Cuento de Navidad I

En navidad se produce un caso curioso, los habitantes de las ciudades huyen a las provincias buscando sus orígenes, como huérfanos tropezando en pos de esa madre ausente, buscando los fantasmas del tiempo pasado. Pero antes sienten la necesidad de lleva regalos, han de dedicarse incansablemente a la compra de un presente digno, algo cuanto más caro y brillante mejor.

¿Qué ha ocurrido? ¿Feliz navidad? ¡Paparruchas! Héctor se siente más Scrooge que nunca cuando pasea por las calles de Madrid bajo los miles de Euros eléctricos que destellan de las luces navideñas. Caminar por la calle mayor es como hacerlo bajo cataratas de brillantes de Swarosvski. Pero lo peor es la gente, oleadas de personas que buscan regalos por doquier, que tiene prisa o demasiada calma, que se detienen en medio de la calle e impide que el gran caudal de cabezas siga su curso.

A Héctor le gustaría gritar, pero no lo hace por convenciones sociales, no lo hace porque si empezase a gritar y a golpear a la gente le considerarían un demente y le llevarían preso al calabozo o, en el peor de los casos, a un blanco e higiénico manicomio. Pero se contiene, se contiene y algo hace “click” en su cerebro, algo cambia y el doctor Jekyll se ve sorprendido por la fuerza de su alter ego, que entra en escena pisando fuerte, tan fuerte que Héctor se marea y se convierte en uno de esos obstáculos que ponen furiosos al resto de caminantes. Huye a la seguridad del muro cercano, pero le golpean sin compasión. No tiene ganas de quejarse, no sabría a quien dedicarle su insulto. No puede ver la realidad, tiene explosiones de colores ante sus ojos, ilusiones leves, pero que le preocupan. Llega a tocar la pared y se refugia en una tienda en la que ha entrado sin pretenderlo. Nadie se fija en él, hay demasiada gente y mientras los posibles compradores parlotean y sacan el género, los tenderos tienen prisa por ir de un lugar a otro para colocar la ropa que sus clientes se afanan por descolocar. El ajetreo es exagerado, pero a Héctor no le preocupa, se siente algo mejor. ¿Sí? No, realmente no. Se siente acosado, todas esas personas son enemigos. Huye.

Sale a la calle, agresivamente, como si él mismo fuese un ariete golpeando el muro viviente de hombres ceñudos, mujeres parlantes y ancianos tranquilos. Le reciben con hostilidad, gritan, alguien tropieza con su pierna, le insultan, pero Héctor se gira hacia la persona que lo ha hecho. Algo percibe la mujer en su rostro porque ya no dice nada, su expresión pasa del enfado al miedo. Pero a él no le importa, se marcha, sale de la calle, busca el camino por el que menos gente haya y consigue huir. Camina, camina cegado por la rabia, que agolpa la sangre en sus ojos y sus sienes. Escucha un zumbido en sus oídos y nada más.

Y la vida sigue, la vida no se cansa. Los caminantes, monstruos entregados a los vicios de una sociedad que han aceptado como niños sumisos, se comportan exactamente como todos quieren que se comporten. Incluso aquellos que se salen de la norma lo hacen según lo establecido, según lo que “ellos” (y con ellos se refiere a un ente monstruoso llamado estado) desean y han previsto.

Héctor siente nauseas. ¿Es la locura? Se lanza como un demente hacia un bar, el peor que ha encontrado, y entra. Allí están los de siempre, los pobres infelices sin familia o con la parienta buscando regalos mientras ellos se riegan el gaznate con cerveza o vino malo. Juegan a las cartas, observan el fútbol y miran el vacío con ojos vidriosos. Borrachos y desgraciados de clase baja.

Héctor sonríe algo torvo, se cree superior a ellos, pero superior en un sentido muy obsceno, muy oscuro. Él es una gran sombra que sabe alargarse y acaparar el horizonte, de alguna manera él les hace sombra, pero aquellas personas no lo notan, se limitan a echarle miradas vagas y volver a sus quehaceres.

Decide sentarse en la barra y pide whisky, del peor que tienen, doble. El brebaje sabe a rayos, pero lo traga, agradece que sus papilas gustativas se revelen. Significa que no está loco, que todo funciona bien. De pronto respira y mira a su alrededor. De pronto ha vuelto a la realidad, Hyde ha desaparecido, su “ataque” ha remitido. Se siente estúpido por su actuación, por haber empujado a aquella pobre señora, por su comportamiento errático y preocupante. ¿Está todo bien? No lo sabe. Mira a las personas del bar y ahora los ve como un peligro, le preocupan, le dan miedo.

Héctor paga y se va, nervioso, sintiéndose pequeño. Sale a la calle y allí hay toda una orquesta callejera cantando villancicos desaforadamente. Él les mira. ¡Qué terrible le parece el espíritu navideño cuando no se comparte! Se siente, de nuevo, el Scrooge del cuento, pero lo vive como si fuese un paria y aquello le entristece.

No, definitivamente no se encuentra bien. Héctor decide volver a su casa y tumbarse un rato en la cama para descansar, para sanear su enloquecida y estresada mente. Ya comprará en otro momento los regalos, ahora prefiere, necesita irse a casa.

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