Lo mejor de 2010

Hacer una selección de cualquier cosa es bastante complicado. Elegir lo “mejor” de algo puede ser pretencioso y difícil. Pero en el mundo tan efímero de los blogs, cuando uno escribe y escribe, publica y publica, rara vez echa uno la vista atrás y apenas nunca se relee lo ya publicado. Por eso me surgió la idea de esta lista sobre los escritos que yo considero como los mejores o más dignos de ser releídos. Si uno hiciera una selección más cuidada de lo que cada día se publica, posiblemente no hiciera falta escoger de entre todos “lo mejor”. Pero el tiempo y la disposición no siempre son iguales, por eso quizá sea necesario dicha selección. También por asuntos más simples, como por rememorar o por rescatar algo que merece ser leído, que es más o menos bueno entre toda la cantidad.

Absoluto
Un vuelapluma sobre lo trascendental, sobre las ideas, la imaginación, lo indefinido. Un texto breve de pura abstracción que habla de encontrar la verdad o el significado de algo. ¿Quizá la felicidad?

Desconstrucción distópica
Otro vuelapluma, una suerte de definición o de búsqueda de la estructura última de términos tales como el amor o la vida, una búsqueda de sentido o, mejor dicho, sinsentido.

Indubitable
Texto sobre la lucha entre el bien y el mal, una digresión sobre la interioridad de la naturaleza humana y la pugna de lo más oscuro por salir a la luz.

Digestión inteligente
Un vuelapluma que habla de la inteligencia, de la lectura, de la obsesión por el conocimiento y de la locura que viene después, cuando esa sapiencia ocupa todo en la vida y ciega nuestro mundo a todo lo demás.

El diablo
Un relato sobre los deseos contra las convenciones de la sociedad, la infidelidad, el miedo a ir contra las normas, el amor y la pasión desbordante encerrada, frenada y que estalla cuando no puede más, provocando aludes y cataclismos.

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Célula 101

-Hay algo dentro de mí que no funciona, que está mal. Algo oscuro, tenebroso… No sé cómo empezó, pero no me deja vivir. Apenas soy capaz de hacer nada porque me atenaza el miedo a algo, sin embargo no es nada concreto. No tiene sentido porque el miedo en general no existe, sólo existe el temor a cosas singulares. Pero tengo miedo de nada y ello me preocupa. ¿Qué será de mi doctor? No puedo vivir, no puedo trabajar, no tengo esperanzas ni deseos, lo único que quiero hacer es dormir, descansar, quedarme en posición horizontal acurrucado en la cama y mirar a ningún lado, a la nada. Dejar que pase el tiempo…

El doctor le miró muy serio. Sentía un escalofrío al escucharle hablar, lo sentía porque se veía identificado, porque él también se encontraba así. Pero eran casos muy distintos, completamente distintos. Desde que el paciente había comenzado a hablar sabía lo que tenía, pero le dejó explicárselo, como si buscase un remedio para sí mismo. Una cura para esa tristeza crónica, para esa desesperanza.

-Vivo maquinalmente, doctor, por impulso, por no suicidarme, porque no entiendo el suicidio. Pero vivir así no es vivir, vivir así es un tormento y no sirve, no sirve para nada.

El médico tosió aclarándose la garganta para que su turbación no fuera demasiado evidente.
-¿Cuándo empezó? –preguntó.

El paciente parpadeó varias veces, recordando.
-Hace meses. Creo, doctor, que se debe a mi desencanto por la vida. No le encuentro nada bueno y eso es muy triste. ¿no cree?

-Sí, tienes razón, es muy triste… –respondió en un suspiro.
Se levantó acercándose al paciente, pasó la mano por sus ojos y este los cerró. Le desabrochó los botones rápidamente, pues se habían diseñado para que fuese fácil quitarlos. Cuando el pecho del paciente estuvo al descubierto palpó la superficie de piel caliente, el contacto le turbó. Sentía latir un corazón allí. Por un momento dudó pero luego sacó de su bata el destornillador y accionó el resorte que habría el pecho. El mecanismo funcionó bien, abriéndose y revelando el interior mecánico de aquel hombre que no era tal. El doctor buscó con ojo de experto la célula 101 y, como suponía, la encontró quemada. La quitó y la cambió por otra, luego cerró el cuerpo, abrochó los botones y pasó su mano ante los ojos cerrados de aquel ser, que al punto los abrió.
-¿cómo te encuentras? –preguntó.

