La venganza de Cronos

-Imaginaos- comenzó el abuelo- un reino muy muy lejano. En aquel reino había pocos valles verdes ya que el agua era un bien escaso, el país era árido como lo es Persia o las regiones mongoles. Quizás, pensandolo bien, el país de esta historia pueda encontrarse en aquellos lugares… No importa, el hecho es que un día de verano, cuando el calor era sofocante y la mayoría de los ciudadanos se escondían bajo sombras bebiendo té frío, algunos nos alejamos de la ciudad, buscando el río cercano para sentarnos allí, hundiendo los pies en el agua fría.

» Todo comenzó de repente: un viento enorme azotó la montaña, como si fuera la lengua de un titán lamiendo la tierra. El polvo se amontonó, la arena se elevó y toda aquella materia insignificante se hizo una superficie casi compacta y alcanzó las nubes. Se creó una ola inmensa, una sombra oscura compuesta propiamente por algún tipo de materia abismal que se elevó y se elevó… ¿Podréis creerlo? Llegó hasta el mismo sol y lo abrazó por todos sus lados. Era media mañana y aquel efecto fue claro para todos los que estábamos en aquel momento allí, en Avarga. Sólo yo, junto con los pocos que me habían acompañado al río, fui el visionario del verdadero tamaño del sol. Incluso pude calcular las millas de su cintura. ¡Tan cierto como que Dios existe! Aquel manto de suciedad y tinieblas cubrió el sol, permitíendonos verlo suspendido en la nada, rodeado por oscuridad, acosado, incluso temeroso de aquella ola inmensa que él, con toda su prepotencia, había visto alzarse desde la tierra. De haber sido humano el astro rey habría huido llorando de miedo. Estábamos allí y el sol era como una canica, una pequeña pelota de esas con las que los niños juegan. No era nada más que un orbe de juguete al capricho de los extraños elementos conjurados contra él.

» Tuve miedo, lo confieso. ¿Pero quién no hubiera tenido miedo en aquel momento? He escuchado historias, algunos vieron en aquel momento un símbolo de la guerra de los dioses: la venganza de Cronos. Sí, así lo llamaron muchos. Dicen que aquella sombra era la imprecisa figura del Titán, alzandose contra aquello que sus hijos más apreciaban, el mundo. Tiene sentido, yo lo creo así. No habría nada mejor para vengarse de la traición que destruir el pueblo de los dioses ¿no creéis? Y la joya de la corona de este universo es el sol, por supuesto, un diamante siempre fundido, siempre ardiente, que dota de vida la tierra y el mar sobre los que se asoma.

» Como supondréis aquello no quedó sólo en una ola elevandose, no. El titan, o lo que diablos fuera aquello, se comió el sol. Lo engulló totalmente, provocando una oscuridad inmediata que nos pilló tan por sorpresa que creímos haber muerto instantáneamente. No ocurrió así, claro que no, nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad y pudimos apreciar aún allí arriba el sol, resistiendo como una pálida sombra entre la escoria que se revolvía en el cielo. ¡Dios mío! ¿Podéis imaginaroslo? Luego cayó sobre nosotros el mayor vendaval que recuerdo haber sufrido, arrastrando piedras y arena que, de tal fuerza, arrancó los arboles, demolió torres y se ensañó la muralla de Avarga dejandola como si estuviera picada de viruela. Nosotros corrimos a refugiarnos tras los muros, algunos murieron, yo recibí muchos golpes pero conseguí llegar. Aquello duró una hora entera, fue una maldita batalla os digo. ¿Quién ganó? No lo sé, no puedo adivinarlo, al fin y al cabo soy un hombre. ¡Preguntadle a los clérigos! Si es que encontrais alguno ya, claro. El caso es que todo pasó, que la oscuridad terminó, que la batalla de Avarga, la tormenta de Avarga, se acabó y el sol volvió a aparecer brillante allí arriba donde todavía permanece. Sin embargo, juro que desde aquel día brilla menos, como si estuviera cansado del esfuerzo, como si hubiera sido herido. Tuve un amigo, no recuerdo su nombre, que cuando todo pasó me dijo que el sol se desangraba, que cada día iría perdiendo su calor hasta quedar reducido a una piedra tan fría como la luna. Cronos, aunque derrotado, había conseguido su venganza hiriendo de muerte al astro.

