Nocturno Nº2

Me dirijo a algún lugar de la geografía o mejor sería decir que me llevan. Yo no conduzco, me han relegado al asiento de los niños y de los personajes importantes con traje; es decir, el asiento de atrás.

El piloto dirige el coche entre montañas que han cedido al poder de una civilización que ha reventado sus laderas para construir mejores caminos que nos lleven de un lugar a otro. Realmente somos una raza muy inquieta. Eso es lo que pienso mientras miro la noche azul por la ventanilla. Acaba de terminar el ocaso, pero la luz muerta aún subsiste tras las nubes alentándolas para brillar fantasmal, con ese color azul y plata sobre el que se superponen colinas y ramas desnudas tan negras que ha de parecer que tiene ya más de noche la tierra que el cielo, como si por ser más mundano el mundo se pervirtiera con la nocturnidad del cosmos exterior.

De cuando en cuando los ojos captan una línea de estrellas que parpadean sobre la silueta oscura de algún monte en el horizonte. Son los modernos molinos de viento, recordando al mundo que siguen allí siempre, aunque la negrura les engulla, girando incansables sus brazos, esperando a la resurrección de Alonso Quijano o tal vez Quijada.

Pero ellos también desaparecen. El coche prosigue su marcha por ese río de asfalto, deja a un lado las luces naranjas de una ciudad no muy grande y así persiste, directo y sin pausa. Allí vive gente que sale de trabajar, que comienza a pensar en hacer la cena; niños que juegan; personas que leen o escriben o miran la televisión embobados en el programa de turno o se emborrachan o se arropan con cartones en algún rincón no muy frío de la calle. Todo eso debe de existir en esa ciudad que ya se ha dejado atrás. Aquella urbe que yo sólo veía como un caos de luces debe de tener tantas historias como habitantes, debe bullir de una extraña energía que yo no percibo, ni me importa. Posiblemente a nadie.

Y el camino continua, pero ya se ha apagado en el cielo la luminosidad azul y el negro gobierna sobre nosotros abriendo el ojo a las estrellas brillantes, lunares del cielo que quieren mostrar la personalidad y dan un poco de credibilidad a los dioses de barro y oro que aquí abajo adoramos con esa triste necesidad de creer en algo perfecto que duerma allí junto con las estrellas. Niños huérfanos llorando al cielo, cegados por sus lagrimas, buscando destellos a los que pedir un deseo.

Pero vendrán nubes que tapen la bóveda celeste, ennegreciendo el mundo, relegándonos a un mundo de pesadillas donde las imaginaciones crean esas criaturas negras y tristes que aúllan a la luna cuando está llena o que vagan por las ciudades entre los hombres, atormentando el sueño de pobres mentes aburridas o infantiles.

Noche, matriz fértil de creaciones raras y de historias comunes, que a su luz sinuosa y artificial parecen más extrañas, menos reales, y que también impregnan todo del polvo de lo desconocido, del misterio o de lo extraño y seductor.

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