El robot asintió, parpadeando varias veces.
-He de regresar a mi puesto de trabajo, doctor. –dijo maquinalmente.

-Claro, ve.

El paciente se fue, perfectamente reparado, pero dejó al médico sumido en sus pensamientos. ¡Qué fácil era arreglar a una maquina! Pero a sí mismo no podía cambiarse una célula y conseguir que todo fuera bien. Le espantaba el lenguaje de los androides cuando la 101 fallaba, parecían casi reales, completamente humanos, como si presentaran una depresión terrible de la que no fueran capaces de salir. A veces se pensaba que la 101 era la célula que les dotaba de humanidad, pero sabía que no era así porque cuando esta estaba bien se volvían tan fríos como siempre. Lo peor para el doctor era que ponían voz a sus propios pensamientos. Así se sentía ese hombre real: terriblemente sólo, sumido en la oscuridad, espantado por nada en concreto, sin ninguna ilusión que le impulsase a levantarse por la mañana. Vivía maquinalmente, como un robot, pero no sabía qué hacer para salir de aquel estado, era incapaz. Por un momento el doctor se imagino algo dentro de si mismo roto, quemado, astillado y ennegrecido, algo que no se podía cambiar, que le condenaba a aquel estado perpetuo.

El médico suspiró, desolado. Apretó un botón para llamar al próximo paciente y esperó con la vista perdida en ningún lugar.

Un tema imposible

Sus ojos oscuros observaban el infinito espacio, buscaba en los puntos de luz formas imaginarias que tuvieran algún significado, pero fue en vano.

-No hay nada allí arriba –sentenció.

-¿Nada? –preguntó Adam a su lado, levantando la vista del libro en el que tenia puesta su atención.

-Bueno, me refiero a nada trascendental. Por supuesto habrá astros ardientes, planetas, cometas, asteroides y muchos otros cuerpos celestes. De seguro debe de existir vida más allá, en algún lugar. Pero mi nada se refiere a una nada trascendental.

-A Dios –Sugirió Adam.

Su interlocutor se encogió de hombros.

-Llámalo como quieras.

-¿Y cómo estás seguro de que no existe nada?

Por un momento el silencio se mantuvo entre ellos, un silencio contemplativo en que los dos tenían la cabeza puesta de tal forma que miraban el cielo tranquilo, que parecía inmutable.

-¿Tú qué piensas? –preguntó su interlocutor en lugar de responder.

-Bueno, es una respuesta difícil, amigo mío.

-¿Pero…?

-Creo que algo tiene que existir.

-¿Un dios?

-No.

-Uhm… –murmuró.

-¿Qué ocurre?

-Eres evasivo.

Adam suspiró, conocía muy bien el carácter de su amigo, pero muchas veces olvidaba que no sabía mantener una conversación difusa, para él todo debía de ser analizado, descifrado, comprendido y aprendido.

-Creo que es un tema muy difícil, que a los terráqueos nos ha llevado mucho tiempo, que nosotros mismos hemos complicado buscando en esa negrura brillante que tu miras algo que explique todo –Hizo una pausa, su amigo le observaba con seria curiosidad-. Es decir, hemos creado tantos dioses, tantas mitologías, tantos imaginarios que uno ya no puede saber a ciencia cierta si hubo algún fundante real para pensar en la existencia de un ser superior.

-Pero has dicho que hay algo.

-Sí, pero muy por encima de todo eso. No creo en un ser inteligente, superior, preocupado por el destino del mundo o del universo. No creo en un ser creador ni guardián ni nada similar. Todo eso sabemos que ha sido manipulado una y otra vez por poderes y personas muy mortales. Pienso que algo existe, pero algo como una fuerza primigenia, una X ecuacional que es imposible de despejar con nuestro conocimiento e intelecto limitados.

El amigo miró a Adam asintiendo, gesto que significaba que había comprendido. Luego volvió su vista hacia las estrellas.

-Sigo pensando que no existe nada.

Adam suspiró buscando paciencia.

