El conformista

De no ser por su linaje jamás habría llegado hasta allí. Aunque linaje es una palabra escabrosa, monárquica y mal utilizada. Algo sucio que casi puede usarse como un insulto que refiera su actitud conservadora. Las palabras son peligrosas, sobre todo en política, y nunca están faltas de su sentido semántico. Toda una bomba fácil de usar que la mayoría ignora y no se para a pensar.

Por eso Eduardo Gutierrez Lancia sonreía siempre que su empresa ganaba unos millones. Ya no por el gusto económico, por las facilidades que aquel dinero le permitiría o por el prestigio de sus ganancias, que también, sino por aquello de poder hablar y hablar diciendo todo lo que quisiera con una impunidad bastante amplia, pero sobre todo con una malicia permitida y un conocimiento de causa complejo.

Eduardo no podría haber llegado allí de no ser por su familia, por su padre más bien. Y es que los millonarios de hoy en día siguen siendo iguales a los de siglos anteriores, es decir, hijos de otros millonarios, pero ahora la única diferencia radica en que, además de amasar montones de dinero, de vestir ropa cara y rodearse de belleza, deben de hacer otra cosa. Ser grandes abogados, médicos, políticos o presidentes de sus compañías, pero presidentes de verdad, de los que se pasan horas tras el escritorio haciendo cualquier cosa productiva. Ya no pueden dedicarse al ocio perpetuo, eso sería visto como una excentricidad y Eduardo Gutierrez Lancia era conservador, no lo olvidemos.

Su padre, Federico Eduardo Gutierrez Nervón, fue hijo de un banquero y había creado su primera empresa con treinta años, quizá algo mayor ya para ser un joven talento, pero fue muy beneficioso para la España de entonces. Aquella empresa era siderúrgica, pero la vendió rápidamente. Luego vio el filón de las telecomunicaciones y ahí se quedó. A la jubilación de Federico su hijo Eduardo le siguió con una alegría nada disimulada. Al fin y al cabo su padre le había educado para que le sucediera. Algo así como un rey prepara a su heredero para que ocupe el trono a su muerte. En el mundo de las grandes empresas es igual, sólo que la jubilación (tardía, eso sí) sustituye a la desagradable muerte. Cuando Federico abdicó, pues, Eduardo entró en la empresa sin producir grandes cambio, manteniendo la línea que su padre le había enseñado y que le seguía sugiriendo en las cenas familiares (todos los domingos). Eduardo se casó con la hija de un político y su suegro le insistió durante unos meses hasta que por fin se hizo socio del partido político conservador de su país. Realmente no le interesaba demasiado ese mundo, pero era por no hacerle el feo a su suegro. Cuando Federico murió su hijo se vio por fin libre de dirigir la empresa a su antojo. Los cambios fueron importantes y comenzaron a percibirse irregularidades que nadie entendía. La fundación de la empresa tenía un presupuesto exagerado, por ejemplo, y los artistas que exponían en ella no eran excesivamente conocidos. Los proyectos de investigación se congelaron, los contratos con el gobierno se cancelaron (bueno, no todos). Y toda la familia, tanto la sanguínea como la política, se echó encima de él exigiéndole que rectificara, que paliara esa crisis que la empresa sufría o finalmente lo perdería todo: dinero, prestigio y la empresa.

Eduardo se atosigó y decidió volver a la línea de su padre. El retorno fue muy costoso, perdieron millones, las acciones bajaron exageradamente y los invasores estaban muy descontentos. Pero llegó un momento en que la cosa mejoró y con el paso del tiempo todo volvió a su cauce. Y funcionaba como siempre, maravillosamente, “como un reloj”, repitiendo la frase favorita de su difunto padre.

Hoy Eduardo miraba por la ventana de su oficina, pero no miraba nada en concreto. Su mujer le había reprendido el día anterior por hacer lo mismo en casa. “Haz algo útil” le dijo. Se entristeció. La empresa funcionaba bien, tenía cincuenta y dos años y le quedaban al menos quince para jubilarse bien, para pasar el testigo de forma aceptable. Su hijo Manuel esperaba hacerlo, aunque todavía no había acabado la carrera, pero contaba con que su padre en esos quince años esperados le hiciera un hueco hasta llegar a una silla del consejo directivo.

Eduardo suspiraba y miraba por la ventana. Por primera vez se preguntó si era feliz, buscó en lo profundo de sí mismo y la respuesta no concordó con lo que debía de ser.
Se imagino por un momento fugándose con su amante, aunque no la amaba realmente; fugándose solo entonces, abandonando su familia, su empresa, su maldita sociedad que le imponía todo aquello que no quería hacer, a su suegro del que estaba harto, a su partido político. Si, la idea era tentadora, huiría y vería mundo, correría por los campos de arroz de china, se bañaría en las aguas del pacifico sin prisas, recorrería el amazonas, visitaría el Cairo, viviría en algún pueblo perdido de la campiña francesa, con modestia, pasando el día entero pescando con mosca. Sí, sería una vida feliz y tranquila.

Suspiró de nuevo, pero el teléfono interrumpió sus pensamientos. Descolgó, una voz habló tras el aparato.

-Hazle pasar -Respondió. Al fin y al cabo era demasiado cobarde para cambiar su vida.

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