El diablo

Huyo como huyen los niños ante el peligro y me avergüenzo por ello, no hay día que no recuerde a mi alma lo que este viaje la envilece, pero es necesario, era necesario… He perdido mi honor, he perdido mi honra, no quedan de mis bienes más que lo que he invertido en este velero y las provisiones acarreadas en él. Apenas puedo creer que esté escribiendo estas líneas, igual que no pude imaginar un año antes que me encontraría en esta terrible situación.

Fue aquel niño, un imberbe que no llevaba en la tierra más de dieciocho otoños… entró en el salón del club de caballeros una tarde de invierno, no recuerdo el día pero era la hora en que los miembros nos dedicábamos al deleite de fumar adormecidos en los sillones del salón. ¡Cómo añoro esos benditos sillones en la incomodidad de este barco!

Aquel día habíamos comido copiosamente varios miembros del club y, con la comida aún en el estomago, yacíamos débiles por ese extraño influjo propio de Baco. Aquel chiquillo entró con traje nuevo, gris, y zapatos caros. Lucía un bello broche en la corbata y se había quitado el sombrero de copa al entrar, realizando un ademán algo teatral. Sin embargo, lo que me llamó la atención de él no fue su inusitada hora de llegada ni tampoco su juventud, pues otros ricos herederos igual de imberbes habían pasado a engrosar la selecta lista de socios del club, sino su cara. Era un rostro lleno de luz, enmarcado por una cuidada mata de pelo ondulado cuyos suaves bucles mucho se me asemejaron a delicadas olas en la superficie marina. Aquella cara sin duda era singular. No había sombra alguna sobre ella, no había ojeras bajo sus ojos ni arruga ni síntoma de vejez o de dolores padecidos, tampoco había manchas comunes como todos tenemos; nada, la pureza de su tersa piel era increíble. Los labios eran otra maravilla: finos, rosados, jugosos como fruta, destilaban un aire virginal que sin duda era quimérico, pues ya sólo la media sonrisa que portaba le daba un aspecto de descaro que dejaba sin aire a quien posara sus ojos sobre aquel gesto divino. Las pupilas de aquel Dios hecho hombre eran verdes como los campos jóvenes de trigo y, de cerca, se podían advertir en ellos líneas azuladas y puntos dorados, minúsculos y brillantes como lagrimas de Eros.

-Buenas tardes- Dijo aquel joven. Recuerdo aquellas palabras exactas como si fueran lo más precioso que mortal o inmortal haya dicho, susurrado o gritado sobre la tierra y sus océanos. Seguido de aquel saludo se presentó más no escribiré aquí cuales eran sus nombres y apellidos pues como el sabio dijo “Verba volant, scripta manent”. No seré yo quien deje constancia en el mundo del nombre del diablo.

Sí, aquel Apolo con leve y agradable acento podría haber sido sin duda la deidad disfrazada, pues como se sabe la belleza del Dios efebo sólo era comparable a sus artimañas y crueldad. Me volví loco mientras mis amigos devolvieron sus corteses saludos y aquella tarde la pasamos entre presentaciones y relatos de muchos tipos. Todos le observaban con gran admiración. Provenía de una noble familia que había hecho fortuna con el negocio del acero tan pujante en aquella época. Al parecer su padre había muerto en la explosión de uno de los altos hornos junto con su hermano. Su madre vivía y estaba enferma de tisis. Él era el heredero universal y a su edad manejaba una cantidad inestimable de dinero, rico a más no poder, con títulos y sin mujer. Cuando le preguntaron sobre aquel aspecto su respuesta fue misteriosa: negó tener, dijo algo sobre el amor puro de los hombres y mientras lo decía me miró de tal manera que enrojecí, por suerte además de él nadie se dio cuenta.

Aquel día y en los sucesivos durante más de tres meses estuve inquieto, confuso. Iba de un lado a otro de mi casa rumiando como un animal encerrado, por las noches no dormía, mis comidas las hacía a desgana, había perdido todo apetito y mis modales se volvieron bruscos y desdeñosos. Sólo me preocupaba de salir temprano por la mañana, me pasaba horas eligiendo esmeradamente mis vestidos, cuidando mi piel con ungüentos que hacía traer para mí desde los lejanos lagos del este pues el miedo a la vejez me atenazaba, no a la muerte, a la vejez. El espejo se volvió mi compañero más fiel, en mi estudio había uno grande de marco dorado y en todo aquel periodo pasé más tiempo frente a su superficie pulida que en la cama. Gasté una cantidad exorbitante en trajes nuevos, últimas modas, en caros perfumes… Nada era suficiente y mi mujer lloraba, aquella bella criatura, mi mujer, a quien siempre había amado más que a mi vida no sabía qué me ocurría. Mi obsesión por la edad le confundía muchísimo, ya no compartíamos la cama y apenas sí la tocaba o la miraba. La pobrecita incluso llegó a padecer de histeria por lo que convinimos, junto con su doctor, que era necesario que tomase unas vacaciones en solitario en algún balneario de la costa, tomando las aguas. La despedí con un beso y la promesa de que a su regreso todo sería mejor, que expulsaría a los demonios de mi cabeza y la normalidad volvería a imponer su feliz día a día en nuestras vidas. Ella me creyó y yo pude mantener aquella mentira durante nueve días en los que no salí de casa, me impuse no pisar el barniz de los suelos del club. Aquellos días fueron un infierno pero el décimo llamaron a mi puerta con tres golpes, abrió mi mayordomo y le anuncio a él. El joven caballero entró en mi estudio encontrándose con mi cara de asombro y vergüenza por no haber pasado más tiempo arreglándome para aquel encuentro. Él sonrió exquisitamente y comentó que la naturaleza de su visita no era otra que saber si yo estaba enfermo pues hacía varios días que no me había visto y en el club no sabían nada, temió que me hubiera puesto enfermo y por ello estaba ahora ante mí. No supe qué decir, me pareció tan maravilloso que semejante criatura se preocupase por mi bienestar que me turbé, mareado necesité de apoyo, busqué el sillón cercano pero rápidamente mi amigo se acercó para sostenerme. Fue la primera vez que tuve un contacto tan directo con él, su perfume tenía un ligero toque a flor de almendro y lilas. Hubiera preferido azufre en su lugar pues me quedé ensimismado, observando sus ojos a una distancia tan corta que sentí su cálido aliento sobre mí. Susurré un gracias en cuanto me recompuse y le pedí que se fuera. Se negó al verme débil y me suplicó quedarse conmigo. Acepté, fui débil, Dios mío perdóname por ello, el diablo me tentó y yo caí sobre sus manos. Cristo era venturoso, Cristo era fuerte y portaba tu bendita fuerza, yo me torcí ante aquel joven…