-¿Por qué? –preguntó dócilmente.

-Demasiado tiempo sin dar signo de actividad.

-¿No es reducirlo todo a una respuesta mi sencilla?

Su interlocutor observó largamente a Adam.

-Has sido tu el que ha indicado que los “terráqueos” os complicáis demasiado.

El aludido sonrió ampliamente:

-Es cierto… ¿pero “os”? mi buen amigo…

-Yo no me complico, no entro dentro de esa calificación –dijo cortandole.

Los dos hombres sonrieron.

-Entonces -añadió Adam- ¿cómo explicarías tú todo eso que contemplamos?

El interlocutor volvió su mirada oscura hacia el universo. En la noche, dicen, somos más creativos, nuestro cerebro es capaz de concentrarse mejor. Quizá por eso a una persona con una inteligencia tan amplia como la de aquel hombre se le ocurrió responder de la manera en que lo hizo. Adam, que casi le igualaba en capacidades cognitivas, le escuchó con paciencia, entendiendo sus palabras, preguntando en el momento en que era necesario aclarar algún termino. Cuando ambos terminaron de hablar permanecieron con la satisfacción de haber compartido una grata conversación en buena compañía, pero ninguno movió un ápice su idea sobre lo trascendental, sobre el universo. “Incomunicación” espetó el interlocutor en un momento dado, pero Adam negó con paciencia y le corrigió. “prepotencia”, dijo, “pues nos pensamos capaces de encontrar la respuesta”.

Un hombre soltero


Titulo original: A single man
Autor: Christopher Isherwood
Editorial: Debolsillo

Isherwood (1904-1986) es, a juicio de este humilde servidor, uno de los novelistas más fascinantes del siglo XX. Fascinante por muchas razones, entre otras por el recorrido de su vida, sus amistades (W.H.Auden, A Huxley), su acercamiento al nuevo arte (el cine), su obra donde recoge tanto filosofía oriental como la atmósfera de la Alemania prenazi, y también su manifiesta homosexualidad que es fundamental para entender su obra, ya que mucho del fondo de esta (y ya no sólo en el fondo, también en la “superficie”) se encuentra precisamente en los problemas de los homosexuales en su época.

Desgraciadamente Isherwood es un autor bastante minoritario en nuestro país y del que no se había leído mucho, hasta que el año pasado Tom Ford se adentró en el mundo del cine adaptando, precisamente , la última (y más brillante) obra del autor: A single man.

Precisamente es acerca de esta novela de la que hablamos. Lo primero que entendemos en su lectura es que no se trata de una novela común, encontramos aquí una de esas obras que deberían permanecer, que son, de alguna manera, importantes, destinada a convertirse en un clásico que debería ser leído ya que su calidad es sobresaliente.
La novela nos revela una gran influencia de Virginia Woolf (que en el inicio de la producción de Isherwood era más acusada) y podríamos entender “un hombre soltero” como surgida tras la lectura de “La señora Dalloway”, si bien son textos muy distintos.

La novela trata sobre la vida de George en un solo día, un día trascendental donde (de algún modo) se decidirá su destino. Sin embargo no es algo épico, en absoluto, ni peca de grandilocuencia ni busca sorprendernos con la disertación de su filosofía. Si Ford eligió esta novela y no otra es por la fuerza con la que le afectó su lectura, no es de extrañar. “Un hombre soltero” es una novela sencilla, pero también es una novela de crisis, en el sentido de que el protagonista está inmerso en su crisis. El conflicto interno del personaje se debe a la reciente muerte de su pareja, a la edad, se va haciendo viejo y ello le pesa, a la monotonía de la vida y a los problemas comunes que él, individualmente, tiene. Isherwood escribe sobre las percepciones de George, igual que Woolf escribía sobre las de su Mrs. Dalloway. Una novela, en fin, sobre la vida, sus avatares y, sobre todo, sus riquezas contrastadas.

