Tarde de verano

Su mujer leía en voz alta, a él siempre le había gustado el timbre silbante que arrastraba con delicadeza. No le molestaba en absoluto, al contrario, disfrutaba escuchando con los ojos cerrados, realmente le importaba poco la trama, se limitaba a oír como se hace con la música a la hora de la siesta, atendía a la melodía, se dejaba mecer por ella.

El verano ya estaba avanzado, hacía mucho calor y después de la comida, en aquel momento en que salían a tomar café al porche de la casa de sus suegros, se conseguía relajar con el olor de la bebida caliente y la voz de su mujer. Era el mejor momento del día para él. Disfrutaba de no hacer nada como si fuera el placer más exquisito del mundo.

Aquel verano su esposa tenía un gastado volumen de Anna Karenina en las manos. Se sentaba en una silla después de haber servido el café y comenzaba a leer. Él se acomodaba en una mecedora y si percibía alguna brisa caprichosa entonces ya todo era perfecto. Apenas abría los ojos de no ser para tomar un sorbo de café, en esos momentos espiaba con fascinación los labios de ella mientras pronunciaba las palabras. La mujer seguía atenta con la lectura, por lo que él se reclinaba otra vez y dejaba caer lánguidamente los párpados. Aquellas últimas tardes se había descubierto a sí mismo acariciándose la barba, en una especie de imitación catalana de Tolstoi, le divertía la idea y a su mujer también. Además, el matrimonio Tolstoi era conocido por el intenso amor que se profesaron el uno al otro. También en eso se parecían, pero había otras cosas, como el hecho de que, al igual que Sofía Behrs hacía con su marido, también su mujer corregía sus torpes intentos de escritor.

Amaba a su mujer y no se lo decía muy a menudo, porque ese tipo de cosas son las importantes y sólo se han de usar en contadas ocasiones, cuando el sentimiento es más intenso. Algo así como joyas magnificas que uno luce en ciertas fiestas, porque hacerlo todos los días sería algo vulgar, ostentoso. Así que esa misma tarde, tras tomar un traguito de café, se quedó mirando el porche, el jardín donde su cuñado se entretenía escudriñando los rosales sin hacer ruido, luego contempló a su mujer.

-Te quiero -dijo sin preámbulos, a media voz.

Ella detuvo la lectura, le miró y sus ojos se encontraron. Sonreía, evidentemente le había gustado aquella declaración, algo que ya sabía y que, sin embargo, siempre le agradaba oír, a veces incluso lo necesitaba. Se sentía mejor, toda una princesa de cuento. Anna Karenina, de pronto, pareció una lectura obscena en aquella ocasión. Dejó el libro sobre la mesa, marcando la página con el cordón rojo. Seguían mirándose y ella se levantó, se acercó a él, se inclinó apoyándose en los reposabrazos de la mecedora y le besó tiernamente. No respondió después de aquel beso con sabor a café, no hacía ninguna falta. Se sentó en la mecedora sobre sus rodillas, no estaban muy cómodos pero les compensaba la cercanía. Se besaron de nuevo y permanecieron juntos, en silencio, escuchando el canto solitario del jilguero en su jaula del jardín. Así, con la tranquilidad de su cariño, ambos cerraron los ojos en aquella calurosa tarde de verano.

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De vita beata

A mi familia siempre le ha gustado viajar y la mayoría de las veces lo hemos hecho por carretera. Como consecuencia se ha creado en mí una tendencia a disfrutar los largos viajes sumido en mis pensamientos, leyendo o, como ahora, escribiendo. ¿A qué viene esta pequeña curiosidad personal? Bueno a nada en concreto, es sólo por seguir el hilo de mis pensamientos.

Sentados detrás de mí hay una pareja de rumanos, cuarentones, sencillos y educados. Hablan bajo y lo hacen en su idioma, claro. No es de buen gusto escuchar conversaciones ajenas, pero francamente de su dialogo sólo he entendido “coca-cola” y para mí no es curiosidad morbosa sino aprecio hacia la música que su voz modula al hablar. Me gusta, es agradable y me ha traído a la memoria las vastas planicies del este de Europa. Esas que Stasiuk describe tan nítidamente y que tanto ama. Allí donde el tiempo parece que se ha detenido, donde poco importan tantas cosas, donde la gente camina más despacio, (omitamos las grandes urbes, claro) donde en kilómetros y kilómetros es difícil encontrar a alguien y donde aún hay muchas casas, muchos pueblos habitados por pocos individuos que no tienen pretensiones de salir de allí o de comprar el último televisor. Aquellos sitos donde parece que nuestro encumbrado “progreso” occidental no resulta apetecible.