» No sé que pasará en el futuro, si el sol brillará por siempre o si llegará un día en que se apague. ¿Qué importa? Yo no viviré para verlo, pero escuchadme bien. Os he contado esto, hijos míos, porque ayer en sueños Ahrimán se me apareció. Su difusa figura me reveló que en Ecbatana, dentro de tres días, se elevará una ola “como jamás hubo otra en el mundo. Todo se extinguirá y sólo restará una tierra en blanco donde las nuevas formas se dibujen

Los textos de Drein

Texto extraído del ciclo de conferencias “Ter-Ekniman IV: Age of glory” Impartido el 4 de Diciembre de 2010 en la Mercury light University por el catedrático en historia fantástica, el doctor B. R.

Sobre la exégesis que los estudiosos han ido creando acerca de la literatura del reinado de Ter Ekniman IV solo podemos decir una única cosa: es magnífica. Este juicio de valor se sustenta en la exagerada variedad y cantidad de documentación de la que disponemos. Jamás una cultura de la antigüedad, ni siquiera la que tratamos, ha tenido una producción tan ingente de textos salvo en este periodo concreto y en esta sociedad.

El periodo de reinado de Ter Ekniman IV fue esplendoroso para las artes, y en todos los sentidos. La economía, basada en un comercio prospero con los reinos sureños, junto con la indiscutible generosidad minera de sus entrañas, favorecieron el florecimiento de una nobleza que, colmada de excedentes, pudo terminar por gastar grandes sumas en bellos tratados genealógicos en papiro, en exquisitas copias del Liber mortis, en grandes palacios etcétera.

La exégesis que se ha llevado a cabo sobre un periodo tan fértil en las artes es, por tanto, digna de admiración. De admiración sí, pero por lo mal que ha sido realizada, casi podríamos decir que su apreciación se debe a lo odiosa que es. Por poner un ejemplo, ¿Qué diría el sumo sacerdote de Ân’un-Ei si escuchase lo que el catedrático experto en la dinastía Ter, Alfred Dougman, dice de él? En las páginas de su manual “Religions of Drein” tacha a todo el clero de rituales pederásticos llenos de brutalidad. Sin embargo, dichos actos sexuales eran únicamente con vistas a la aceptación dentro del sacerdocio en una religión que, en términos vagos, podríamos fundamentar en el culto a la fertilidad. Era un requisito indispensable que después de la formación cultural del novicio, este tuviera contacto carnal con un clérigo consagrado (de distinto sexo) para así contribuir a honrar la deidad de la mejor manera posible. Es cierto que semejantes encuentros solían ocurrir siendo el novicio menor, pero no obstante tenían la edad suficiente para ser fértiles. Aquellas mujeres que se quedaban embarazadas de esta forma, eran elevadas al rango de sacerdotisas mayores y, si sobrevivían al parto, gozaban de un estatus social predominante sobre el resto del estamento eclesiástico. Estas prácticas, que a nosotros nos pueden parecer extrañas, eran muy normales en la época. Por eso toda la idea que se ha creado alrededor y todos los gruesos opúsculos que se han escrito bajo el imaginario de que Ter Ekniman IV fue un rey perverso que animaba a sus clérigos a cometer actos sexuales brutales con niños es radicalmente falso. Es evidente que a la monarquía le interesaba que la religión prosiguiera con tales prácticas, ya que eran esos hijos los mismos que se educaban, bajo supervisión del estado, para luego conformar el ejército que utilizaría el rey en sus conocidas campañas bélicas en la expansión por oriente, campañas que tuvieron el desastroso final bien conocido.