El estilo es sencillo, expresa mucho con muy poco, en un vocabulario depurado donde nada sobra, donde el narrador interactúa con el lector, contándole la historia de George en tercera persona, como una suerte de observador que comenta esa vida que es exageradamente real, plausible y simple, pero cargada de un fondo, con una trascendencia de sentimientos enorme. Porque nada importa realmente de todo eso complicado que llevamos en el día a día, sino que se trata de la aproximación a la vida de un hombre real. De hecho sería muy iluso pensar que se trata sólo de ficción. Conociendo la obra de Isherwood que haya mucho de personal y autobiográfico en esta obra no nos ha de sorprender y, es más, nos pareceré evidente. De ahí quizá la riqueza y lo cercano de la novela.

Publicado en La biblioteca de Babel el 23 de Noviembre de 2010.

Conversación unilateral atemporal

A veces ella te ha visto hurgar entre las macetas del jardín de Laura. Lo sabes, pero no te importa porque tienes quince años y para ti los colores de las flores son el sentido de tu vida. Eres una niña un poco traviesa, muy callada, que mira con curiosidad, con inteligencia, no como el palurdo de tu primo que sólo sabe dar patadas a un balón. Te cae mal, pero tienes que aguantarle porque tiene doce años y tú ya te piensas muy mayor.

Pero pasan los años, creces, maduras. Ya no juegas con la tierra de las macetas, pero te sigue embriagando la fragancia de la tierra húmeda y de los colores floridos. El amarillo es tu favorito. Vives cerca de un río, en un pueblo no muy grande. Habitualmente en primavera y otoño te sientas sobre las piedras grandes cerca del puente y miras el agua con tus ojos verdes. Un día te pregunté qué hacías y me respondiste que buscabas el plateado viscoso de los peces grandes que saltan de cuando en cuando de las frías aguas. Nunca me extrañó que tu fascinación por el color te llevase a pintar, pero apenas lo hacías. Eras muy modesta y también muy practica (culpa de tu padre). “Perder el tiempo está mal”, era lo que él te solía decir. Tu agachabas la cabeza con tu nariz respingona de diecisiete años y la volvías hacia la ventana, buscando más allá a los chicos guapos que te miraban en el colegio. El día de tu dieciocho cumpleaños Juan te besó, muy tiernamente, sabía a fruta, eso fue lo que pensaste.

Y Juan pasó, junto con otros que vinieron después. Creciste y se te borró la inocencia del rostro. Pero la mirada de color se quedó, ese furtivo cazador que guardaban tus pupilas hechizó a muchos que cayeron a tus pies. Con veinte años te fuiste a la ciudad, te metiste en una academia de arte y pintabas durante todo el día. Aquel cuarto tuyo, viejo y destartalado, se convirtió en una paleta de colores. Te encerrabas cada día, apilando lienzos, llenando cuadernos. Cuando terminabas un cuadro salías a la calle a buscar inspiración o quedabas con algunos amigos para relajarte, para buscar nuevas sensaciones.

Así transcurrieron cinco años y expusiste, con no mucho éxito de critica, pero sí de ventas. Eras demasiado clásica, decían, pero te admitían un dominio del color magnifico. Te mudaste y empezaste a trabajar en una galería al tiempo que seguías pintando. Eras feliz, sencillamente feliz.

Y llegó Elena. Jamás habías conocido a una persona así, llena de energía, de espontaneidad, de genio. Era toda una intelectual, sabía de todas las materias, de todas las artes y era una conversadora mordaz, que no te dejaba escapar indemne de una charla sobre cualquier tipo de tema relacionado con sus conocimientos. Te atrapó y tú también produjiste un interés enorme en ella. ¿Cuanto estuvisteis juntos? Seis años, sí seis años en los que viviste radiante, bellísima, con tu trabajo mejor que nunca, vendiendo mucho, encantando incluso a los pedantes de las revistas y museos. Te hiciste un nombre en el mundillo. Pero ella se fue, se marchó más allá del océano porque necesitaba un cambio, porque su naturaleza temperamental y salvaje no podía estar mucho tiempo encerrada en la jaula de una relación seria. Lloraste, mucho, y entonces tu pintura cambió. Tu paleta se hizo oscura, pero te aplaudían aún más y tú no lo comprendías, pero les dejabas aplaudir y sonreías falsamente esperando el cheque que pagase la factura de la luz.