Las generalizaciones son odiosas y el germen de la modernidad, del progreso, llega a todas partes y aquellas tierras también están infectadas, pero menos. No se puede negar que menos, de ahí su magia. Hace años Stasiuk me abrió el hambre de la otra Europa, la menos civilizada, la Europa dura y difícil que poco tiene que ver con París, Londres, Madrid o Berlín. Stasiuk se fascinaba en sus viajes y a mí me contagió. La pregunta que me surge es algo melancólica, lo admito y no lleva a nada, pero me la formulo. Mientras mi autobús rueda por los campos de castilla, por las soledades de Machado, me imagino en una vieja tartana donde, con un movimiento no muy veloz, chirrían todas las tuercas y se mueve como si fuera a deshacerse en cualquier momento.

¿De verdad necesitamos nuestro progreso? Quiero decir, uno se para a pensar y de qué nos sirve tanta moda, tendencias, arte, arquitectura, viajes, fotografía, filosofía, libros, educación, universidades, grandes cargos y grandes sueldos. ¿Sirve realmente para algo? ¿El cultivo de lo exquisito o sublime nos aporta algo? Bueno, evidentemente la respuesta es sí. Pero uno no puede evitar pensar en la sencillez del campo de Ucrania, en la tranquilidad que lo inunda y donde no procesan adoración a los nuevos dioses paganos (véase Tom Ford, Lady Gaga, Brad Pitt o Cristiano Ronaldo) Viven sin las grandes aspiraciones occidentales, un poco de espaldas a todo ese “progreso” que tanto nos venden y tan seguros estamos de él.

No pretendo hacer un encomio al estilo del “Beatus ille” horaciano ni nada así. “Feliz aquel que lejos del mundanal ruido…” bueno pues sí y no. No porque servidor escribe estas líneas con el nuevo numero invierno-primavera de la revista Nox bajo el portátil y con lo último de Michon en la bolsa junto a Marx, Leblanc y Bourdieu. Sí porque leyendo la Nox, que lo pongo por ejemplo como uno de esos libros que hoy nos predican el nuevo catecismo, los editores hacen una nota acerca de la sonda espacial Voyaguer. Dicho satélite lleva un mensaje destinado a posibles civilizaciones extraterrestres sobre nuestras coordenadas y situación. Sin embargo la editorial observa que dicho mensaje no dice nada acerca de lo extraordinarios que somos, de los nuevos dioses (tenemos al ya mencionado Tom Ford en portada) ni de ninguna de las otras maravillas terráqueas de lo más “in“.

Me ha dado por considerar ese hecho, ese creernos tan superiores, tan maravillosos por unas creaciones que, vistas desde fuera, posiblemente sean bastante vacías y carentes de un sentido. No creo que un campesino de Ucrania vea lo último del citado diseñador y decida comprárselo por su elegancia. En todo caso buscaría que le fuera útil, que tuviera un precio no excesivo y si le gusta, pues mejor. Pero ese gusto muy bien podrá estar definido por los criterios anteriores, no por una estética por lo estético. Al fin y al cabo lo bello por lo bello es una concepción que pocos pueden permitirse el lujo de considerar ya que es un lujo en sí.

La Nasa podría haber mandado esa misma sonda a los campos a la sombra de los Urales para ver si aquellas tierras deciden contactar con occidente más seriamente, a ver si se enraízan en nuestra cultura de culturas y comienzan a entrar en ese mundo consumista que está en crisis.

