Opresión

Me ahogo.

Encendido en un mar gigante, soy el único pez discorde aquí, preso de mi mismo, balanceandome envuelto en el agua cual placenta primigenia. Abro los ojos y veo la inmensidad líquida, la luna, desdibujandose allá arriba.

Todo recomienza: la cena, las risas y los trajes que no a todo el mundo sienta de igual manera. Él, riendo, mirandome con sus ojos pardos. Da igual, no es mío. A su lado ella, sonriendo, parloteando, entronizando su ego sobre nosotros, pobres espectadores de su maravillosa vida. Allí un amigo, escuchando la conversación con la actitud de un sabio. ¿Qué dibujaría un pintor en esta escena? ¿Qué sentimientos captaría? ¿Cuáles son los que hay en nosotros? Ahí estamos los cuatro, hablando. ¿Pero realmente nos conocemos? ¿sabríamos desentrañar el misterio de nuestra mente, de nuestro corazón?

Pataleo como un niño, buscando la superficie y no la encuentro. Sí, soy sólo un niño. Me hundo, me dejo llevar, donde sea, lejos de aquel punto, lejos de todo. El color es maravilloso, la luz tamizada por el agua me asombra.

Aparece otra ella, mirandome fijamente con el vacío tras las cuencas, con lo ausente, con las maquinaciones dementes de su cerebro. Me mira y no sé que ve. No pregunto, no quiero preguntar, no me atrevo. Agacho la cabeza, miro a otro lado y lloro.
Me veo a mí, inútil. Muy inútil. Destruido, roto. Infantil y tan frágil que soy una pompa de cristal. Yo tampoco miro nada. Suena un vals, todos bailan, yo voy de etiqueta, pero mi pareja ya no está conmigo, ya baila en otro lugar junto a una belleza morena. Todos bailan, todos giran cual graciosas peonzas, dando pasos aquí y allá, ritmicamente, armoniosamente, de dos en dos, pero como si fueran uno solo. Soy el único espectador, casi tengo la sensación de que bailan para mí. Observo el paisaje como ante un acantilado abierto, con las olas ondulando la superficie marina, ese mismo mar en el que me siento sumergido.

Y de repente el mundo se desmorona con un ruido atronador. Todo se convierte en arena, como en un sueño cuyo origen es la locura. Me despierto, caigo al agua, las burbujas se arremolinan a mi alrededor, desnudandome. Hace frío. Una voz suena, una voz femenina que canta en un idioma que no entiendo. La voz se eleva y baja al igual que las mismas olas del mar, muy por encima de mí. Crea una canción pausada, tranquila. El agua entra por mi boca, recorre mi garganta, inunda mi estomago, mis pulmones. Se introduce por los orificios de mi nariz.

Me ahogo.

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