¿Pero qué te ha pasado, amiga mía? ¿Qué te ha pasado? Hace ya muchos meses desde que terminaste tu último cuadro y ya no pintas. ¿Qué ha ocurrido? Te veo y apenas te reconozco, sin arreglar, descuidada, siempre enfundada en los mismos jerséis grandes, como buscando un calor que no tienes. Me entristece tanto verte así… Y no puedo hacer nada… Ya no encuentro ese color en tu mirada, no está el buscador de matices que tanto nos fascinaba a todos. ¿Donde ha ido el cazador? No lo sé, supongo que hubo una tarde en que te cansaste, en que tu animo tocó fondo, cuando ya solamente pintabas con negro… ¿volverá el color? Espero… Espero que sí, me encantaría, me harías feliz con ello.

Hoy la hija de Laura te ha visitado y te ha alegrado el día, lo sé porque me lo has dicho. Habéis tomado café en ese sitio que tanto te gusta. ¿sonríes? Ves… no todo es tan malo. Sé que ella te ha recordado cuando tenías quince años y te pasabas las tardes en aquel jardín soñando con colores, hundiendo los dedos en la tierra húmeda de las macetas.

De escritores y lectores

Escribir, o dedicarse a esto de las letras, como quien dijo en su día buscando esa modestia quizá innecesaria, no es fácil. No es fácil o al menos a este que suscribe no se lo parece. ¿Qué ocurre? Los genios no nacen, se hacen. Es cierto que unas predisposiciones genéticas aceptables ayudan. Desengañémonos pues alguien más inteligente tendrá una mayor capacidad a la hora de afrontar ese reto de la escritura o de otra de las artes.

Es difícil dedicarse a crear cualquier arte. Parece que no, parece que hay un publico, un gran publico a quien los artistas les parecen cuentistas que vaguean y apenas hacen algo. Siempre ha habido personas que pensaban de esta manera. Siempre las ha habido y siempre ha sido un sector de la población bastante más amplio que el que aprecia la cultura. ¿Por qué? Bueno… no todo el mundo es capaz de apreciar ciertas cosas… pero esto suena a elitista, a una especie de énfasis del sentirse superior y no lo es… al menos no por una parte, pero sí por otra. No, no me hago un lío, me explico: a muchos les puede sonar mal esto, parece algo lleno de prejuicios y de feos preceptos superiores. ¿Pero acaso no lo es? La mayoría de las personas se olvidan, porque estamos muy ocupados, de pensar. Parece tonto por lo obvio que es, pero en una sociedad donde el tiempo nos engrilleta las muñecas, donde todos los aparatos tecnológicos llevan un reloj que nos indique el tiempo para que no podamos llegar tarde o pronto a algún lugar o para ser más eficientes, donde siempre andamos con prisas y tenemos que estar muy ocupados estudiando o trabajando o cuidando de los niños o disfrutando de las vacaciones perfectamente planificadas, en este mundo no pensamos porque no tenemos un periodo de tiempo planificado para ello. No pensar está bien, si no nos preguntamos si somos felices, si no nos paramos a preguntar si estamos tratando bien a nuestra pareja o si actuamos de la mejor manera, si no meditamos si nuestros hijos están siendo educados correctamente, entonces no habrá problema. Es algo así como obviar lo evidente, pasamos junto a ello continuamente, a diario, pero no vemos los problemas porque estamos ciegos yendo a alguna parte. Ninguno de nosotros somos libres pues le pertenecemos al tiempo (o queremos pertenecerle).

Pero parece que me he salido del tema inicial, aunque no es cierto; el escritor, el artista es uno de esos personajes anómalos que piensan por el resto. Lo que pasa es que el arte se ha globalizado mucho y ahí tenemos a autores de masas que dan a su público un imaginario perfectamente masticado y muy sencillito. Bueno, esto no es nuevo, siempre lo ha habido y está bien. Luego tenemos a los otros, los que pretenden crear un “arte” (del tipo que sea) ya no diré novedoso, sino más “virtuoso” y perdónenme la palabra, que es muy subjetiva y equívoca. Estos otros son los “custodios morales” de la humanidad, por así decirlo también, son esa conciencia que habla desde lo más profundo esperando que haya alguien que la escuche, esperando que la razón y los hechos se dignen a prestarle atención. Pero la conciencia nunca ha destacado por ser divertida ni agradable, sino todo lo contrario, suele ser agresiva o al menos irritante.