He ahí el fondo de este texto: la crisis. La ya manoseada crisis que afecta a todo el mundo (bueno más o menos ¿no?) La crisis del capitalismo, crisis del sistema consumista y que llevamos arrastrando y parcheando desde los setenta (globalmente hablando). Uno comienza a pensar en el postconsumismo como una salida evidente, pero este humilde servidor vuestro desde luego no le encuentra un lazo de unión. Nos aferraremos a este modelo porque nos da miedo perderlo. Marx se equivocó, tenía razón, pero se quedó muy corto y no tomó en cuenta demasiados factores. Al igual que Lenin luego actuaría y se daría cuenta de que algo, no sabía el qué, fallaba. ¿Qué es? Los cambios son paulatinos, las revoluciones sólo pueden ser armadas y para ello el pueblo debe estar muy muy oprimido, muy muy ahogado, muy muy desesperado. No es el caso. Se hará paulatinamente y tendremos que esperar. Mi generación posiblemente no lo vea, la próxima quizás, no lo sé, no tengo la respuesta, nadie la tiene. Porque los proyectos surgen y se deshacen por el peso del progreso. Así deberían denominar los historiadores nuestra era: la edad del progreso. Suena bien, pero tiene un significado triste porque nos estamos vanagloriando de algo que se tiene que caer, que goza de los placeres de los moribundos.

En el siglo XX la sociedad metió el turbo hacia el progreso y sí, dimos un acelerón muy considerable, también tuvimos dos guerras mundiales, no se olvide. Ahora nos hemos topado con que no podemos mantener la velocidad y entramos en crisis. La primera parte del siglo XXI será un siglo de deceso, al menos su inicio lo ha sido y seguirá una temporada mientras nos armamos de lo más nuevo, mientras creamos una nueva cultura más sofisticada, más acorde a lo sublime, mientras nos empecinamos por la creación de algo que necesita ser revisado. ¿Lo será? Quizá, posiblemente sí, con el tiempo, pero uno duda que los interminables campos de maíz rumano se muevan un pelo.

El diablo

Huyo como huyen los niños ante el peligro y me avergüenzo por ello, no hay día que no recuerde a mi alma lo que este viaje la envilece, pero es necesario, era necesario… He perdido mi honor, he perdido mi honra, no quedan de mis bienes más que lo que he invertido en este velero y las provisiones acarreadas en él. Apenas puedo creer que esté escribiendo estas líneas, igual que no pude imaginar un año antes que me encontraría en esta terrible situación.

Fue aquel niño, un imberbe que no llevaba en la tierra más de dieciocho otoños… entró en el salón del club de caballeros una tarde de invierno, no recuerdo el día pero era la hora en que los miembros nos dedicábamos al deleite de fumar adormecidos en los sillones del salón. ¡Cómo añoro esos benditos sillones en la incomodidad de este barco!

Aquel día habíamos comido copiosamente varios miembros del club y, con la comida aún en el estomago, yacíamos débiles por ese extraño influjo propio de Baco. Aquel chiquillo entró con traje nuevo, gris, y zapatos caros. Lucía un bello broche en la corbata y se había quitado el sombrero de copa al entrar, realizando un ademán algo teatral. Sin embargo, lo que me llamó la atención de él no fue su inusitada hora de llegada ni tampoco su juventud, pues otros ricos herederos igual de imberbes habían pasado a engrosar la selecta lista de socios del club, sino su cara. Era un rostro lleno de luz, enmarcado por una cuidada mata de pelo ondulado cuyos suaves bucles mucho se me asemejaron a delicadas olas en la superficie marina. Aquella cara sin duda era singular. No había sombra alguna sobre ella, no había ojeras bajo sus ojos ni arruga ni síntoma de vejez o de dolores padecidos, tampoco había manchas comunes como todos tenemos; nada, la pureza de su tersa piel era increíble. Los labios eran otra maravilla: finos, rosados, jugosos como fruta, destilaban un aire virginal que sin duda era quimérico, pues ya sólo la media sonrisa que portaba le daba un aspecto de descaro que dejaba sin aire a quien posara sus ojos sobre aquel gesto divino. Las pupilas de aquel Dios hecho hombre eran verdes como los campos jóvenes de trigo y, de cerca, se podían advertir en ellos líneas azuladas y puntos dorados, minúsculos y brillantes como lagrimas de Eros.

-Buenas tardes- Dijo aquel joven. Recuerdo aquellas palabras exactas como si fueran lo más precioso que mortal o inmortal haya dicho, susurrado o gritado sobre la tierra y sus océanos. Seguido de aquel saludo se presentó más no escribiré aquí cuales eran sus nombres y apellidos pues como el sabio dijo “Verba volant, scripta manent”. No seré yo quien deje constancia en el mundo del nombre del diablo.

