El ajeno, la virtud y lo mejor

Si soy sincero me he quedado absorto en el título del “vuelapluma” anterior. “El extranjero” me ha llevado a pensar en la novela homónima de Camus, pero yo no elegí ese título buscando un paralelismo, sino que surgió fruto del azar, de la reflexión de los otros en el uno. Y sin embargo hoy he caido en el título y he recordado esa maravillosa novela de Camus, otro “lobo estepario” más junto con el de Hesse. Aún con todo, no tiene nada que ver una cosa con la otra y los argumentos son completamente antagónicos, y no se entienda mal, yo no pretendo compararme con ninguno de los autores citados. Simplemente pienso en voz alta, este es mi espacio, pequeño, minúsculo en el universo cibernético, humilde y carente de ninguna relevancia, pero mío y de quien lea estas palabras. Hoy pienso en ese texto que he escrito y en el de Hesse y en el de Camus y realmente no me parece que hablemos de cosas distintas en lo profundo (aunque cada uno a su nivel, y yo del mío soy muy consciente) pero sí creo que ha habido un error por mi parte.

En las novelas de ambos autores se escribe sobre el ser asocial, el ser fuera de la sociedad, de una humanidad construida por sí misma a lo largo de la historia, con valores constuidos. Es decir, de un constructo y del ser, del hombre que se deteniene y “ve” propiamente el constructo. “El extranjero” en Camus es un ser activo en ese mundo que no entiende por entenderlo, aunque sea paradójico. El lobo estepario de Hesse sufre por comprender su propia naturaleza y no aceptarla, luchar contra ella, contra el collar social que le han impuesto y que le encantaría arrancar a mordiscos. Mi extranjero es pasivo, desencadenante de lo que ocurre en el oriundo. Socialmente la interpretación es facil: el oriundo necesita del que está fuera para entender su propio mundo. Lo malo es que no hay nadie separado del mundo. El conocimiento parece la única forma de conseguir reflexionar de forma más correcta, ya que por supuesto no estamos dispuestos a aceptar que algo sea pobre o malo si nos gusta.

Escribo estas lineas escuchando el raggaeton de mis vecinos. Detesto esa “musica” me parece fea, algo que no participa de lo que yo entiendo como bueno, agradable al oido, como digno de la exaltacion de lo estético o de lo discerniente, es algo que no entiendo como arte. Y sin embargo hay muchos que aman esa música, igual que hay personas que solo ven películas como método de distracción, o leen historias con final feliz porque es eso lo que a ellos les agrada. ¿Quién es nadie para afirmar que Camus o Hesse, ambos premios nobel, son más dignos de la lectura? O que Beethoven o Pierre Boulez son “mejores” a quienquiera que ha compuesto la pieza de musica que tengo la desagradable obligacion de escuchar ahora. Parece producto de la pedanteria creer unos valores como mejores y sólo se me plantea una duda eterna e irresoluble, filosofía dura que parece una renovación del escepticismo. Conocí hace muy poco a una filósofa que trabaja precisamente en ese tema para su doctorado: “La duda como elemento conformador del conocimiento”. Entonces es el extranjero, no el mío sino el de Camus o el lobo de Hesse, quien tiene razón, esa eterna duda (que parece una maldición de los hombres) es la piedra clave de la humanidad. Pero si esto es así, la piedra clave tiene la desventaja de estar en el fondo del primer cimiento, ignorado por todo el edificio construido por encima, ciego orgulloso de la altura que ha conseguido. Lo malo es que la duda es irresoluble, que el extranjero caerá en la locura por no saber encajar en un mundo que lo juzga con reglas que no valen para él, porque es ajeno al mundo.

Yo finalizaba con una frase lapidaria: “¿Y al ajeno? A él solo piedras y la vida tranquila”. He de retractarme por respecto a Hesse y a Camus, aunque con un matiz. Yo hablaba en mi texto de un “extranjero” en el propio sentido geográfico del término, alguien que venía de otro pais y que juzgaba un papel vital para el “oriundo”. Yo tomé ambos términos con inocencia, sin pararme a considerar unos aspectos más profundos y en ese término he errado al trastocar su orden. Por consecuencia, mi última linea en lo profundo es un completo error. El escritor, el compositor, el pintor, el artista en fin, es decir, el ajeno o el extranjero es quien se salva, aunque sometido a la turbulencia de la duda. Es el oriundo quien vive con piedras y se estira perezosamente en la vida tranquila.

Por tanto, y con eso sí que terminaba yo, el artista, un buen artista que tiene en su poder un buen pedazo de conocimiento y una cierta inteligencia, es el único capaz de enajenarse, de extrañarse en un sentido Hegeliano, de conseguir hacerse mejor y comprender el mundo y evolucionar como ser humano. Eso parece lo coherente, hay personas que consiguen o buscan esto y son más virtuosas que el resto. Pero todo esto, sometido a la duda, se llena de sombras y a este que escribe le salta la questión de si no serán paparruchas aprehendidas que no valen nada. ¿Y entonces? Entonces nada.

Desolador.

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