El extranjero

Lejos, en algún horizonte ajeno a lo conocido, extremadamente lejos de su ventana y a tiro de avión, se encontraba aquel que jugaría un papel decisivo en el discurso de su vida, una piedra angular sobre la que construiría su futuro. Aquella persona, aunque él no lo sabía, aparecería tres años después, no muy lejos del punto que tan ciegamente miraba ahora, absorto en pensamiento de poca o ninguna importancia. En efecto, en aquella esquina se chocará con el extraño del que ahora no conoce su nombre. Se disculparán, recogerán los objetos caídos y sonreirán nerviosamente. El extraño tenderá la mano y se presentará, el otro la tomará musitando también su propio apellido y así ambas historias, ambas vidas se juntarán, pero lo harán de forma muy distinta. Mientras que el extranjero será decisivo para el oriundo, este pasará sin dejar rastro en el extranjero, de esa manera que las personas que no importan en nuestra vida pasan, es decir, sin hacer ruido, sin dejar grandes recuerdos. Para el oriundo será una desgracia cuando el extranjero desaparezca exactamente 853 días después del encuentro, es decir, casi dos años y medio más tarde. Será en Diciembre, lo que provocará que durante esas navidades y algunas más de las siguientes, el oriundo tenga un sentimiento muy desfavorable hacia las fiestas. Las detestará y se refugiará en su trabajo, quizá por ello sea tan decisivo el haber conocido al extranjero.

Pongamos que el oriundo es poeta, o mejor escritor, ya que los primeros son algo anacrónicos hoy en día, sea escritor pues. La repentina desaparición de una persona tan importante para él como el extranjero supondrá un aluvión de sentimientos y pensamientos que no será capaz de dejar salir de una mejor manera que con la escritura. Por ello, en esas vacaciones en que se sentirá sólo y marginado del resto de la sociedad, (e incluimos su familia) se dará a la escritura como algo purgativo y un tanto demencial, sin dormir, malcomiendo, viviendo como un autentico animal, lo que a sus veintitantos años será un algo desagradable y quizá demasiado extraño a ojos de la mayoría. Esa, esa será su opera prima, su primera gran obra, fruto amargo de un corazón roto por la perdida de una persona ajena a su mundo y tan importante como para nuestro planeta es ese satélite gris mate que gira alrededor de él.

¿Y si no fuera escritor? Pongamos que músico y entonces compondrá una pieza maestra, chirriante, diáfana o quizá extremadamente calmosa y llena de pequeños puntos de sonido como estrellas estallando, digna herencia de Varèse, Boulez o Grisey.

O quizá fuera escultor, o pintor y nazca así una obra digna de un neo-Rodin o un Rothko lleno de sentimiento y con una reflexión profunda y oscura como el final de Van Gogh.

¿Y si nada tuviera que ver con las artes este pobre oriundo de corazón desgajado? No quiero imaginarlo. Posiblemente, lo más probable es que cayese en una de esas espirales finitas, pero muy larga, oscura, nada iluminada; laberinto de soledad y tristeza del que saldrá difícilmente si el sentimiento fue verdadero o tendrá la suerte de pasar con pies ligeros si fueran mentira los 853 días en que el extranjero estuvo en su vida. Quizá esa sea la doble querencia que el oriundo le deba a su arte, una parte por saber sentir y la otra por saber salir de ese sentimiento.

¿Y al ajeno? A él sólo piedras y la vida tranquila.

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