Sí, aquel Apolo con leve y agradable acento podría haber sido sin duda la deidad disfrazada, pues como se sabe la belleza del Dios efebo sólo era comparable a sus artimañas y crueldad. Me volví loco mientras mis amigos devolvieron sus corteses saludos y aquella tarde la pasamos entre presentaciones y relatos de muchos tipos. Todos le observaban con gran admiración. Provenía de una noble familia que había hecho fortuna con el negocio del acero tan pujante en aquella época. Al parecer su padre había muerto en la explosión de uno de los altos hornos junto con su hermano. Su madre vivía y estaba enferma de tisis. Él era el heredero universal y a su edad manejaba una cantidad inestimable de dinero, rico a más no poder, con títulos y sin mujer. Cuando le preguntaron sobre aquel aspecto su respuesta fue misteriosa: negó tener, dijo algo sobre el amor puro de los hombres y mientras lo decía me miró de tal manera que enrojecí, por suerte además de él nadie se dio cuenta.

Aquel día y en los sucesivos durante más de tres meses estuve inquieto, confuso. Iba de un lado a otro de mi casa rumiando como un animal encerrado, por las noches no dormía, mis comidas las hacía a desgana, había perdido todo apetito y mis modales se volvieron bruscos y desdeñosos. Sólo me preocupaba de salir temprano por la mañana, me pasaba horas eligiendo esmeradamente mis vestidos, cuidando mi piel con ungüentos que hacía traer para mí desde los lejanos lagos del este pues el miedo a la vejez me atenazaba, no a la muerte, a la vejez. El espejo se volvió mi compañero más fiel, en mi estudio había uno grande de marco dorado y en todo aquel periodo pasé más tiempo frente a su superficie pulida que en la cama. Gasté una cantidad exorbitante en trajes nuevos, últimas modas, en caros perfumes… Nada era suficiente y mi mujer lloraba, aquella bella criatura, mi mujer, a quien siempre había amado más que a mi vida no sabía qué me ocurría. Mi obsesión por la edad le confundía muchísimo, ya no compartíamos la cama y apenas sí la tocaba o la miraba. La pobrecita incluso llegó a padecer de histeria por lo que convinimos, junto con su doctor, que era necesario que tomase unas vacaciones en solitario en algún balneario de la costa, tomando las aguas. La despedí con un beso y la promesa de que a su regreso todo sería mejor, que expulsaría a los demonios de mi cabeza y la normalidad volvería a imponer su feliz día a día en nuestras vidas. Ella me creyó y yo pude mantener aquella mentira durante nueve días en los que no salí de casa, me impuse no pisar el barniz de los suelos del club. Aquellos días fueron un infierno pero el décimo llamaron a mi puerta con tres golpes, abrió mi mayordomo y le anuncio a él. El joven caballero entró en mi estudio encontrándose con mi cara de asombro y vergüenza por no haber pasado más tiempo arreglándome para aquel encuentro. Él sonrió exquisitamente y comentó que la naturaleza de su visita no era otra que saber si yo estaba enfermo pues hacía varios días que no me había visto y en el club no sabían nada, temió que me hubiera puesto enfermo y por ello estaba ahora ante mí. No supe qué decir, me pareció tan maravilloso que semejante criatura se preocupase por mi bienestar que me turbé, mareado necesité de apoyo, busqué el sillón cercano pero rápidamente mi amigo se acercó para sostenerme. Fue la primera vez que tuve un contacto tan directo con él, su perfume tenía un ligero toque a flor de almendro y lilas. Hubiera preferido azufre en su lugar pues me quedé ensimismado, observando sus ojos a una distancia tan corta que sentí su cálido aliento sobre mí. Susurré un gracias en cuanto me recompuse y le pedí que se fuera. Se negó al verme débil y me suplicó quedarse conmigo. Acepté, fui débil, Dios mío perdóname por ello, el diablo me tentó y yo caí sobre sus manos. Cristo era venturoso, Cristo era fuerte y portaba tu bendita fuerza, yo me torcí ante aquel joven…

