destilar su mente; ahora todo se había conjuntado para crear un coctel que le oprimía, que le ahogaba. Se sintió solo, desalentadoramente solo, incomprendido, despreciado. Lo peor era que le dolía, no el hecho de que quien esperaba no hubiera llegado, si no que le había prometido que sí lo haría, lo había hecho con una sonrisa clara, de esas que nos hacen fijarnos en la belleza del gesto.
De repente, como accionado por algún malvado resorte, la quietud que su cuerpo había ostentado toda la noche se rompió. Se levantó, nerviosamente, quitándose al tiempo el chaleco, arrancándolo con tal violencia que algunos botones se rompieron. Luego se quitó la camisa como si esta fuera una prenda para dementes, los zapatos los tiró contra el suelo, los calcetines desaparecieron bajo la cama y los pantalones dejaron de cubrir las piernas. Se quitó, por último, la única prenda que le cubría y quedó así totalmente desnudo, expuesto y a la vez limpio de cualquier efecto exterior que el mundo pudiera tener sobre él.
Se sintió libre y corrió hacia el baño donde se lavó la cara con agua fría. Quería sentir y sintió, luego volvió a la cama tranquilamente, respirando profundamente. Se metió entre las sábanas y cerró los ojos.