El fin de este reinado también está lleno de errores por parte de la lectura e interpretación que muchos estudiosos han hecho hasta la fecha. Se tiende a asociar la decadencia de la sociedad a las prácticas aberrantes de los clérigos, a la actitud perversa de su rey y al desarrollo, casi como método de salvación, de la religión egipcia dentro de la sociedad. La realidad es bien distinta. A mediados del segundo milenio A.C. se produjo una fuerte crisis económica producida por una sequía que asoló con la agricultura y con más de la mitad de la producción ganadera. Ello, junto con el coste de las guerras en oriente, tanto de vidas como a nivel crematístico, fue demasiado para el estado. Ter-Ekniman, que es apodado “El terco”, se negó a abandonar los frentes, de tal modo que el reino se arruinó y el pueblo hambriento se sublevó. Primero lo hizo contra el clero, que acumulaban muchas de las tierras de cultivo y almacenaban alimento para sustentar a su exageradamente numerosa casta sacerdotal; después el pueblo se sublevó contra la monarquía y la guerra civil que se produjo fue muy cruenta. Con ochenta años, el rey se vio en la tesitura de tener a su pueblo contras las puertas de palacio. En aquel momento, viéndose rendido, arruinado, demasiado viejo como para aguantar el golpe y con una herencia compuesta por un puñado de tierra seca y cenizas, cometió su dramático suicidio arrojándose sobre la muchedumbre que destrozó su cuerpo de tanta ira como habían acumulado contra él. Aunque aquel gesto estuvo motivado, como sabemos por una carta que dictó a su escriba para la primera esposa, por la esperanza de que al cebarse con él perdonasen a su familia, esto no fue así. Sus seis hijos y sus diez hijas fueron pasados a cuchillo y sus cinco mujeres terminaron en el harén público.

Concluimos esta breve exposición sobre el reinado de Ter-Ekniman IV invitando al lector a realizar una relectura de los textos propios de este periodo tan rico en documentación original, abandonando a un lado los prejuicios que la exégesis histórica de esta fascinante cultura ha arrastrado inmerecidamente durante tantos años.

Lo único que es digno de lamento en esta cuestión es que todo lo escrito pertenezca a una quimera y el reino de Drein y la existencia de Ter-Ekniman IV sólo pueda considerarse real dentro de los reinos imaginados. Aún así invito, como experto en esta cultura, a que el lector investigue por su cuenta. Entiendan la broma, pues todo el mundo puede reproducir y comentar los textos perdidos de Drein.

Ik-Elgamar (II)

