Ik-Elgamar (I)

Ik-Elgamar había nacido hacía setenta y ocho años, pero aparentaba apenas veinte. Pertenecía a una raza rara, con una población muy baja en aquel mundo extraño, por ello la pérdida de cada individuo era una auténtica tragedia. Como contrapartida, la raza de Ik-Elgamar vivía una media de quinientos años.
A Ik le daba igual.
La estela que cruzó aquel bosque corría a una velocidad pasmosa, imposible de conseguir para cualquier humano, y muy difícil para una maquina por la frondosidad del lugar. Él dejaba un rastro gris, como el color de sus ropas y esquivaba continuamente los fogonazos que se estrellaban de árbol en árbol, tronchandolos, lanzando llamaradas que dejaban un camino ardiente. Uno de los proyectiles cayó cerca, los hechiceros de Kerm, la orden ígnea de los magos, le perseguían desde hacía días y habían dado con él una hora antes. Eran diez, nueve ahora, ya que Ik consiguió atravesarle la garganta a uno de ellos con su espada.
Le perseguían por ser quien era, por descender de los Elgamar, por ser de una raza distinta a la suya. Ik les odiaba y lo hacía con razón, les mataría en cuanto tuviera oportunidad, pero en aquel momento debía llegar a su objetivo, no podía esperar. Corría con todas sus fuerzas, esquivando los arboles y las bolas de fuego que le lanzaban los hechiceros, quienes se encontraban agotados de correr, aun con las pociones que alteraban su cuerpo.
Salió del bosque, atravesó una zona de lomas suaves de hierba cortada por el ganado. En una elevación especialmente pronunciada se detuvo en seco. Allí lo vio.
Ante él, no demasiado lejos, una montaña solitaria se elevaba exageradamente vertical, como si hubiera sido el producto artificial de un dios caprichoso. El pico tenía en su base un corte ancho que revelaba una puerta dorada. Ik no estaba seguro, pero las leyendas decían que había sido construida en auténticos ladrillos y planchas de oro, repujado con miles de frases en todos los idiomas conocidos y con gemas incrustadas aquí y allá de tamaño de la cabeza de un buey. Guardaban aquellas enormes puertas dos estatuas, colosos cubiertos de plata, con los ojos muy abiertos y grandes espadas prestas a caer sobre el infeliz que pretendiese cruzar ante ellos con objetivos innobles.
Ik sudaba, jadeaba. Se dio la vuelta, los hechiceros salían del bosque y se reunían. Estaban agotados, pero él también se encontraba exhausto. Sólo un obstáculo se interponía entre él y aquellas puertas que conducían al oráculo de los dioses, el vidente más sabio del planeta, el único que podía darle la solución para salvar a su raza. El obstáculo era un bosque, casi se podría haber dicho que era un jardín, apenas una gran explanada de brotes jóvenes, zarzas y matorrales azules. Pero su apariencia inofensiva era solo una trampa. Ik lo sabía, desenfundó su espada, un arma estilizada y mucho más larga que las que los humanos utilizaban, pero perfecta para él.
Ik cerró los ojos. Rezó. Sí, era creyente, creía en una divinidad que protegía el mundo, un padre protector que cuidaba de todos ellos.
Los hechiceros se acercaron a él, aprovechando aquel momento, en sus manos aparecieron grandes bolas incandescente y las lanzaron en el mismo momento en que Ik emprendió su carrera con un gran salto. Aceleró, ninguno de los fogonazos le llegó a dar. Corrió, con la mandíbula apretada por la presión, con todos sus sentidos agudizados. Así se internó en aquella extensión que apodaban “el último jardín”. El peligro no se hizo esperar y de la nada surgieron tentáculos afilados que le buscaban, que le sorprendían en su camino, que le hacían fintar, saltar, voltearse, hacer mortales y recurrir a todas sus maniobras de experto acróbata. Más de una vez su espada cortó algunos de aquellos tentáculos vegetales, pero surgían muchos más buscando venganza. Su marcha se retrasaba y se hacía lenta y pesada.
Los hechiceros, que no se habían atrevido a adentrarse en el último jardín, se quedaron boquiabiertos observando desde una altura privilegiada cómo aquel individuo recorría el laberinto vivo que intentaba engullirle. Todos los hechiceros sabían que eran muy pocos los que habían sobrevivido al jardín, que aún menos personas lograron soportar la prueba de los colosos y que nadie había atravesado aquellas puertas para luego conseguir volver. No hicieron nada, su cacería había terminado, si él conseguía salir vivo se merecía su libertad.
Ik se encontró, sin preverlo, acorralado y se derrumbó, los tentáculos le tiraron al suelo, le golpearon, una espina del tamaño de un puñal se clavó en su muslo izquierdo, gritó por el dolor pero no cejó. Empuño su espada y cortó los tentáculos más cercanos. Se arrancó la espina, rabioso, y acuchilló otra de aquellas plantas que le agredían con saña. Saltó a una altura inimaginable y cayó de golpe creando una vorágine de fuego violáceo que calcinó las plantas cercanas, prosiguió su carrera sin hacer caso del dolor de la pierna, pero tuvo que esquivar muchos otros tentáculos, hasta que al fin llegó al otro lado y se dejó caer en el suelo, jadeando otra vez.
Ik-Elgamar se levantó tras varios minutos, no podía perder mucho más tiempo, se vendó la pierna y observó a los magos, lejos, sobre la misma loma en la que él había divisado su objetivo. No se sintió intranquilo por su presencia, pero sí cuando se dio la vuelta y se encontró con la visión de aquellas estatuas de guerreros que le miraban fijamente, parpadeando con sus ojos de piedra. Debían de alcanzar veinte metros fácilmente. Suspiró, cogió aire y se acercó. A cada paso que daba, la cabeza de las estatuas giraba, produciendo un sonido de roca rozando contra roca casi ininterrumpido. La prueba de las estatuas consistía aparentemente en algo fácil: sólo dejarían pasar a aquellos cuyas preguntas fueran dignas de la virtud de las respuestas del oráculo. Tenía miedo, no lo iba a negar, había recorrido desiertos, superado ejercito, sufrido la persecución constante de hechiceros, de brujos, de inquisidores y soldados, pero aquel instante inevitable, en el que nada podía hacer o decir para librarse de las repercusiones, aquel momento le aterraba. Si sus intenciones y sus preguntas no eran legítimas, entonces moriría bajo el peso de enormes espadas. No había lugar para regresar, pues volver al último jardín sería asegurar su muerte y aún cuando lo consiguiera atravesar, tendría a los hechiceros esperándole. No, debía mantenerse firme, su misión era justa, su gente había depositado en él todas sus esperanzas, no podía fallarles y no pensaba hacerlo. Debía de creer en sí mismo.
Ik-Elgamar pasó ante las estatuas serio, tenso, cojeando, sucio del largo viaje, con la pierna ensangrentada, con el hombro chamuscado por un hechizo que no había logrado esquivar, con multitud se cicatrices y con sólo una idea en su cabeza. Ik-Elgamar pasó sin que las estatuas hicieran nada, únicamente se limitaron a observarle.
Eufórico aceleró el paso hacia las enormes puertas, vería al oráculo, se sentía dichoso y lanzó un agradecimiento hacia aquel Dios en el que él creía. Las puertas se abrieron ante él, revelando una luminosidad casi diurna que manaba del interior de la montaña. Dudó un solo instante, volvió su vista hacia afuera y, sonriendo, se adentró en lo desconocido, cerrandose las puertas tras él.

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