Conversación unilateral atemporal

A veces ella te ha visto hurgar entre las macetas del jardín de Laura. Lo sabes, pero no te importa porque tienes quince años y para ti los colores de las flores son el sentido de tu vida. Eres una niña un poco traviesa, muy callada, que mira con curiosidad, con inteligencia, no como el palurdo de tu primo que sólo sabe dar patadas a un balón. Te cae mal, pero tienes que aguantarle porque tiene doce años y tú ya te piensas muy mayor.

Pero pasan los años, creces, maduras. Ya no juegas con la tierra de las macetas, pero te sigue embriagando la fragancia de la tierra húmeda y de los colores floridos. El amarillo es tu favorito. Vives cerca de un río, en un pueblo no muy grande. Habitualmente en primavera y otoño te sientas sobre las piedras grandes cerca del puente y miras el agua con tus ojos verdes. Un día te pregunté qué hacías y me respondiste que buscabas el plateado viscoso de los peces grandes que saltan de cuando en cuando de las frías aguas. Nunca me extrañó que tu fascinación por el color te llevase a pintar, pero apenas lo hacías. Eras muy modesta y también muy practica (culpa de tu padre). “Perder el tiempo está mal”, era lo que él te solía decir. Tu agachabas la cabeza con tu nariz respingona de diecisiete años y la volvías hacia la ventana, buscando más allá a los chicos guapos que te miraban en el colegio. El día de tu dieciocho cumpleaños Juan te besó, muy tiernamente, sabía a fruta, eso fue lo que pensaste.

Y Juan pasó, junto con otros que vinieron después. Creciste y se te borró la inocencia del rostro. Pero la mirada de color se quedó, ese furtivo cazador que guardaban tus pupilas hechizó a muchos que cayeron a tus pies. Con veinte años te fuiste a la ciudad, te metiste en una academia de arte y pintabas durante todo el día. Aquel cuarto tuyo, viejo y destartalado, se convirtió en una paleta de colores. Te encerrabas cada día, apilando lienzos, llenando cuadernos. Cuando terminabas un cuadro salías a la calle a buscar inspiración o quedabas con algunos amigos para relajarte, para buscar nuevas sensaciones.

Así transcurrieron cinco años y expusiste, con no mucho éxito de critica, pero sí de ventas. Eras demasiado clásica, decían, pero te admitían un dominio del color magnifico. Te mudaste y empezaste a trabajar en una galería al tiempo que seguías pintando. Eras feliz, sencillamente feliz.

Y llegó Elena. Jamás habías conocido a una persona así, llena de energía, de espontaneidad, de genio. Era toda una intelectual, sabía de todas las materias, de todas las artes y era una conversadora mordaz, que no te dejaba escapar indemne de una charla sobre cualquier tipo de tema relacionado con sus conocimientos. Te atrapó y tú también produjiste un interés enorme en ella. ¿Cuanto estuvisteis juntos? Seis años, sí seis años en los que viviste radiante, bellísima, con tu trabajo mejor que nunca, vendiendo mucho, encantando incluso a los pedantes de las revistas y museos. Te hiciste un nombre en el mundillo. Pero ella se fue, se marchó más allá del océano porque necesitaba un cambio, porque su naturaleza temperamental y salvaje no podía estar mucho tiempo encerrada en la jaula de una relación seria. Lloraste, mucho, y entonces tu pintura cambió. Tu paleta se hizo oscura, pero te aplaudían aún más y tú no lo comprendías, pero les dejabas aplaudir y sonreías falsamente esperando el cheque que pagase la factura de la luz.

¿Pero qué te ha pasado, amiga mía? ¿Qué te ha pasado? Hace ya muchos meses desde que terminaste tu último cuadro y ya no pintas. ¿Qué ha ocurrido? Te veo y apenas te reconozco, sin arreglar, descuidada, siempre enfundada en los mismos jerséis grandes, como buscando un calor que no tienes. Me entristece tanto verte así… Y no puedo hacer nada… Ya no encuentro ese color en tu mirada, no está el buscador de matices que tanto nos fascinaba a todos. ¿Donde ha ido el cazador? No lo sé, supongo que hubo una tarde en que te cansaste, en que tu animo tocó fondo, cuando ya solamente pintabas con negro… ¿volverá el color? Espero… Espero que sí, me encantaría, me harías feliz con ello.

Hoy la hija de Laura te ha visitado y te ha alegrado el día, lo sé porque me lo has dicho. Habéis tomado café en ese sitio que tanto te gusta. ¿sonríes? Ves… no todo es tan malo. Sé que ella te ha recordado cuando tenías quince años y te pasabas las tardes en aquel jardín soñando con colores, hundiendo los dedos en la tierra húmeda de las macetas.

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