La cuestión que el artista se debe de hacer es precisamente sobre esta disyuntiva de grupo. Hay que elegir un bando y los dos tienen ventajas y desventajas. Las ventajas del grupo de la gran masa es, precisamente, la fama, los aplausos, el dinero y la buena acogida de la obra; del otro bando encontramos una especie de quintaesencia de lo “sublime” si el autor es exageradamente bueno, (cosa rara y difícil de encontrar, huelga decirlo) o si logra tener algo de esa deseada genialidad, ya sea una riqueza de pensamientos aunque el artista no llega a esa genialidad, será igualmente muy aún así también. La aceptación, eso sí, suele ser mucho menor. El escritor suizo Ludwig Hohl llegó a decir que la fama y la calidad del escritor son inversamente proporcionales. Ahora que levante la mano quien le conozca… pues eso. Sin embargo, ese tipo de frases, y esta no es más que otras, son pura anécdota, pero pone de relieve la sociedad en la que vivimos donde no se aprecia una calidad, un fondo en la obra, al menos no es algo común que la mayoría lectora (o sensible del arte que sea) aprecie. Parece una cuestión a la que muy pocos llegan.

La difícil elección del artista (de aquel que pueda permitirse elegir, claro) será optar o bien por una obra pobre, pero aplaudida o por una más trabajada y poco conocida. El trabajo de la segunda es más ímprobo, pero tendrá la satisfacción de crear algo realmente bueno. La primera requiere menos trabajo, pero por el contrario puede resultar ofensiva para su propio creador, quizá una vergüenza. Ambos géneros son aceptables, sin embargo, sencillamente son distintos. Cada quién ha de decidir en qué lado quiere estar. Alcanzar la síntesis entre las dos sería lo mejor, lo deseable para el artista. Si fuese capaz de engendrar una obra buena, intelectualmente muy meditada y a la vez que el público sepa apreciar (en sus muchas facetas y calidades) sería uno de esos escritores grandes, muy grandes, que la historia ya ha dado. Al fin y al cabo si Shakespeare, Tolstoi, Hesse, por ejemplo entre muchísimos otros, han llegado a ser considerados autores de tal categoría, es porque alcanzaron esa preciada síntesis.

Lo difícil de este mundo contemporáneo, y estamos a principios de la segunda década del siglo XXI, en un periodo que nadie sabe calificar (aunque eso será tema de otro artículo) es que alcanzar ese punto medio partícipe de las dos partes se hace más difícil. Esta sociedad global empuja a los grupos intelectuales a un campo marginado de pedantes eruditos; y al resto de grupos a ese otro campo neutro donde se ignora y no se posee curiosidad. ¿Seremos capaces nosotros, los que queremos escribir hoy, de acercarnos algo a ese punto medio, “virtuoso” aunque no seamos genios? No lo sé, y esa respuesta desalentadora hace peligrar incluso la motivación a la hora de escribir. ¿Alguien nos lee? ¿Alguien nos aprecia? A este que suscribe cada vez le dan más ganas de enfundar la pluma, será que soy pesimista.

El conformista

De no ser por su linaje jamás habría llegado hasta allí. Aunque linaje es una palabra escabrosa, monárquica y mal utilizada. Algo sucio que casi puede usarse como un insulto que refiera su actitud conservadora. Las palabras son peligrosas, sobre todo en política, y nunca están faltas de su sentido semántico. Toda una bomba fácil de usar que la mayoría ignora y no se para a pensar.

Por eso Eduardo Gutierrez Lancia sonreía siempre que su empresa ganaba unos millones. Ya no por el gusto económico, por las facilidades que aquel dinero le permitiría o por el prestigio de sus ganancias, que también, sino por aquello de poder hablar y hablar diciendo todo lo que quisiera con una impunidad bastante amplia, pero sobre todo con una malicia permitida y un conocimiento de causa complejo.