La oración que elevó se cortó en sus labios. Jamás la logró terminar, el golpe sordo de las puertas al cerrarse tras él le sorprendió, ya que al mismo tiempo la luz que antes le cegaba se apagó. Se puso alerta, su cuerpo se tensó, las aletas de su nariz se inflaron, entrecerró los ojos escudriñando en la oscuridad y sacó su espada.
No ocurrió nada, pasados unos pocos minutos percibió una tenue luz al fondo de la sala. Avanzó a tientas, despacio, con cautela y esperando una trampa o una emboscada, pero sus pasos se limitaron a resonar en el piso de piedra. Cruzó una abertura en el muro y, sin pretenderlo, quedó embobado observando, con la boca semiabierta, más allá de la grieta donde se revelaba una gran sala hipóstila con incontables columnas de alabastro impoluto, de las que grandes braseros sacaban destellos y reflejos sinuosos. El suelo estaba construido con grandes losas de alguna piedra negra, y tan pulidas que Ik podía verse reflejado a la perfección sobre ellas. El efecto óptico era fabuloso y uno tenía la sensación de navegar por un mundo de aguas negras y tranquilas, envuelto en la oscuridad casi total que sólo las cavernas del infierno debían de igualar. Sin embargo, Ik-Elgamar no tuvo miedo, aquella tranquila negrura no parecía amenazante, simplemente era misteriosa, mágica, sobrenatural o quizá divina.
Jamás había visto nada parecido en su periplo por el mundo, y era mucho decir ese “jamás”. Recorrió un verano las estepas de Kalguin, galopando sin silla, aferrado a las crines de caballos indomables que le guiaban por escarpados senderos, permitiendole ver paisajes imposibles: grandes valles profundísimos, como abismos verdes llenos de luz y agua, cataratas de fuerza terrible que desbordaban de los grandes lagos donde se reflejaba la luna tan nítidamente que a un espectador le costaría distinguir cuál era la auténtica. Paseó vestido con trajes de batista, tafetán y lama, adornado con joyas cuajadas de diamantes, por los cien palacios del emperador Ferbró IV, en las lejanas tierras de Ismanen, la región de los lagos y el cristal. Vio allí estancias enteras construidas en medio del agua pura y fría de los glaciares, que se sostenían sobre la superficie tranquila, guardando mujeres de belleza indescriptible, tan hermosas que ningún hombre podía mirarlas a excepción del rey y sus elegidos. Visitó en Umán las tumbas de las cien reinas vírgenes, donde sus cuerpos reposaban incorruptos, flotando pálidos, siempre jóvenes y hermosos sobre las aguas perfumadas donde los nenúfares florecían y bebían agua los cisnes antes de emitir su postrer canto. Ik-Elgamar vio morir muchos hombres, vio nacer muchos niños y sujetó a su primer hijo con aquellas mismas manos, notando el calor de la vida que él, de alguna manera había logrado crear junto con su amada esposa, con la que muchas veces pasó las noches más calurosas y tiernas de su vida.
Pero aquel recogimiento que ahora sentía en la columnata era nuevo para él. Ni en las ermitas centenarias de Grancia, ni en los templos cronoistas de Zadún, donde los monjes rezan cantando graves tonos, ni en la ciudad santa de Hagar, ni siquiera en el lecho de muerte de su padre había percibido tal espiritualidad; era algo que le llegaba al alma, que le empapaba de una humedad sagrada e imposible de describir. Susurró una tímida oración de gratitud y se atrevió a recorrer la distancia, paso a paso, entre aquella entrada y el camino que parecía marcado por los braseros.
Unos minutos más adelante, Ik percibió un punto no muy lejano donde los braseros terminaban y más allá podía discernir un espacio oscuro colmado de puntos dorados, como estrellas en el firmamento, abrazadas por un gran y generoso negro que se esparcía por doquier.
Se encaminó en aquella dirección, internandose en la oscuridad, buscando, como en aquel cuento para niños, alcanzar con su mano las estrellas. Notaba su corazón golpeando fuertemente sus oídos con el latir, pues en el silencio total de aquel mundo extraño su corazón era lo único que podía escuchar.
A unos metros de su objetivo pudo descubrir que aquellas estrellas eran pequeños candiles de aceite que colgaban del techo en distintas alturas, creando aquel efecto de puntos de luz discordes y sin sentido del que él se había maravillado unos minutos atrás.
No terminó de observar las lámparas de plata colgantes cuando se dio cuenta del muro cercano. Dejó su escrutinio y apuró el paso, terminando su camino junto a la pared, donde, tras unos escalones se abría un pequeño hueco con una gran losa de marfil en su interior. Dos candiles iluminaban la superficie de la piedra, donde alguien había cincelado un mensaje. Ik miró en derredor, buscando algo más, pero no encontró nada en la inmediatez por lo que prestó atención a aquella losa, acercandose para leer mejor. Esto es lo que allí estaba escrito:

Bienvenido, valiente que has hollado mil caminos y enfrentado a todos tus enemigos
Bienvenido, sabio que has discernido sobre todos los acertijos y seguido las pruebas
Bienvenido, fuerte que has superado las duras dificultades y te has obstinado en llegar hasta aquí

¿Cómo tú, viajero valiente, sabio y fuerte, has sido tan obstinado que te has cegado, ignorando a la razón y a todas las demás verdades? ¿Cómo has llegado hasta este punto siguiendo lo que muy pocos te decían, lo que la historia no respaldaba, lo que la mayoría de tus amigos te pedían no emprender? ¿Cómo, es que no lo entiendes?

