El muñeco anacrónico

Frágil, débil como un muñeco, como un títere suspendido con invisibles hilos que le mueven. Tan frágil es… tan frágil que no es capaz de accionarse por sí mismo, de doblar la articulación de madera. Si lo dejásemos tirado en un esquina permanecería allí, sin levantarse, observando lastimosamente el mundo girar. ¿Patético? Quizá sea así la forma más adecuada de nombrarle, pues no es más que un pelele sin razón del que todos se pueden burlar. Incluso los niños se plantan frente al escaparate y hacen gestos obscenos dedicados a él, sacan la lengua y gritan insultos que no son tan infantiles como alguien idealista quisiera que fueran en su sociedad.

¡Pobre muñeco! Con sus zapatos feos y su actitud tosca y desmañada. Nadie se acerca nunca a él para jugar, todos los demás se entretienen riendo una y otra vez, flirteando incansables por las esquinas, al son de una caja de música que tintinea hasta el agotamiento.

Ya es navidad, no hay mayor momento de felicidad en el año y, sin embargo, nadie podrá descoser la mueca de ese títere, cambiarla por una sonrisa como la tiene aquel osito de peluche, orgulloso de la admiración de los más pequeños, tampoco tendrá una boca como la muñeca de labios sinuosos, ni ningún gesto alegre sino siempre triste, al igual que aquel payaso contrario al canon, convertido por su tristeza en otro canon distinto.

Y nieva, nieva tras el cristal, la ciudad se empapa de copos blancos que no llegan a cuajar. Nuestro títere se sienta allí, con la cabeza apoyada contra la fría superficie, observando cómo en la esquina se reúnen los amigos, cómo en el café de enfrente se besan los amantes, cómo tras de si la juguetería entera hierve de vida, de acción, de color. Sólo él es la excepción. Él, débil por la tristeza, frágil por su propia contrahechura, patético por su corazón desesperadamente esperanzado. No hay lugar allí para el muñeco anacrónico.

Se va, es lo único que puede hacer, es lo más inteligente. Un día sale del local y escapa, huye hacia el viento helador, hacia la nada eterna, buscando a nadie que le espera. ¡Tan solo! ¡Tan abandonado! Termina en un jardín empapado, tiritando, llorando sin lágrimas, con la garganta hecha astillas por la tensión que sufren sus venas. Allí morirá, abandonado por sí mismo, perdido y ahogado por un mundo que le ignora, que no se inmutará cuando se haya ido.

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