De vita beata

A mi familia siempre le ha gustado viajar y la mayoría de las veces lo hemos hecho por carretera. Como consecuencia se ha creado en mí una tendencia a disfrutar los largos viajes sumido en mis pensamientos, leyendo o, como ahora, escribiendo. ¿A qué viene esta pequeña curiosidad personal? Bueno a nada en concreto, es sólo por seguir el hilo de mis pensamientos.

Sentados detrás de mí hay una pareja de rumanos, cuarentones, sencillos y educados. Hablan bajo y lo hacen en su idioma, claro. No es de buen gusto escuchar conversaciones ajenas, pero francamente de su dialogo sólo he entendido “coca-cola” y para mí no es curiosidad morbosa sino aprecio hacia la música que su voz modula al hablar. Me gusta, es agradable y me ha traído a la memoria las vastas planicies del este de Europa. Esas que Stasiuk describe tan nítidamente y que tanto ama. Allí donde el tiempo parece que se ha detenido, donde poco importan tantas cosas, donde la gente camina más despacio, (omitamos las grandes urbes, claro) donde en kilómetros y kilómetros es difícil encontrar a alguien y donde aún hay muchas casas, muchos pueblos habitados por pocos individuos que no tienen pretensiones de salir de allí o de comprar el último televisor. Aquellos sitos donde parece que nuestro encumbrado “progreso” occidental no resulta apetecible.

Las generalizaciones son odiosas y el germen de la modernidad, del progreso, llega a todas partes y aquellas tierras también están infectadas, pero menos. No se puede negar que menos, de ahí su magia. Hace años Stasiuk me abrió el hambre de la otra Europa, la menos civilizada, la Europa dura y difícil que poco tiene que ver con París, Londres, Madrid o Berlín. Stasiuk se fascinaba en sus viajes y a mí me contagió. La pregunta que me surge es algo melancólica, lo admito y no lleva a nada, pero me la formulo. Mientras mi autobús rueda por los campos de castilla, por las soledades de Machado, me imagino en una vieja tartana donde, con un movimiento no muy veloz, chirrían todas las tuercas y se mueve como si fuera a deshacerse en cualquier momento.

¿De verdad necesitamos nuestro progreso? Quiero decir, uno se para a pensar y de qué nos sirve tanta moda, tendencias, arte, arquitectura, viajes, fotografía, filosofía, libros, educación, universidades, grandes cargos y grandes sueldos. ¿Sirve realmente para algo? ¿El cultivo de lo exquisito o sublime nos aporta algo? Bueno, evidentemente la respuesta es sí. Pero uno no puede evitar pensar en la sencillez del campo de Ucrania, en la tranquilidad que lo inunda y donde no procesan adoración a los nuevos dioses paganos (véase Tom Ford, Lady Gaga, Brad Pitt o Cristiano Ronaldo) Viven sin las grandes aspiraciones occidentales, un poco de espaldas a todo ese “progreso” que tanto nos venden y tan seguros estamos de él.

No pretendo hacer un encomio al estilo del “Beatus ille” horaciano ni nada así. “Feliz aquel que lejos del mundanal ruido…” bueno pues sí y no. No porque servidor escribe estas líneas con el nuevo numero invierno-primavera de la revista Nox bajo el portátil y con lo último de Michon en la bolsa junto a Marx, Leblanc y Bourdieu. Sí porque leyendo la Nox, que lo pongo por ejemplo como uno de esos libros que hoy nos predican el nuevo catecismo, los editores hacen una nota acerca de la sonda espacial Voyaguer. Dicho satélite lleva un mensaje destinado a posibles civilizaciones extraterrestres sobre nuestras coordenadas y situación. Sin embargo la editorial observa que dicho mensaje no dice nada acerca de lo extraordinarios que somos, de los nuevos dioses (tenemos al ya mencionado Tom Ford en portada) ni de ninguna de las otras maravillas terráqueas de lo más “in“.

Me ha dado por considerar ese hecho, ese creernos tan superiores, tan maravillosos por unas creaciones que, vistas desde fuera, posiblemente sean bastante vacías y carentes de un sentido. No creo que un campesino de Ucrania vea lo último del citado diseñador y decida comprárselo por su elegancia. En todo caso buscaría que le fuera útil, que tuviera un precio no excesivo y si le gusta, pues mejor. Pero ese gusto muy bien podrá estar definido por los criterios anteriores, no por una estética por lo estético. Al fin y al cabo lo bello por lo bello es una concepción que pocos pueden permitirse el lujo de considerar ya que es un lujo en sí.

La Nasa podría haber mandado esa misma sonda a los campos a la sombra de los Urales para ver si aquellas tierras deciden contactar con occidente más seriamente, a ver si se enraízan en nuestra cultura de culturas y comienzan a entrar en ese mundo consumista que está en crisis.

He ahí el fondo de este texto: la crisis. La ya manoseada crisis que afecta a todo el mundo (bueno más o menos ¿no?) La crisis del capitalismo, crisis del sistema consumista y que llevamos arrastrando y parcheando desde los setenta (globalmente hablando). Uno comienza a pensar en el postconsumismo como una salida evidente, pero este humilde servidor vuestro desde luego no le encuentra un lazo de unión. Nos aferraremos a este modelo porque nos da miedo perderlo. Marx se equivocó, tenía razón, pero se quedó muy corto y no tomó en cuenta demasiados factores. Al igual que Lenin luego actuaría y se daría cuenta de que algo, no sabía el qué, fallaba. ¿Qué es? Los cambios son paulatinos, las revoluciones sólo pueden ser armadas y para ello el pueblo debe estar muy muy oprimido, muy muy ahogado, muy muy desesperado. No es el caso. Se hará paulatinamente y tendremos que esperar. Mi generación posiblemente no lo vea, la próxima quizás, no lo sé, no tengo la respuesta, nadie la tiene. Porque los proyectos surgen y se deshacen por el peso del progreso. Así deberían denominar los historiadores nuestra era: la edad del progreso. Suena bien, pero tiene un significado triste porque nos estamos vanagloriando de algo que se tiene que caer, que goza de los placeres de los moribundos.

En el siglo XX la sociedad metió el turbo hacia el progreso y sí, dimos un acelerón muy considerable, también tuvimos dos guerras mundiales, no se olvide. Ahora nos hemos topado con que no podemos mantener la velocidad y entramos en crisis. La primera parte del siglo XXI será un siglo de deceso, al menos su inicio lo ha sido y seguirá una temporada mientras nos armamos de lo más nuevo, mientras creamos una nueva cultura más sofisticada, más acorde a lo sublime, mientras nos empecinamos por la creación de algo que necesita ser revisado. ¿Lo será? Quizá, posiblemente sí, con el tiempo, pero uno duda que los interminables campos de maíz rumano se muevan un pelo.

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