Bienvenido, iluso, tú has pensado que un oráculo existía, que alguien que ve el futuro estaría esperando tu pregunta.
Bienvenido, desgraciado, pues no hay Dios que te salve ahora y todo tu viaje ha sido en vano. Nada hay por encima del hombre, la búsqueda de lo superior está condenada a lo inútil y aún cuando el hombre llega más allá de lo posible. Aún cuando se traspasa la última puerta y se adentra en este templo de esperanza, no se haya nada. Este edificio fue construido con mentiras y afirmado como un engaño, pero no, vosotros que siempre habéis de creer en algo, vosotros habéis decidido ignorar lo que dijimos y que la mentira era cierta. Habéis creado de lo construido humanamente una religión divina. Pero más allá de la vida, no existe nada.


Bienvenido, viajero, a tu tumba.

Carta desesperada

Querida Tzasina:
Te escribo porque es lo único que puedo hacer. Debo decirte esto ya que a veces me pregunto por qué te reconocí a primera vista. Quizá todo esto sea un engaño y nos espere un camino muy distinto, pero imaginatelo, estoy aquí, sólo, al borde de la locura, febril, aspirando las bocanadas que dejas atrás, sin darte cuenta de que te sigo como un demente allá donde vas.
La primera vez que nos vimos encontré algo en tus ojos, un átomo de ternura, polvo de una estrella que ha sido fugaz, pero no me atreví entonces a buscar su estela; luego me di cuenta de un error que no podía ya enmendar y lo hice mal, muy mal, tanto que no me quedó otra opción que separarme de ti. No me atreví a poner mi fe en esa enajenación que por un momento me inspiraste y le arranqué a mi corazón todo cuanto quedaba de ese ardor…
¡Dios, qué errado estaba!… No… Puedo prever la amarga indiferencia con que leerás esta carta y, sin embargo, día a día sólo sueño estar contigo, seguirte a todas partes imitando una sombra ingrávida que te observa de cerca, como una suerte de pájaro casi inapreciable, mas estoy ahí y tú lo sabes. Me distingues, aunque sea apenas: es esa sensación de que persisto tras todos los demás.
¿Es que acaso no me ves? Ahí, al final de la habitación, como un sonámbulo de hosco semblante… Te miro y no me ves, vas paseando entre la muchedumbre y te escondes bajo las palabras de los otros; hablas, sonríes, cualquier gesto tuyo despierta mi atención, pero no son para mí. El mundo enmudece cuando te veo y dejo de sentir hasta que te miro y me miras, permaneciendo un instante con tus ojos fijos en los míos. Te acercas con pasos ligeros, como una ensoñación, mientras mi corazón late más deprisa y tú caminas al ritmo de su latir, incrementándolo cuando más te acercas a mi. Pero te giras, apartas la mirada y desapareces entre la multitud.
¿Qué hacer? Estoy enteramente a tu disposición y no lo ves, no te quieres dar cuenta. Esa indiferencia, esa pálida indolencia me asfixia, crueldad intolerable… me mata.
Breve es mi tiempo y me arrastro en soledad… Así cada día es un desierto hasta aquel en que estoy contigo, en que puedo compartir unas palabras, en que me miras y me sonríes de cuando en cuando, en que, cuidando mi sentimiento, alcanzo a tocar tu piel y sentirte cerca por un instante. Pero no puedo, no puedo contentarme con esas migajas de ti, me veo obligado a coger esta pluma en medio de la noche, ya no soporto más este secreto y me siento desfallecer de fiebre y de miedo, anhelando tu cuerpo, tu olor, tu voz… ¡¿Dios, cuándo se me llevará la locura?!

Nunca habría hecho esta confesión si no supiera que estas palabras se quedarán en nada… pero necesitaba decirlo antes de que las llamas laman esta carta y borren la tinta dejando algo vacío, apenas una flor de cenizas que no mirarás porque no te importará nada, ni siquiera lo mínimo como para verla consumiendose con mi esperanza en tu chimenea .
Y si me tienes piedad ¿qué dirás? Quizá sugieras que me olvide de ti, que con el tiempo sanará mi corazón, que éste dolor desaparecerá. No, no, eres o tú o la soledad. O tú o nada. Soy ambicioso como todos los amantes imposibles, anhelo todo, anhelo tenerte para mí. Busco mi salvación entre tus manos y espero encontrarla, pero sé que no contestarás esta carta, que arderá su papel y desaparecerán las palabras.
Pero sea así, estoy enteramente a tu voluntad. Ahora sé que está en tu poder decidir qué hacer con mi corazón, mi corazón que te pertenece, que se partirá en dos y que espera no llegar ya demasiado tarde.