Comimos copiosamente, mandé traer los mejores manjares de la ciudad para complacer a mi amigo, bebimos abundante vino, licores y cuando ya anochecía una botella de absenta, que no puedo recordar de donde surgió, culminó la embriaguez de la que los dos éramos partícipes. Quizá fuera casualidad que aquella tarde mis criados tuvieran libertad para dedicarse a sus quehaceres y hubieran decidido ir a visitar a un familiar enfermo, pues eran familia entre sí mis criadas y el mayordomo. Estábamos solos en la casa, borrachos, hacía mucho que las ropas más ornamentales habían desaparecido, reíamos y yo obsequié a mi espectador con una torpe imitación de “el endiablado” al violín. En un momento, más allá de medianoche, habíamos caído sobre la alfombra tras fumar dos pipas de opio. Reíamos tontamente por una ocurrencia de mi amigo pero algo ocurrió entonces… vi unos ojos clavados sobre mí, iracundos, ceñudos, terribles. Primero creí que eran los ojos de Dios, iracundo, tal fuerza tenía aquella mirada. Estaba equivocado, mi respiración se cortó pues el rostro de mi padre sobre la chimenea era el que me había escrutado de aquel modo. Ese gran retrato tenebrista me observó furioso por mi actitud, me levanté asustado como si aquel viejo, que ya desde hacía muchos años ocupaba su lugar en el mausoleo familiar, hubiera aparecido por la puerta. Aquella imagen me turbó, mi corazón estaba desbocado y mi joven amigo se asustó levantándose para asistirme, le aparté y huí del salón. Él me persiguió. Uno de los dos rozó el jarrón azul del recibidor y este cayó al suelo con estrépito. Subí las escaleras sin saber donde iba exactamente, sólo quería huir de aquel diablo que me seguía en su perfecta inocencia. Llegué a mi estudio y entonces grité, aquel maldito espejo mintió. ¡Mostró un hombre que yo no era! Un monstruo, poco menos que un cadáver o peor, alguien destrozado por la vida. Lancé el busto de Palas que reposaba sobre una mesita cercana y la superficie prevaricadora estalló en mil esquirlas.

Apareció el diablo por la puerta, grité de nuevo llorando y mi amigo me tomó entre sus manos.

-¿Qué ocurre? -Preguntó asustado- ¡habla!

Yo sollocé y me abandone a sus brazos como un niño, como una mujer o una chiquilla.

-Mentía, mentía… soy un monstruo.

Sentí su mano bajo mi rostro, me elevó la cabeza y sonrió, negó con una palabra corta y dulce. Dejé de llorar y él me besó.

Desperté por la mañana y no quise abrir los ojos, había dormido como hacía tiempo que no podía y no había soñado, pues no había hecho falta, cualquier deseo que hubiera podido saciar en los brazos de Morfeo lo había vivido horas antes. La cama olía a flores de almendro y lilas. Abrí los ojos, pero no había nadie en la cama. No tuve tiempo de sentir nada porque una voz detrás de mí hizo que mi estómago y mi corazón se encogieran.

-Ya se ha ido -Había susurrado la voz de mi mujer.

Me volví, allí estaba ella, observando mi cuerpo desnudo, rojo por el sexo apasionado de la noche. Tan bella, tan fría en aquel momento… era una autentica dama con el maquillaje de los ojos derretido. No dijo nada más. Jamás volvió a decir nada más. Me echó de casa aquel mismo día, el dinero pertenecía a su familia, la casa, casi todo… Mis rentas eran escasas, estaba desesperado y mi aspecto era deplorable. Acudí al club y a la casa de mi amigo y amante pero el diablo había volado, el diablo se había marchado aquella misma mañana no sabían a donde y dijeron que no volvería.

Tenía cincuenta años y si miraba hacia atrás sólo podía ver una vida perfecta, igual a como en un manual debería ser escrita, intachable, aburrida en fin. Cincuenta años que había pasado conformándome con todo, siendo feliz hasta el punto que me lo permitían otros… Hasta que llegó él y me enseñó una vida maravillosa, el diablo me mostró lo que podría haber sido pero me lo arrebató tan rápido como la abeja deja su dulce polen y vuela.

Me vi perdido. Estaba en el puerto, mi padre había sido armador y yo sabia navegar. Era lo más lógico. Compré un barco y me hice a la mar.

Breve nota sobre cambios y estética

Tras varias semanas de actividad limitada por la muerte de mi antiguo ordenador he regresado. Aproveché este fin de semana para cambiar el aspecto del blog, ya que me parecía demasiado aseptico y quería una cosa más “personal”, por así decirlo. Espero que os guste.

