Ultratumba

¿Qué tienen los muertos que tanto nos inquieta? Una vez esas personas con las que hablábamos ya han fallecido, una vez que sus cuerpos dejan de tener color y pierden todo su calor, cuando ya no son nada, aún entonces nos hemos inventado un infinito repertorio de ofrendarles. Cogemos esos cuerpos fríos, los encerramos en cajas de maderas nobles, repujadas con algún material caro y les enterramos bajo tierra, colocando mármoles en su superficie y símbolos que poco dicen o no dicen nada.
Los embalsamamos sin piedad por los gusanos a quienes negamos el sustento. Los cremamos en un intento de volver nada lo que una vez fue mucho y es nada, cenizas que se lleve el viento.
¡Ah los muertos que no dejamos descansar en paz! Porque somos débiles y cedemos a unos sentimientos que una vez fueron lazos y que hoy ya son sólo cuerdas rotas, desatadas sin remedio, pero que nos negamos a soltar de nuestro lado.
Quizá esos muertos, esas personas que una vez amamos, nos hagan soñar con nosotros mismos en un futuro incierto; quizá nos susurrarán en las noches tormentosas, erizando el vello de nuestras nucas y cada día que nos miremos atentamente al espejo veremos las huellas que dejen sus recuerdos. Les escucharemos entonces musitar nuestra mortalidad, seremos conscientes de nuestro marchitar. Las diatribas que ellos, mudamente nos confíen desde más allá de los límites de lo conocido, allende las aguas de lo imaginario, de lo creído, nos transmutarán la faz en las terribles noches en que vague nuestro pensamiento por ese tártaro, abismo terrible. El catecismo que nos revelen llega de allí donde nació la fe, donde está clavada esa razón que se nos escapa a los mortales. ¿Qué forma tendrá? ¿Será mínimamente sensible? Quizá tenga color, quizá sea una cruz de madera infinita que exude sangre redentora o una luna sempiterna y brillante o nada o luz o nada… ¿Será la nada?
Los muertos pocas veces alcanzan a tener, de nuevo, visibilidad en el mundo, pero cuando lo hacen su recuerdo nos llena, como el mar que de cuando en cuando vemos y que nos asombra por su magnitud.
¿Qué tienen los muertos que tanto nos inquieta? Nada, esa es la respuesta. La turbación de la que somos presa sólo se debe al verlos tendidos, fríos, incapaces ya del más mínimo gesto tonto, el verlos desposeídos de la propia vida, inmóviles como muñecos rotos, demasiado cosificados para ser ya considerados como personas; definitivamente no son nada, un objeto. Nuestro miedo es la terrible e inmutable verdad de que todos terminaremos siendo cosas.

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