R.L.

Ik-Elgamar (I)

Ik-Elgamar había nacido hacía setenta y ocho años, pero aparentaba apenas veinte. Pertenecía a una raza rara, con una población muy baja en aquel mundo extraño, por ello la pérdida de cada individuo era una auténtica tragedia. Como contrapartida, la raza de Ik-Elgamar vivía una media de quinientos años.
A Ik le daba igual.
La estela que cruzó aquel bosque corría a una velocidad pasmosa, imposible de conseguir para cualquier humano, y muy difícil para una maquina por la frondosidad del lugar. Él dejaba un rastro gris, como el color de sus ropas y esquivaba continuamente los fogonazos que se estrellaban de árbol en árbol, tronchandolos, lanzando llamaradas que dejaban un camino ardiente. Uno de los proyectiles cayó cerca, los hechiceros de Kerm, la orden ígnea de los magos, le perseguían desde hacía días y habían dado con él una hora antes. Eran diez, nueve ahora, ya que Ik consiguió atravesarle la garganta a uno de ellos con su espada.
Le perseguían por ser quien era, por descender de los Elgamar, por ser de una raza distinta a la suya. Ik les odiaba y lo hacía con razón, les mataría en cuanto tuviera oportunidad, pero en aquel momento debía llegar a su objetivo, no podía esperar. Corría con todas sus fuerzas, esquivando los arboles y las bolas de fuego que le lanzaban los hechiceros, quienes se encontraban agotados de correr, aun con las pociones que alteraban su cuerpo.
Salió del bosque, atravesó una zona de lomas suaves de hierba cortada por el ganado. En una elevación especialmente pronunciada se detuvo en seco. Allí lo vio.
Ante él, no demasiado lejos, una montaña solitaria se elevaba exageradamente vertical, como si hubiera sido el producto artificial de un dios caprichoso. El pico tenía en su base un corte ancho que revelaba una puerta dorada. Ik no estaba seguro, pero las leyendas decían que había sido construida en auténticos ladrillos y planchas de oro, repujado con miles de frases en todos los idiomas conocidos y con gemas incrustadas aquí y allá de tamaño de la cabeza de un buey. Guardaban aquellas enormes puertas dos estatuas, colosos cubiertos de plata, con los ojos muy abiertos y grandes espadas prestas a caer sobre el infeliz que pretendiese cruzar ante ellos con objetivos innobles.
Ik sudaba, jadeaba. Se dio la vuelta, los hechiceros salían del bosque y se reunían. Estaban agotados, pero él también se encontraba exhausto. Sólo un obstáculo se interponía entre él y aquellas puertas que conducían al oráculo de los dioses, el vidente más sabio del planeta, el único que podía darle la solución para salvar a su raza. El obstáculo era un bosque, casi se podría haber dicho que era un jardín, apenas una gran explanada de brotes jóvenes, zarzas y matorrales azules. Pero su apariencia inofensiva era solo una trampa. Ik lo sabía, desenfundó su espada, un arma estilizada y mucho más larga que las que los humanos utilizaban, pero perfecta para él.
Ik cerró los ojos. Rezó. Sí, era creyente, creía en una divinidad que protegía el mundo, un padre protector que cuidaba de todos ellos.
Los hechiceros se acercaron a él, aprovechando aquel momento, en sus manos aparecieron grandes bolas incandescente y las lanzaron en el mismo momento en que Ik emprendió su carrera con un gran salto. Aceleró, ninguno de los fogonazos le llegó a dar. Corrió, con la mandíbula apretada por la presión, con todos sus sentidos agudizados. Así se internó en aquella extensión que apodaban “el último jardín”. El peligro no se hizo esperar y de la nada surgieron tentáculos afilados que le buscaban, que le sorprendían en su camino, que le hacían fintar, saltar, voltearse, hacer mortales y recurrir a todas sus maniobras de experto acróbata. Más de una vez su espada cortó algunos de aquellos tentáculos vegetales, pero surgían muchos más buscando venganza. Su marcha se retrasaba y se hacía lenta y pesada.