Junto a la nueva estética del blog irá una nueva sección. La idea me vino a la cabeza por la ausencia de fotografías, que hacen la visita a este blog algo monotona. Puesto que se trata de una bitácora personal donde escribo, he decidido completarlo con algunas fotografías propias acompañadas de un breve texto referido o inspirado por la imagen en cuestión. Espero ver vuestros comentarios opinando tanto en esa sección como sobre el nuevo “look” de este sitio.

En otro orden de cosas, Madrid acogió la semana pasada el Congreso europeo de Estética. El tema al que se refería era: Europa y el concepto de estética: Sociedad en crisis. Como consecuencia de un horario dificil no pude asistir a todas las conferencias como me hubiera gustado, pero en las que estuve los temas tratados fueron, sin duda, muy interesantes. Sin embargo, uno no pude evitar notar una falta de futuro en las ponencias. Las visiones que los ponentes explicaban estaban llenas de aspectos fascinantes, pero carentes de un sentido práctico en el futuro. Parece que cuesta mucho dejar de hociquear el pasado buscando trufas, cosa que puede estar muy bien, pero que termina siendo un tanto esteril. ¿Y si miramos hacia adelante? ¿y si bucamos nuevas formas de comprender la estética de nuestra sociedad? Porque sin duda ha sufrido un cambio terrible, es una estética en crisis. ¿Podrá salir de ella? Esa es la pregunta que, creo, no se ha sabido contestar en este congreso. Una lástima, aunque sin duda será muy dificil encontrar el camino hacia la salida.

Digestión inteligente

¿Qué es la gloria? Pierre Michon habla a través de esas páginas llenando el aire de trascendentales, como si las propias ideas se hubieran cristalizado creando láminas manchadas. Había tenido la sensación de saborear un códice antiguo, iluminado con colores preciosos y oro.

Pierre Michon fue digerido por ese enorme estómago, ese engendro que ya había devorado antes a otros. La muerte pictórica y casi material que Maurice Blanchot pintó en su oscuro personaje, fue engullida de igual manera. Al igual que las estratagemas de una vida disoluta, pero a la vez llena de sentido, de Mirbeau. Así, uno a uno, aquel estómago había devorado tantos y tantos textos, tantas letras, tantos libros, tanta información, tanta desinformación terrible o magníficamente barroca, y también inútiles diatribas y algunas llenas de sensitivo. Se había convertido en un estómago muy inteligente, en un órgano de sapiencia única que bien podría haberse llamado cerebro. Un cerebro estomacalmente atiborrado, hartado, agotado, al punto del vómito.

La mezcolanza, ese quimo que se debía de haber ido formando día tras día, año tras año en todos los recovecos de aquel órgano hinchado, ahora bien podría indigestarsele. ¿Qué ocurriría? ¿Qué color tendría la nueva masa cognitiva? ¿Qué sabor? Casi se podía relamer los labios con el gusto imposible de esa mezcla. Sería algo maravilloso, algo que, de tan imposible como era, llegaba a lo exquisito, a lo sublime. Kant (al que también habían devorado tiempo atrás) estaría orgulloso de él, de su alcance, de su sensibilidad más allá de lo común. ¿Servía para algo? Aquel estómago lo ignoraba. Tragaba, tragaba paladeando la masa como si fueran finos pétalos de azúcar sobre un sorbete de ambrosía. Distinguía cada marca, cada estilo, cada pincelada de genio… y sabía separarlo de lo vulgar, de lo simplemente bueno, de lo bello, de lo horroroso. Pero todo, todo era fagotizado por él, sin cesar, sin parar, hasta el paroxismo.

Fue necesario, era algo inevitable. ¿Por qué comenzó a escribir? Por salud. Debía de excretar de alguna manera todo lo digerido. Vomitó, defecó sobre el papel a Mirbeau, a Michon, a Blanchot y a todos, pero de una forma distinta. ¡Oh magia! Creó una sintesis única que todos le alabaron. Al principio se sintió bien, aquel ejercicio le daba la oportunidad de hacer otra cosa distinta, luego todo cambió. Los mismos que le habían aplaudido recomendaron otros hombres, otros nombres y tantos o más libros que el estomago encontró fascinantes.