Comimos copiosamente, mandé traer los mejores manjares de la ciudad para complacer a mi amigo, bebimos abundante vino, licores y cuando ya anochecía una botella de absenta, que no puedo recordar de donde surgió, culminó la embriaguez de la que los dos éramos partícipes. Quizá fuera casualidad que aquella tarde mis criados tuvieran libertad para dedicarse a sus quehaceres y hubieran decidido ir a visitar a un familiar enfermo, pues eran familia entre sí mis criadas y el mayordomo. Estábamos solos en la casa, borrachos, hacía mucho que las ropas más ornamentales habían desaparecido, reíamos y yo obsequié a mi espectador con una torpe imitación de “el endiablado” al violín. En un momento, más allá de medianoche, habíamos caído sobre la alfombra tras fumar dos pipas de opio. Reíamos tontamente por una ocurrencia de mi amigo pero algo ocurrió entonces… vi unos ojos clavados sobre mí, iracundos, ceñudos, terribles. Primero creí que eran los ojos de Dios, iracundo, tal fuerza tenía aquella mirada. Estaba equivocado, mi respiración se cortó pues el rostro de mi padre sobre la chimenea era el que me había escrutado de aquel modo. Ese gran retrato tenebrista me observó furioso por mi actitud, me levanté asustado como si aquel viejo, que ya desde hacía muchos años ocupaba su lugar en el mausoleo familiar, hubiera aparecido por la puerta. Aquella imagen me turbó, mi corazón estaba desbocado y mi joven amigo se asustó levantándose para asistirme, le aparté y huí del salón. Él me persiguió. Uno de los dos rozó el jarrón azul del recibidor y este cayó al suelo con estrépito. Subí las escaleras sin saber donde iba exactamente, sólo quería huir de aquel diablo que me seguía en su perfecta inocencia. Llegué a mi estudio y entonces grité, aquel maldito espejo mintió. ¡Mostró un hombre que yo no era! Un monstruo, poco menos que un cadáver o peor, alguien destrozado por la vida. Lancé el busto de Palas que reposaba sobre una mesita cercana y la superficie prevaricadora estalló en mil esquirlas.

Apareció el diablo por la puerta, grité de nuevo llorando y mi amigo me tomó entre sus manos.

-¿Qué ocurre? -Preguntó asustado- ¡habla!

Yo sollocé y me abandone a sus brazos como un niño, como una mujer o una chiquilla.

-Mentía, mentía… soy un monstruo.

Sentí su mano bajo mi rostro, me elevó la cabeza y sonrió, negó con una palabra corta y dulce. Dejé de llorar y él me besó.

Desperté por la mañana y no quise abrir los ojos, había dormido como hacía tiempo que no podía y no había soñado, pues no había hecho falta, cualquier deseo que hubiera podido saciar en los brazos de Morfeo lo había vivido horas antes. La cama olía a flores de almendro y lilas. Abrí los ojos, pero no había nadie en la cama. No tuve tiempo de sentir nada porque una voz detrás de mí hizo que mi estómago y mi corazón se encogieran.

-Ya se ha ido -Había susurrado la voz de mi mujer.

Me volví, allí estaba ella, observando mi cuerpo desnudo, rojo por el sexo apasionado de la noche. Tan bella, tan fría en aquel momento… era una autentica dama con el maquillaje de los ojos derretido. No dijo nada más. Jamás volvió a decir nada más. Me echó de casa aquel mismo día, el dinero pertenecía a su familia, la casa, casi todo… Mis rentas eran escasas, estaba desesperado y mi aspecto era deplorable. Acudí al club y a la casa de mi amigo y amante pero el diablo había volado, el diablo se había marchado aquella misma mañana no sabían a donde y dijeron que no volvería.

Tenía cincuenta años y si miraba hacia atrás sólo podía ver una vida perfecta, igual a como en un manual debería ser escrita, intachable, aburrida en fin. Cincuenta años que había pasado conformándome con todo, siendo feliz hasta el punto que me lo permitían otros… Hasta que llegó él y me enseñó una vida maravillosa, el diablo me mostró lo que podría haber sido pero me lo arrebató tan rápido como la abeja deja su dulce polen y vuela.

Me vi perdido. Estaba en el puerto, mi padre había sido armador y yo sabia navegar. Era lo más lógico. Compré un barco y me hice a la mar.

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