Digestión inteligente

¿Qué es la gloria? Pierre Michon habla a través de esas páginas llenando el aire de trascendentales, como si las propias ideas se hubieran cristalizado creando láminas manchadas. Había tenido la sensación de saborear un códice antiguo, iluminado con colores preciosos y oro.

Pierre Michon fue digerido por ese enorme estómago, ese engendro que ya había devorado antes a otros. La muerte pictórica y casi material que Maurice Blanchot pintó en su oscuro personaje, fue engullida de igual manera. Al igual que las estratagemas de una vida disoluta, pero a la vez llena de sentido, de Mirbeau. Así, uno a uno, aquel estómago había devorado tantos y tantos textos, tantas letras, tantos libros, tanta información, tanta desinformación terrible o magníficamente barroca, y también inútiles diatribas y algunas llenas de sensitivo. Se había convertido en un estómago muy inteligente, en un órgano de sapiencia única que bien podría haberse llamado cerebro. Un cerebro estomacalmente atiborrado, hartado, agotado, al punto del vómito.

La mezcolanza, ese quimo que se debía de haber ido formando día tras día, año tras año en todos los recovecos de aquel órgano hinchado, ahora bien podría indigestarsele. ¿Qué ocurriría? ¿Qué color tendría la nueva masa cognitiva? ¿Qué sabor? Casi se podía relamer los labios con el gusto imposible de esa mezcla. Sería algo maravilloso, algo que, de tan imposible como era, llegaba a lo exquisito, a lo sublime. Kant (al que también habían devorado tiempo atrás) estaría orgulloso de él, de su alcance, de su sensibilidad más allá de lo común. ¿Servía para algo? Aquel estómago lo ignoraba. Tragaba, tragaba paladeando la masa como si fueran finos pétalos de azúcar sobre un sorbete de ambrosía. Distinguía cada marca, cada estilo, cada pincelada de genio… y sabía separarlo de lo vulgar, de lo simplemente bueno, de lo bello, de lo horroroso. Pero todo, todo era fagotizado por él, sin cesar, sin parar, hasta el paroxismo.

Fue necesario, era algo inevitable. ¿Por qué comenzó a escribir? Por salud. Debía de excretar de alguna manera todo lo digerido. Vomitó, defecó sobre el papel a Mirbeau, a Michon, a Blanchot y a todos, pero de una forma distinta. ¡Oh magia! Creó una sintesis única que todos le alabaron. Al principio se sintió bien, aquel ejercicio le daba la oportunidad de hacer otra cosa distinta, luego todo cambió. Los mismos que le habían aplaudido recomendaron otros hombres, otros nombres y tantos o más libros que el estomago encontró fascinantes.

La ingesta esta vez se retomó con una voracidad incontrolable. Lem, Gógol, Gordimer, Stasiuk y muchos más fueron descendiendo por su garganta feroz. Dejó la cura que había tomado, se hinchó adquiriendo un color desagradable y, corrupta la masa que revolvía, se infectó. La enfermedad se extendió y su razón tornó en demencia. Atacó, cual Quijote, a los hombres gritándoles que él era un gato, que él era un dios, un nuevo Cyrano redentor, un dramático Fausto o el Thomas impertérrito de Blanchot. Gritó, gritó su filosofía para que le escuchasen bien, pero no quisieron dar crédito a sus palabras. El aspa del molino le estrelló contra el suelo, la luna quedó lejos, imposible de alcanzar. Los gigantes se hiceron grandes como si fuese Platón su padre.

El estómago se encogió, el cerebro se secó. La duda le convirtió en un Hamlet inactivo y babeante. Perpetuamente quedó con la vista fija en el punto infinito donde lo leido significaba algo, donde las arquitecturas de su mente rota tenían utilidad. Dejó de ingerir libros hasta que terminó por morir de inanición. Lo último que balbuceó fueron unas palabras de consuelo a su sombra.

-Quedate tranquila -dijo-, tú desaparecerás conmigo.

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