La ingesta esta vez se retomó con una voracidad incontrolable. Lem, Gógol, Gordimer, Stasiuk y muchos más fueron descendiendo por su garganta feroz. Dejó la cura que había tomado, se hinchó adquiriendo un color desagradable y, corrupta la masa que revolvía, se infectó. La enfermedad se extendió y su razón tornó en demencia. Atacó, cual Quijote, a los hombres gritándoles que él era un gato, que él era un dios, un nuevo Cyrano redentor, un dramático Fausto o el Thomas impertérrito de Blanchot. Gritó, gritó su filosofía para que le escuchasen bien, pero no quisieron dar crédito a sus palabras. El aspa del molino le estrelló contra el suelo, la luna quedó lejos, imposible de alcanzar. Los gigantes se hiceron grandes como si fuese Platón su padre.

El estómago se encogió, el cerebro se secó. La duda le convirtió en un Hamlet inactivo y babeante. Perpetuamente quedó con la vista fija en el punto infinito donde lo leido significaba algo, donde las arquitecturas de su mente rota tenían utilidad. Dejó de ingerir libros hasta que terminó por morir de inanición. Lo último que balbuceó fueron unas palabras de consuelo a su sombra.

-Quedate tranquila -dijo-, tú desaparecerás conmigo.

El perdón

-Pues es así. -Terminó, dejando caer los brazos, inertes, sin fuerza.
Lloraba aunque de una forma suave y sin hacer ruido.
-No -Respondió-, no lo acepto.
Amanda avanzó paso a paso hacia Miguel, alejandose de Clara. Él la recibió con un abrazo, mientras permanecía mudo, consolando a Amanda, observando a Clara con seriedad.
-Lo siento mucho -dijo de nuevo Clara-. Sucedió, pero vine aquí para decirte que se ha terminado, que se ha acabado. Tu amistad es más importante para mí que él.
-¡Eso no te detuvo para follartelo! -Gritó por primera vez, sin separarse de Miguel.
-A veces los sentimientos, como las hormigas, trepan -dijo ella, con los ojos humedecidos-. No sabemos qué hacer, no queremos matarlas, su cosquilleo incluso es agradable… Intenta comprender que me refrené, no hice nada hasta que me sentí ahogada. Yo también le amaba, Amanda. Le amaba más de lo que he querido a nadie nunca. Mis depresiones, mis tristezas, todo lo aceptaba porque yo era tu amiga, pero no pude frenar siempre este torbellino que se había creado en mí.
Se hizo un breve silencio donde Amanda lloraba sorbiendo ruidosamente su nariz, donde Clara aprovechó para limpiar su propio rostro de aquellas gotas saladas que manaban de sus ojos. Se colocó bien su jersey, porque tenía frío, y caminó hasta la ventana, viendo a los niños jugar en la calle.
-Le ame durante años, viendolo cuando estaba contigo, feliz. Hasta el día en que ya no lo era, hasta el día en que dejó de quererte. Es un cobarde, no se atrevió jamás a decirtelo… Es cierto, he caído, te he engañado. Pero no pude volver a hacerlo, me he sentido sucia y me costaba contestar tus llamadas, me dolía verte sufrir sabiendo que era yo la causa de tu angustia. Pero no lo sabías… Ha sido mi secreto todo este tiempo. Un secreto que me ha dolido tanto, tanto…
Clara enmudeció, arrastrandose por la pared hasta quedar sentada en el suelo, perdiendo el control sobre sí misma durante un momento. Lloró y gimió, ocultando la cara en sus temblorosas manos.
Miguel tuvo el impulso de acudir hacia ella, pero no pudo, Amanda le necesitaba más ahora. Ella, que estaba prendida de su ropa a punto de desfallecer si le faltaba su apoyo.
Amanda llevaba grandes pendientes y un vestido de sirena verde, estaba incómoda, con la tela arrugada y demasiado ceñida. Tuvo el impulso de quitarselo, de arrancarlo de su cuerpo rasgando las costuras con sus propias uñas, pero se detuvo. Hundió la cara en el pecho de Miguel y sollozó de pura impotencia
-Ha sido mi secreto -repitió Clara calmandose un poco-, pero se ha terminado, se ha acabado, se ha consumido… Jorge se ha marchado y nos ha dejado a las dos solas, no volverá, nos hemos liberado de él. Tú y yo que le amábamos, pero él no a nosotras. Nos utilizó… yo me he dado cuenta, me lo he tenido que arrancar… me ha dolido… como matar las hormigas trepando por mi cuerpo, enrojeciendo mi carne…
Fuera comenzó a llover. Los niños gritaron al verse sorprendidos, corriendo cada uno en una dirección, buscando a sus madres. Las gotas se estrellaban contra la ventana.
Amanda se acordó de todas las noches que pasaron juntas, cuando Jorge y ella habían discutido y corría buscando un taxi en aquella ciudad insensible a sus lágrimas. Corría a refugiarse en los brazos de Clara. Ella siempre le abría la puerta, fuera la hora que fuera, y le calmaba entre sus brazos, acariciando su pelo hasta que, vencido el susto, agotada, se dormía ya más tranquila. ¿Perdonarle? No, a Jorge no, Jorge no tenía perdón, pero ella sí. Clara se mostraba arrepentida, no huía de su casa, permitiendo que se desahogase con ella, que la maltratase. Estaba allí, débil, triste, expuesta, llorando al igual que ella, destrozada, sola. ¿Cuánto debía de haber sufrido? ¿Cuánto? Quizá más que ella misma. Ella que ahora había corrido a los brazos de Miguel, su eterno enamorado, su siempre amigo fiel. Ella estaba en sus brazos, pero Clara no, Clara estaba sentada en el suelo, sin nadie que le limpiara las lágrimas.
Poco a poco se separó de Miguel, quien se mostró algo reticente a permitirle aquel esfuerzo. Amanda le calmó con una leve sonrisa y se limpió la cara. Se volteó y avanzó hacia Clara, quitándose los zapatos de tacón, sentandose junto a ella. Se miraron un instante con los ojos rojos e irritados, luego se abrazaron.