Los hechiceros, que no se habían atrevido a adentrarse en el último jardín, se quedaron boquiabiertos observando desde una altura privilegiada cómo aquel individuo recorría el laberinto vivo que intentaba engullirle. Todos los hechiceros sabían que eran muy pocos los que habían sobrevivido al jardín, que aún menos personas lograron soportar la prueba de los colosos y que nadie había atravesado aquellas puertas para luego conseguir volver. No hicieron nada, su cacería había terminado, si él conseguía salir vivo se merecía su libertad.
Ik se encontró, sin preverlo, acorralado y se derrumbó, los tentáculos le tiraron al suelo, le golpearon, una espina del tamaño de un puñal se clavó en su muslo izquierdo, gritó por el dolor pero no cejó. Empuño su espada y cortó los tentáculos más cercanos. Se arrancó la espina, rabioso, y acuchilló otra de aquellas plantas que le agredían con saña. Saltó a una altura inimaginable y cayó de golpe creando una vorágine de fuego violáceo que calcinó las plantas cercanas, prosiguió su carrera sin hacer caso del dolor de la pierna, pero tuvo que esquivar muchos otros tentáculos, hasta que al fin llegó al otro lado y se dejó caer en el suelo, jadeando otra vez.
Ik-Elgamar se levantó tras varios minutos, no podía perder mucho más tiempo, se vendó la pierna y observó a los magos, lejos, sobre la misma loma en la que él había divisado su objetivo. No se sintió intranquilo por su presencia, pero sí cuando se dio la vuelta y se encontró con la visión de aquellas estatuas de guerreros que le miraban fijamente, parpadeando con sus ojos de piedra. Debían de alcanzar veinte metros fácilmente. Suspiró, cogió aire y se acercó. A cada paso que daba, la cabeza de las estatuas giraba, produciendo un sonido de roca rozando contra roca casi ininterrumpido. La prueba de las estatuas consistía aparentemente en algo fácil: sólo dejarían pasar a aquellos cuyas preguntas fueran dignas de la virtud de las respuestas del oráculo. Tenía miedo, no lo iba a negar, había recorrido desiertos, superado ejercito, sufrido la persecución constante de hechiceros, de brujos, de inquisidores y soldados, pero aquel instante inevitable, en el que nada podía hacer o decir para librarse de las repercusiones, aquel momento le aterraba. Si sus intenciones y sus preguntas no eran legítimas, entonces moriría bajo el peso de enormes espadas. No había lugar para regresar, pues volver al último jardín sería asegurar su muerte y aún cuando lo consiguiera atravesar, tendría a los hechiceros esperándole. No, debía mantenerse firme, su misión era justa, su gente había depositado en él todas sus esperanzas, no podía fallarles y no pensaba hacerlo. Debía de creer en sí mismo.
Ik-Elgamar pasó ante las estatuas serio, tenso, cojeando, sucio del largo viaje, con la pierna ensangrentada, con el hombro chamuscado por un hechizo que no había logrado esquivar, con multitud se cicatrices y con sólo una idea en su cabeza. Ik-Elgamar pasó sin que las estatuas hicieran nada, únicamente se limitaron a observarle.
Eufórico aceleró el paso hacia las enormes puertas, vería al oráculo, se sentía dichoso y lanzó un agradecimiento hacia aquel Dios en el que él creía. Las puertas se abrieron ante él, revelando una luminosidad casi diurna que manaba del interior de la montaña. Dudó un solo instante, volvió su vista hacia afuera y, sonriendo, se adentró en lo desconocido, cerrandose las puertas tras él.