Tarde de verano

Su mujer leía en voz alta, a él siempre le había gustado el timbre silbante que arrastraba con delicadeza. No le molestaba en absoluto, al contrario, disfrutaba escuchando con los ojos cerrados, realmente le importaba poco la trama, se limitaba a oír como se hace con la música a la hora de la siesta, atendía a la melodía, se dejaba mecer por ella.

El verano ya estaba avanzado, hacía mucho calor y después de la comida, en aquel momento en que salían a tomar café al porche de la casa de sus suegros, se conseguía relajar con el olor de la bebida caliente y la voz de su mujer. Era el mejor momento del día para él. Disfrutaba de no hacer nada como si fuera el placer más exquisito del mundo.

Aquel verano su esposa tenía un gastado volumen de Anna Karenina en las manos. Se sentaba en una silla después de haber servido el café y comenzaba a leer. Él se acomodaba en una mecedora y si percibía alguna brisa caprichosa entonces ya todo era perfecto. Apenas abría los ojos de no ser para tomar un sorbo de café, en esos momentos espiaba con fascinación los labios de ella mientras pronunciaba las palabras. La mujer seguía atenta con la lectura, por lo que él se reclinaba otra vez y dejaba caer lánguidamente los párpados. Aquellas últimas tardes se había descubierto a sí mismo acariciándose la barba, en una especie de imitación catalana de Tolstoi, le divertía la idea y a su mujer también. Además, el matrimonio Tolstoi era conocido por el intenso amor que se profesaron el uno al otro. También en eso se parecían, pero había otras cosas, como el hecho de que, al igual que Sofía Behrs hacía con su marido, también su mujer corregía sus torpes intentos de escritor.

Amaba a su mujer y no se lo decía muy a menudo, porque ese tipo de cosas son las importantes y sólo se han de usar en contadas ocasiones, cuando el sentimiento es más intenso. Algo así como joyas magnificas que uno luce en ciertas fiestas, porque hacerlo todos los días sería algo vulgar, ostentoso. Así que esa misma tarde, tras tomar un traguito de café, se quedó mirando el porche, el jardín donde su cuñado se entretenía escudriñando los rosales sin hacer ruido, luego contempló a su mujer.

-Te quiero -dijo sin preámbulos, a media voz.

Ella detuvo la lectura, le miró y sus ojos se encontraron. Sonreía, evidentemente le había gustado aquella declaración, algo que ya sabía y que, sin embargo, siempre le agradaba oír, a veces incluso lo necesitaba. Se sentía mejor, toda una princesa de cuento. Anna Karenina, de pronto, pareció una lectura obscena en aquella ocasión. Dejó el libro sobre la mesa, marcando la página con el cordón rojo. Seguían mirándose y ella se levantó, se acercó a él, se inclinó apoyándose en los reposabrazos de la mecedora y le besó tiernamente. No respondió después de aquel beso con sabor a café, no hacía ninguna falta. Se sentó en la mecedora sobre sus rodillas, no estaban muy cómodos pero les compensaba la cercanía. Se besaron de nuevo y permanecieron juntos, en silencio, escuchando el canto solitario del jilguero en su jaula del jardín. Así, con la tranquilidad de su cariño, ambos cerraron los ojos en aquella calurosa tarde de verano.

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