Opresión

Me ahogo.

Encendido en un mar gigante, soy el único pez discorde aquí, preso de mi mismo, balanceandome envuelto en el agua cual placenta primigenia. Abro los ojos y veo la inmensidad líquida, la luna, desdibujandose allá arriba.

Todo recomienza: la cena, las risas y los trajes que no a todo el mundo sienta de igual manera. Él, riendo, mirandome con sus ojos pardos. Da igual, no es mío. A su lado ella, sonriendo, parloteando, entronizando su ego sobre nosotros, pobres espectadores de su maravillosa vida. Allí un amigo, escuchando la conversación con la actitud de un sabio. ¿Qué dibujaría un pintor en esta escena? ¿Qué sentimientos captaría? ¿Cuáles son los que hay en nosotros? Ahí estamos los cuatro, hablando. ¿Pero realmente nos conocemos? ¿sabríamos desentrañar el misterio de nuestra mente, de nuestro corazón?

Pataleo como un niño, buscando la superficie y no la encuentro. Sí, soy sólo un niño. Me hundo, me dejo llevar, donde sea, lejos de aquel punto, lejos de todo. El color es maravilloso, la luz tamizada por el agua me asombra.

Aparece otra ella, mirandome fijamente con el vacío tras las cuencas, con lo ausente, con las maquinaciones dementes de su cerebro. Me mira y no sé que ve. No pregunto, no quiero preguntar, no me atrevo. Agacho la cabeza, miro a otro lado y lloro.
Me veo a mí, inútil. Muy inútil. Destruido, roto. Infantil y tan frágil que soy una pompa de cristal. Yo tampoco miro nada. Suena un vals, todos bailan, yo voy de etiqueta, pero mi pareja ya no está conmigo, ya baila en otro lugar junto a una belleza morena. Todos bailan, todos giran cual graciosas peonzas, dando pasos aquí y allá, ritmicamente, armoniosamente, de dos en dos, pero como si fueran uno solo. Soy el único espectador, casi tengo la sensación de que bailan para mí. Observo el paisaje como ante un acantilado abierto, con las olas ondulando la superficie marina, ese mismo mar en el que me siento sumergido.

Y de repente el mundo se desmorona con un ruido atronador. Todo se convierte en arena, como en un sueño cuyo origen es la locura. Me despierto, caigo al agua, las burbujas se arremolinan a mi alrededor, desnudandome. Hace frío. Una voz suena, una voz femenina que canta en un idioma que no entiendo. La voz se eleva y baja al igual que las mismas olas del mar, muy por encima de mí. Crea una canción pausada, tranquila. El agua entra por mi boca, recorre mi garganta, inunda mi estomago, mis pulmones. Se introduce por los orificios de mi nariz.

Me ahogo.