Eduardo no podría haber llegado allí de no ser por su familia, por su padre más bien. Y es que los millonarios de hoy en día siguen siendo iguales a los de siglos anteriores, es decir, hijos de otros millonarios, pero ahora la única diferencia radica en que, además de amasar montones de dinero, de vestir ropa cara y rodearse de belleza, deben de hacer otra cosa. Ser grandes abogados, médicos, políticos o presidentes de sus compañías, pero presidentes de verdad, de los que se pasan horas tras el escritorio haciendo cualquier cosa productiva. Ya no pueden dedicarse al ocio perpetuo, eso sería visto como una excentricidad y Eduardo Gutierrez Lancia era conservador, no lo olvidemos.

Su padre, Federico Eduardo Gutierrez Nervón, fue hijo de un banquero y había creado su primera empresa con treinta años, quizá algo mayor ya para ser un joven talento, pero fue muy beneficioso para la España de entonces. Aquella empresa era siderúrgica, pero la vendió rápidamente. Luego vio el filón de las telecomunicaciones y ahí se quedó. A la jubilación de Federico su hijo Eduardo le siguió con una alegría nada disimulada. Al fin y al cabo su padre le había educado para que le sucediera. Algo así como un rey prepara a su heredero para que ocupe el trono a su muerte. En el mundo de las grandes empresas es igual, sólo que la jubilación (tardía, eso sí) sustituye a la desagradable muerte. Cuando Federico abdicó, pues, Eduardo entró en la empresa sin producir grandes cambio, manteniendo la línea que su padre le había enseñado y que le seguía sugiriendo en las cenas familiares (todos los domingos). Eduardo se casó con la hija de un político y su suegro le insistió durante unos meses hasta que por fin se hizo socio del partido político conservador de su país. Realmente no le interesaba demasiado ese mundo, pero era por no hacerle el feo a su suegro. Cuando Federico murió su hijo se vio por fin libre de dirigir la empresa a su antojo. Los cambios fueron importantes y comenzaron a percibirse irregularidades que nadie entendía. La fundación de la empresa tenía un presupuesto exagerado, por ejemplo, y los artistas que exponían en ella no eran excesivamente conocidos. Los proyectos de investigación se congelaron, los contratos con el gobierno se cancelaron (bueno, no todos). Y toda la familia, tanto la sanguínea como la política, se echó encima de él exigiéndole que rectificara, que paliara esa crisis que la empresa sufría o finalmente lo perdería todo: dinero, prestigio y la empresa.

Eduardo se atosigó y decidió volver a la línea de su padre. El retorno fue muy costoso, perdieron millones, las acciones bajaron exageradamente y los invasores estaban muy descontentos. Pero llegó un momento en que la cosa mejoró y con el paso del tiempo todo volvió a su cauce. Y funcionaba como siempre, maravillosamente, “como un reloj”, repitiendo la frase favorita de su difunto padre.

Hoy Eduardo miraba por la ventana de su oficina, pero no miraba nada en concreto. Su mujer le había reprendido el día anterior por hacer lo mismo en casa. “Haz algo útil” le dijo. Se entristeció. La empresa funcionaba bien, tenía cincuenta y dos años y le quedaban al menos quince para jubilarse bien, para pasar el testigo de forma aceptable. Su hijo Manuel esperaba hacerlo, aunque todavía no había acabado la carrera, pero contaba con que su padre en esos quince años esperados le hiciera un hueco hasta llegar a una silla del consejo directivo.

Eduardo suspiraba y miraba por la ventana. Por primera vez se preguntó si era feliz, buscó en lo profundo de sí mismo y la respuesta no concordó con lo que debía de ser.
Se imagino por un momento fugándose con su amante, aunque no la amaba realmente; fugándose solo entonces, abandonando su familia, su empresa, su maldita sociedad que le imponía todo aquello que no quería hacer, a su suegro del que estaba harto, a su partido político. Si, la idea era tentadora, huiría y vería mundo, correría por los campos de arroz de china, se bañaría en las aguas del pacifico sin prisas, recorrería el amazonas, visitaría el Cairo, viviría en algún pueblo perdido de la campiña francesa, con modestia, pasando el día entero pescando con mosca. Sí, sería una vida feliz y tranquila.

Suspiró de nuevo, pero el teléfono interrumpió sus pensamientos. Descolgó, una voz habló tras el aparato.

-Hazle pasar -Respondió. Al fin y al cabo era demasiado cobarde para cambiar su vida.