Nocturno Nº1

Pasaron las horas y él las vio todas en el reloj de pared que había colgado en su habitación. De cuando en cuando, por un impulso incomprensible, miraba su propio reloj de bolsillo, quizá con la duda sobre si el tiempo transcurría tan realmente como lo hacía sobre el reloj de pared. Nunca encontró la menor discordia entre ambos aparatos.
Esperaba, lo hacía apenas sentado en la cama, con el traje puesto, ya sin chaqueta, pero todavía con el chaleco tirante sobre su espalda y los botones de la camisa bien abrochados. Tenía los ojos rojos, como les ocurre a las personas que se pasan demasiado tiempo desvelados, sin apenas cerrarlos, dejando que el aire se los seque. La superficie vítrea de aquellos globos se volvía, minuto a minuto, cada vez más espesa, como si una niebla los cubriese, o como si se estuviera volviendo ciego a lo largo de la noche.
No durmió, llegó el alba y nadie acudió a su encuentro, él se mantuvo allí, callado, en silencio. Hubo un momento en que dejó de mirar su reloj de bolsillo, poco después tampoco se fijaba ya en el de pared. El tiempo quedó relegado a lo más subjetivo y sus ojos impenetrables dejaron de tener esperanza, aunque se mantuvieron bien alerta, espiando la luz que se dejaba deslizar por la ventana.
Con la mañana, con el día, llegaron los ruidos vecinos, pero ninguno familiar. Suspiró por primera vez en toda la noche y luego se acostó, cerrando los ojos, vestido de calle, con los zapatos todavía puestos. La expectación que había sentido, la ira en que se convirtió, la tristeza que terminó por destilar su mente; ahora todo se había conjuntado para crear un coctel que le oprimía, que le ahogaba. Se sintió solo, desalentadoramente solo, incomprendido, despreciado. Lo peor era que le dolía, no el hecho de que quien esperaba no hubiera llegado, si no que le había prometido que sí lo haría, lo había hecho con una sonrisa clara, de esas que nos hacen fijarnos en la belleza del gesto.
De repente, como accionado por algún malvado resorte, la quietud que su cuerpo había ostentado toda la noche se rompió. Se levantó, nerviosamente, quitándose al tiempo el chaleco, arrancándolo con tal violencia que algunos botones se rompieron. Luego se quitó la camisa como si esta fuera una prenda para dementes, los zapatos los tiró contra el suelo, los calcetines desaparecieron bajo la cama y los pantalones dejaron de cubrir las piernas. Se quitó, por último, la única prenda que le cubría y quedó así totalmente desnudo, expuesto y a la vez limpio de cualquier efecto exterior que el mundo pudiera tener sobre él.
Se sintió libre y corrió hacia el baño donde se lavó la cara con agua fría. Quería sentir y sintió, luego volvió a la cama tranquilamente, respirando profundamente. Se metió entre las sábanas y cerró los ojos.

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Un comentario en “Nocturno Nº1

  1. ALEX dijo:

    Y había que esperar al alba para darse cuenta de la soledad.? Que larga que se puede hacer muchas veces la noche, que tantas veces es corta y plausible.

    Un beso cielo

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