Indomable

Indomable, como las selvas africanas o las bestias de corazón oscuro que dormitan en el día y abren los ojos por la noche. Indomable era él en las navidades de 1973, con ese pelo siempre despeinado, que parecía incapaz de poner en orden. Los ojos eran oscuros y tenia un porte desgarbado, era alto, pero nada afectado. Alguien dijo que era un hombre rústico y yo negué con viveza, no me parecía el adjetivo adecuado. Su atractivo estaba en otro lugar y me propuse buscar cuál, por curiosidad, por aburrimiento. Al fin y al cabo la fiesta estaba muerta y no me apetecía hablar de política ni cotillear con los de siempre sobre las últimas conquistas sexuales del grupo o la ficticia metafísica de sus vidas. Si se querían crear un mundo propio sometido a sus reglas donde ellos mismos fueran distintos a lo que en realidad eran, terminé por comprender que era problema suyo, que los hombres lo hacían desde que existe nuestra raza y que se debía a un fallo en la personalidad. Yo, en mi inmodestia, lo achacaba a una inteligencia limitada y constreñida.

Pero volvamos a él, es una lástima que no recuerde su nombre, pero era un chico alto, sí, eso ya lo había dicho. Curiosamente, en contraposición a las apariencias, tenía un buen nivel de conocimientos, no le afectaban los aires modernos de muchos de los mal nombrado “creadores” que había en aquella misma sala, y tampoco hablaba excesivamente sobre ellos, de hecho tendía al silencio, a escuchar y opinar con una humildad genuina. Era extraño su presencia allí, como un animal auténtico rodeado de grupos de pintorescos, exóticos y maquillados artificios. Una poetisa, apasionada de Cortazar, dijo que era un puro cronopio. Podría ser una descripción bastante clara, aunque muy difícil para cualquiera fuera de ese mundo literario del argentino, o incluso para los que están dentro. Cronopio no era algo fácil de describir, justo como aquel hombre. Supongo que la descripción era apropiada.

Terminé concluyendo que esa era la fuente de su encanto, precisamente lo indescriptible de su persona. Había llegado a aquel punto cuando Salvador se subió a la mesa, borracho como nunca, y con su voz grave de filósofo o profeta abrió los brazos y clamó:

“¡Ah, necios que miráis los atardeceres esperando que vuestra pena se oculte con el mismo sol!”

He de decir que un escalofrío recorrió mi espalda, escuché risillas, muchas forzadas, a nadie le había gustado aquella sentencia que parecía decir la verdad hiriente que no gusta ver. Abraham negó, muy digno, e hizo una gracieta sardónica que alguno le aplaudió. Me lo esperaba de él, precisamente porque estaba seguro de que Salvador había dado en el quid de la mentira de su vida. O puede que fuera el vino la causa de estos pensamientos. No lo sé, pero una vez bajaron al filósofo de su estrado la fiesta continuó y me fije, otra vez, en aquel hombre, que había asistido ante la breve lección con un gesto tranquilo, no parecía haberle afectado y miraba en aquel momento a la ventana, a la noche.

Me acerqué, no pude evitarlo. La curiosidad mató al gato y yo siempre me he sentido algo heredero del mundo felino, al menos en ese campo.

-Una copa por tus pensamientos. –Dije, y lo recuerdo bien porque precisamente le ofrecí una copa con intención de despertar en él un agradecimiento que me devolviese saciando mi curiosidad.

Me aceptó la invitación, sonrió amablemente y bebió un sorbo.

-No hay nada importante –respondió brevemente-. Pensaba que Salvador tiene razón, hay personas a las que les gusta quejarse para darse importancia, pero esperan que los problemas desaparezcan sin más y los ocultan en vez de solucionarlos.

Luego bebió un trago más, dándome a entender que eso había sido todo lo que cavilaba.

Creo firmemente que aquel hombre tenía razón, de forma sencilla expresó precisamente lo que yo mismo rumiaba no mucho antes. Observé a Salvador, que a su vez miraba con odio borracho a Abraham por la broma que le había gastado a sus espaldas; noté desprecio en aquella mirada. Luego me fijé en Abraham, ficticio todo él, hueco, puro maquillaje, su vida era una ilusión tejida por él mismo, que creía devotamente aunque fuera inventado, pues él no lo veía así.

Negué apesadumbrado. Es triste, creo, tener un corazón accionado por emociones egoístas, que no es capaz de sentir algo por otro o de realizar cualquier cosa gratuitamente. Un corazón que se mueve sólo por él mismo, por su beneficio, que espera dar la imagen adecuada de cómo querría parecer ante los demás. Esas personas no aman, sólo ambicionan. El consuelo de estos pobres entes artificiales es que, al igual que el ignorante, ignoran aquello que precisamente ignoran. De esta manera viven felices, aunque lo que vivan sea una mentira.

¡Qué feliz es quien ignora!¡Qué feliz es quien miente tan bien que se cree sus propias mentiras!

Por suerte siempre existirán hombres indomables sobre los que nadie, y mucho menos aquellos que se mienten a sí mismos, conseguirá tener potestad o extinguir su inocencia.

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