Carta desesperada

Querida Tzasina:
Te escribo porque es lo único que puedo hacer. Debo decirte esto ya que a veces me pregunto por qué te reconocí a primera vista. Quizá todo esto sea un engaño y nos espere un camino muy distinto, pero imaginatelo, estoy aquí, sólo, al borde de la locura, febril, aspirando las bocanadas que dejas atrás, sin darte cuenta de que te sigo como un demente allá donde vas.
La primera vez que nos vimos encontré algo en tus ojos, un átomo de ternura, polvo de una estrella que ha sido fugaz, pero no me atreví entonces a buscar su estela; luego me di cuenta de un error que no podía ya enmendar y lo hice mal, muy mal, tanto que no me quedó otra opción que separarme de ti. No me atreví a poner mi fe en esa enajenación que por un momento me inspiraste y le arranqué a mi corazón todo cuanto quedaba de ese ardor…
¡Dios, qué errado estaba!… No… Puedo prever la amarga indiferencia con que leerás esta carta y, sin embargo, día a día sólo sueño estar contigo, seguirte a todas partes imitando una sombra ingrávida que te observa de cerca, como una suerte de pájaro casi inapreciable, mas estoy ahí y tú lo sabes. Me distingues, aunque sea apenas: es esa sensación de que persisto tras todos los demás.
¿Es que acaso no me ves? Ahí, al final de la habitación, como un sonámbulo de hosco semblante… Te miro y no me ves, vas paseando entre la muchedumbre y te escondes bajo las palabras de los otros; hablas, sonríes, cualquier gesto tuyo despierta mi atención, pero no son para mí. El mundo enmudece cuando te veo y dejo de sentir hasta que te miro y me miras, permaneciendo un instante con tus ojos fijos en los míos. Te acercas con pasos ligeros, como una ensoñación, mientras mi corazón late más deprisa y tú caminas al ritmo de su latir, incrementándolo cuando más te acercas a mi. Pero te giras, apartas la mirada y desapareces entre la multitud.
¿Qué hacer? Estoy enteramente a tu disposición y no lo ves, no te quieres dar cuenta. Esa indiferencia, esa pálida indolencia me asfixia, crueldad intolerable… me mata.
Breve es mi tiempo y me arrastro en soledad… Así cada día es un desierto hasta aquel en que estoy contigo, en que puedo compartir unas palabras, en que me miras y me sonríes de cuando en cuando, en que, cuidando mi sentimiento, alcanzo a tocar tu piel y sentirte cerca por un instante. Pero no puedo, no puedo contentarme con esas migajas de ti, me veo obligado a coger esta pluma en medio de la noche, ya no soporto más este secreto y me siento desfallecer de fiebre y de miedo, anhelando tu cuerpo, tu olor, tu voz… ¡¿Dios, cuándo se me llevará la locura?!

Nunca habría hecho esta confesión si no supiera que estas palabras se quedarán en nada… pero necesitaba decirlo antes de que las llamas laman esta carta y borren la tinta dejando algo vacío, apenas una flor de cenizas que no mirarás porque no te importará nada, ni siquiera lo mínimo como para verla consumiendose con mi esperanza en tu chimenea .
Y si me tienes piedad ¿qué dirás? Quizá sugieras que me olvide de ti, que con el tiempo sanará mi corazón, que éste dolor desaparecerá. No, no, eres o tú o la soledad. O tú o nada. Soy ambicioso como todos los amantes imposibles, anhelo todo, anhelo tenerte para mí. Busco mi salvación entre tus manos y espero encontrarla, pero sé que no contestarás esta carta, que arderá su papel y desaparecerán las palabras.
Pero sea así, estoy enteramente a tu voluntad. Ahora sé que está en tu poder decidir qué hacer con mi corazón, mi corazón que te pertenece, que se partirá en dos y que espera no llegar ya demasiado tarde.

R.L.

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2 comentarios en “Carta desesperada

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