Ik-Elgamar (II)

La oración que elevó se cortó en sus labios. Jamás la logró terminar, el golpe sordo de las puertas al cerrarse tras él le sorprendió, ya que al mismo tiempo la luz que antes le cegaba se apagó. Se puso alerta, su cuerpo se tensó, las aletas de su nariz se inflaron, entrecerró los ojos escudriñando en la oscuridad y sacó su espada.
No ocurrió nada, pasados unos pocos minutos percibió una tenue luz al fondo de la sala. Avanzó a tientas, despacio, con cautela y esperando una trampa o una emboscada, pero sus pasos se limitaron a resonar en el piso de piedra. Cruzó una abertura en el muro y, sin pretenderlo, quedó embobado observando, con la boca semiabierta, más allá de la grieta donde se revelaba una gran sala hipóstila con incontables columnas de alabastro impoluto, de las que grandes braseros sacaban destellos y reflejos sinuosos. El suelo estaba construido con grandes losas de alguna piedra negra, y tan pulidas que Ik podía verse reflejado a la perfección sobre ellas. El efecto óptico era fabuloso y uno tenía la sensación de navegar por un mundo de aguas negras y tranquilas, envuelto en la oscuridad casi total que sólo las cavernas del infierno debían de igualar. Sin embargo, Ik-Elgamar no tuvo miedo, aquella tranquila negrura no parecía amenazante, simplemente era misteriosa, mágica, sobrenatural o quizá divina.
Jamás había visto nada parecido en su periplo por el mundo, y era mucho decir ese “jamás”. Recorrió un verano las estepas de Kalguin, galopando sin silla, aferrado a las crines de caballos indomables que le guiaban por escarpados senderos, permitiendole ver paisajes imposibles: grandes valles profundísimos, como abismos verdes llenos de luz y agua, cataratas de fuerza terrible que desbordaban de los grandes lagos donde se reflejaba la luna tan nítidamente que a un espectador le costaría distinguir cuál era la auténtica. Paseó vestido con trajes de batista, tafetán y lama, adornado con joyas cuajadas de diamantes, por los cien palacios del emperador Ferbró IV, en las lejanas tierras de Ismanen, la región de los lagos y el cristal. Vio allí estancias enteras construidas en medio del agua pura y fría de los glaciares, que se sostenían sobre la superficie tranquila, guardando mujeres de belleza indescriptible, tan hermosas que ningún hombre podía mirarlas a excepción del rey y sus elegidos. Visitó en Umán las tumbas de las cien reinas vírgenes, donde sus cuerpos reposaban incorruptos, flotando pálidos, siempre jóvenes y hermosos sobre las aguas perfumadas donde los nenúfares florecían y bebían agua los cisnes antes de emitir su postrer canto. Ik-Elgamar vio morir muchos hombres, vio nacer muchos niños y sujetó a su primer hijo con aquellas mismas manos, notando el calor de la vida que él, de alguna manera había logrado crear junto con su amada esposa, con la que muchas veces pasó las noches más calurosas y tiernas de su vida.
Pero aquel recogimiento que ahora sentía en la columnata era nuevo para él. Ni en las ermitas centenarias de Grancia, ni en los templos cronoistas de Zadún, donde los monjes rezan cantando graves tonos, ni en la ciudad santa de Hagar, ni siquiera en el lecho de muerte de su padre había percibido tal espiritualidad; era algo que le llegaba al alma, que le empapaba de una humedad sagrada e imposible de describir. Susurró una tímida oración de gratitud y se atrevió a recorrer la distancia, paso a paso, entre aquella entrada y el camino que parecía marcado por los braseros.
Unos minutos más adelante, Ik percibió un punto no muy lejano donde los braseros terminaban y más allá podía discernir un espacio oscuro colmado de puntos dorados, como estrellas en el firmamento, abrazadas por un gran y generoso negro que se esparcía por doquier.
Se encaminó en aquella dirección, internandose en la oscuridad, buscando, como en aquel cuento para niños, alcanzar con su mano las estrellas. Notaba su corazón golpeando fuertemente sus oídos con el latir, pues en el silencio total de aquel mundo extraño su corazón era lo único que podía escuchar.
A unos metros de su objetivo pudo descubrir que aquellas estrellas eran pequeños candiles de aceite que colgaban del techo en distintas alturas, creando aquel efecto de puntos de luz discordes y sin sentido del que él se había maravillado unos minutos atrás.
No terminó de observar las lámparas de plata colgantes cuando se dio cuenta del muro cercano. Dejó su escrutinio y apuró el paso, terminando su camino junto a la pared, donde, tras unos escalones se abría un pequeño hueco con una gran losa de marfil en su interior. Dos candiles iluminaban la superficie de la piedra, donde alguien había cincelado un mensaje. Ik miró en derredor, buscando algo más, pero no encontró nada en la inmediatez por lo que prestó atención a aquella losa, acercandose para leer mejor. Esto es lo que allí estaba escrito:

Bienvenido, valiente que has hollado mil caminos y enfrentado a todos tus enemigos
Bienvenido, sabio que has discernido sobre todos los acertijos y seguido las pruebas
Bienvenido, fuerte que has superado las duras dificultades y te has obstinado en llegar hasta aquí

¿Cómo tú, viajero valiente, sabio y fuerte, has sido tan obstinado que te has cegado, ignorando a la razón y a todas las demás verdades? ¿Cómo has llegado hasta este punto siguiendo lo que muy pocos te decían, lo que la historia no respaldaba, lo que la mayoría de tus amigos te pedían no emprender? ¿Cómo, es que no lo entiendes?

Bienvenido, iluso, tú has pensado que un oráculo existía, que alguien que ve el futuro estaría esperando tu pregunta.
Bienvenido, desgraciado, pues no hay Dios que te salve ahora y todo tu viaje ha sido en vano. Nada hay por encima del hombre, la búsqueda de lo superior está condenada a lo inútil y aún cuando el hombre llega más allá de lo posible. Aún cuando se traspasa la última puerta y se adentra en este templo de esperanza, no se haya nada. Este edificio fue construido con mentiras y afirmado como un engaño, pero no, vosotros que siempre habéis de creer en algo, vosotros habéis decidido ignorar lo que dijimos y que la mentira era cierta. Habéis creado de lo construido humanamente una religión divina. Pero más allá de la vida, no existe nada.


Bienvenido, viajero, a tu tumba.

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