Extraordinariamente común

Hay algo extraño en un día corriente, en una mañana corriente mejor dicho. Busquemos un día cualquiera, un Jueves, por poner un ejemplo. Sobre las siete de la mañana las calles van despertando lentamente y en las horas siguientes el sol se alzará, perezoso y la luz inundará todo, dejando el mundo real sometido a su claridad. Pero sigamos un poco más y lleguemos hasta una hora más prudente: pongamos que son ya las diez de la mañana, nos hemos levantado, hemos desayunado y nos hemos duchado y vestido. Luego, tras suspirar y coger coraje o bien rápidamente y sin pensar en lo que hacemos, salimos de nuestra casa o del lugar que fuera donde hemos pernoctado. Nos encaminamos en un paseo corto, pero esta vez debemos fijarnos en los detalles. Estamos ociosos y no tenemos casi nada que hacer, así que lo primero de lo que nos damos cuenta es de la luz. Es una luz brillante, intensa, de un día de otoño temprano, muy pura, casi con color, amarilla, naranja a veces pero con rayos irisados azules o verdes allá donde están los árboles, o rojos cuando pasa ese coche. Así nos damos cuenta de que esos colores están más vivos hoy.
Continuamos en nuestro paseo y tomamos un bus que nos lleve a una distancia más o menos grande, quizás un trayecto por la castellana en Madrid sea perfecto, o por la gran vía de les corts catalanes en Barcelona. ¿Qué vemos? Podríamos no fijarnos si tuviéramos que acudir a algún lugar en concreto, si tuviéramos prisa, si estuviésemos pendientes del ritmo del latir de nuestro reloj. No es necesario estarlo, no tenemos por qué mirar la esfera terrible de ese parásito que llevamos atado a nuestra muñeca y al que pertenecemos aunque creamos lo contrario. Esclavista y esclavo no parecen ser ya quienes deberían. Pero no, no es tiempo de tales observaciones, no hoy que somos libres, que vamos en bus sin un lugar muy concreto al que llegar, sin una hora fija e inamovible que cuelgue sobre nosotros como una suerte de espada de Damocles.
Pagamos el billete, nos sentamos junto a la ventana y observamos las calles, observamos el discurrir del trafico, que a estas horas ya fluye con facilidad. No entran demasiadas personas en todo el recorrido, no hemos de sentirnos presionados por una gran masa de humanidad, así todo es fácil. Mientras el vehículo avanza en su ruta prefijada nosotros vemos en la calle a cientos de personas que vamos dejando atrás, todas ocupadas, todas con algo importante que hacer, con el tiempo justo para desayunar un bollo mientras hablan por teléfono, caminando con rapidez hacia un bloque de oficinas. Se mueven, han de trabajar, van a estudiar o al cole. Algunas mujeres van de compras vestidas para dejarse mimar mientras esperan que le traigan una prenda de talla menor a la que en un principio ellas había, escogido; o traen bolsas de supermercado, enormes, que cargan con esfuerzo. El mundo se mueve, el progreso poco a poco se va produciendo en esas fabricas que son ahora las oficinas, las enormes torres llenas de cubículos, de mesas y de otros objetos, personas, que forman parte, a esta hora, del mundo del negocio. El país progresa o se hunde en función de todos ellos y podríamos preguntarnos qué ocurriría si todas esas personas, esos afanados trabajadores encorbatados dejasen de trabajar a un mismo tiempo, si dejasen de hacer lo que hacen sin concesiones ni piedad al país o a sus jefes o clientes. ¿Se detendría el progreso? ¿Se tendría la crisis o la recesión? ¿Nos perpetuaríamos en un estado neutral en que, si quisiéramos, podríamos ser felices en la inactividad? Pero no podemos preguntarnos esto, no podemos porque las cuestiones no tienen respuesta, es una hipótesis demasiado exagerada y nos debemos de reprender por ello.
Llegamos a nuestro destino, los minutos han pasado casi demasiado rápido, o no han pasado, quizás solo ha transcurrido el tiempo imaginariamente para nosotros. No nos hemos dado cuenta de nada y ese vil enemigo aprieta en nuestra muñeca y se hace pesado, reclamando una atención que no le daremos. Nos bajamos del autobús y respiramos ese aire de ciudad que vive y se mueve, que trabaja. Podemos buscar un buen punto, un banco o un lugar algo apartado para sentarnos y comprender desde allí, oteando, lo que ocurre en esta ciudad; para observar a todos esos trabajadores que van de un lugar a otro, a esas personas que van a hacer la compra, a los pocos niños que no están en el colegio por ser demasiado pequeños para ir todavía, con sus madres metiéndoles prisa o dedicándoles mimos tiernos. También nos daremos cuenta de los viejos, aunque esta palabra haya pasado a ser casi considerada un insulto, las personas mayores, los ancianos, que se han convertido en otros observadores ajenos al mundo, al igual que nosotros, y que observan las distintas personas ir de aquí para allá sin detenerse, sin fijarse en nada, como alguna vez ellos mismos hicieron, hace años. Quizá estos abuelos caminaron cuando eran jóvenes por aquella precisa calle, sin darse cuenta de donde pisaban o cerca de quien pasaban. Ahora son como figuras pensantes que realmente discurren poco, que sólo observan, cascarones entretenidos en dejar pasar un tiempo que para ellos discurre lastimero, como minutos enfermos que avanzan costosamente.
Ahora, en este momento, aquí, en mitad de la ciudad, el mundo gira, es un mundo lleno de movimiento, de acción, de palabras, de hechos. Gira alrededor nuestro, pues somos un eje clavado en el mundo, un punto quieto ahora que todo está tan ocupado, afanado con seguir, con no detenerse. Aquí, en medio de lo más común, de lo diario, de lo inmutable de todos los días, hay algo extraño que nos asombra, una artificialidad o magia en este rito que todos cometemos cada día cuando nos levantamos, abrimos la puerta y salimos a un mundo en el que nada nos parecerá extraño ¿será porque no nos fijamos?

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Un comentario en “Extraordinariamente común

  1. Simplemente genial. Una reflexión muy especial sobre un día corriente que podría vivir cualquier persona. Mucha gente se sentirá identificada con el texto. Lo que más me ha soprendido es que además de estar muy bien escrito, cuentas las cosas con tantos detalles que te lo imaginas tan bien que parece que al leerlo te inmerses en la situación. Es verdad que cuando pasan los días muchas veces no somos conscientes de todos esos detalles que mencionas en el texto. Quizás los pasamos por alto porque estamos tan introducidos ne un sistema de en una sociedad manipuladora y consumista que no somos capaces de valorar el verdadero valor de la vida.

    Sigue escribiendo así de bien, da gusto leerte. Con esfuerzo y dedicación todos podemos conseguir nuestros sueños. Si tu sueño es ser escritor, por muy difícil que sea, síguelo, y algún día llegará tu momento. No pierdas nunca la esperanza 😉

    Un abrazo!!!
    Fernando

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