Bestiario nocturno

De monstruos se trata cuando uno quiere imaginarse a esos animales que en la noche tratan de asaltar, por curiosidad instintiva, las fortalezas que erigimos para guardar nuestras cálidas camas. Nosotros, suerte de inteligencia limitada, seres blandos sin garras ni fauces, nos aferramos a las mantas como si fuera el acero protector de las viejas corazas que yacen sobre maniquís en museos acristalados.

¿Qué quijote nos va a defender? El anacronismo está penado con el sanatorio y sólo nos queda dormir con pastillas para que, si el ataque se produce, no nos enteremos de cómo nos devoran las entrañas. Monstruos bicéfalos o monocéfalos, que la imaginación nos engaña, que las pesadillas crean, que los artistas inmortalizan; todos ellos reptan en la larga noche, a la espera de que nuestro miedo se active y puedan oler el sudor que guía hasta la sangre.

Pero esos no son los peores. Los más terribles, los que de verdad debemos de temer con pavor autentico, esos son los que surgen de nosotros mismos, desde muy dentro. Esos monstruos nacen en alguna parte de nuestro cerebro, en una idea perdida que vuelve. La mortalidad nos acosa, los sentimientos, las personas a nuestro alrededor, todo eso se transforma en la noche, como si la luz de luna de verdad obrara el milagro del licántropo. Todo nuestro mundo se transmuta y ojalá sus nuevos habitantes tuvieran forma de lobo, pero no. Lo que nace en el útero infernal no tiene forma fija porque va mutando poco a poco, es como una niebla que cambia de silueta según avanzan los minutos en la noche; de esta manera se mezcla con nuestra propia sangre. Esos monstruos se apoderan de nuestro cuerpo, les pertenecemos durante la noche y mueven nuestra carcasa como si fuera de verdad la suya, nos relegan al papel de marionetas. No podemos hacer nada, somos completamente inconscientes y a la vez creemos ver y no vemos, pensamos que es azul una pared cuando en realidad es roja y así el cristal del espejo se destruye y Alicia surge tras el agujero y nos mira y sonríe con su rostro angelical que se cuartea, se rasga por las mismas arrugas que formaban su bella sonrisa. Ahora Alicia sangra y es nuestro monstruo; gritamos, corremos en un mundo que es el tablero de Ajedrez en el que siempre jugamos la perpetua partida, hasta que el caballero alza la espada y nos derriba con un golpe que atraviesa de parte a parte nuestro corazón.

Nosotros somos los peores monstruos. Mantenemos siempre a esas bestias bien calientes en el interior de nuestro cuerpo, les damos cobijo, somos igualmente responsables de todo ese mal que va surgiendo en nuestro interior. En la noche, mientras dormimos, surgirán y nos atormentarán, poblarán los armarios o respiraran bajo nuestras camas y como niños sollozaremos esperando que llegue el día, pero no llegará, porque en los sueños siempre es de noche, nunca hay sol en lo alto.

¿Entonces? ¿Cómo mantenemos a raya a esos monstruos? No podemos, esa es la respuesta, porque la noche es suya, suya completamente. Pero no el día, el día, con el albor, con toda su actividad, con un mundo en el que no caben huecos donde se puedan esconder los monstruos, en tal lugar nosotros estamos victoriosos. ¿O no? Hay una excepción: ciertos monstruos, los más sanguinarios, los más peligrosos y terribles. Esas criaturas nacen, como todas, en nuestro interior, quizá cuando somos niños, pero, en vez de conformarse con el reino de la noche, poco a poco se van apoderando de la mañana y medrando en nuestro inconsciente. Esos parásitos se adueñan progresivamente de nuestros ojos, de nuestra voz y nuestros oídos, hasta que sólo podamos sentir y pensar el mundo a través de ellos. Algunos llamarán a eso locura, y sí, quizá sea el termino más adecuado porque estos monstruos nos terminan transformando en dementes y nos impiden ver el mundo como es. Unos lograrán prevalecer sobre el individuo y ocuparan su lugar, mataran a otras personas y harán las más terribles cosas que el ser humano es capaz de concebir en pesadillas. Otros de estos monstruos permanecerán agazapados, mostrándonos su mundo, alterándolo en ese sádico placer por convertir lo que es en lo que no es, por decorar con falsedades la realidad. Esos monstruos nos llevarán a la verdadera demencia, a gritar en la noche y en el día, a ser esclavos de la mentira y a la extinción de nosotros mismos, pues quién puede vivir en un mundo que no existe.

Un chaval

Miguel se queda mirando la pantalla del ordenador demasiado tiempo. Aunque no se ha dado cuenta, las aletas de su nariz se hinchan con más frecuencia, casi inapreciablemente; se debe a que está excitado, aunque tampoco es consciente de ello. Su cuerpo está respondiendo a un estímulo de la vista y busca las feromonas del otro cuerpo, un cuerpo que no está a su alcance, que simplemente le muestra la pantalla del ordenador. Ese cuerpo es una quimera, una pura mentira. ¿A quién pertenece ese hombre dibujado con imperfección por el pixelado de la pantalla? Lo sabe, o al menos hay un nombre asociado a esa imagen, pero no le conoce.

Aunque no importa para la narración si el cuerpo pertenece a un hombre o a una mujer digamos que es un hombre, por hacer de lo siguiente algo menos erótico. ¿Por qué? Porque tiene el torso desnudo, se aprecian sus músculos, dibujados, insinuados, no muy marcados. Realmente es un chaval, una persona deportista, que se preocupa de su look; las pulseras y el sencillo cordón alrededor de su cuello así se lo hacen imaginar a Miguel.

Antes dijimos que Miguel está excitado, pero no tiene una erección en el pantalón, no, sencillamente aquel cuerpo le gusta, estéticamente, subjetivamente. Ese chaval le produce una sensación placentera, un deseo de escribirle (pues el e-mail aparece cerca del nombre) y de decirle que quiere conocerle; no hablamos de follar, simplemente de conocerse, de hablar, de pasear. Es increíble, o eso piensa Miguel, lo que un cuerpo y una cara dicen de su propietario, lo que expresan, la personalidad que se adivina y el deseo que despiertan de conocerse más allá del fornicar salvajemente como animales en celo. ¿Pero realmente es algo más que eso? Porque Miguel es escéptico y ahora, aunque comprueba si su entrepierna está despierta y puede notar que no, piensa que ese chaval con un nombre asociado quizá solo despierta en él sus deseos más bajos.

Miguel termina entendiendo que no es sólo eso, pero ahora se acuerda de que tiene pareja, una magnifica persona a su lado que le quiere, le da cariño, con la que el sexo funciona muy bien y de la que no se quiere separar. ¿Pero por qué se ha acordado de su pareja? ¿Es por el impulso que le despierta ese chaval? No, ahora se siente mal por pensar en él, por mantener la ventana del ordenador abierta con su imagen adherida al pixelado de la pantalla. Debería cerrarla, pero no quiere; cerrarla implica que ese chaval desaparezca para siempre de su vida, quizá jamás vuelva a saber de él, nunca podrá conocerle y eso, de repente, a Miguel le aterra. No le gusta esa idea. Quiere estar al corriente de su vida, quiere saber si el nombre asociado a su cuerpo y su cara se corresponde con la realidad, le gustaría discutir sobre esos intereses que adivina en su mirada, que ha escrito en alguna página de las que ha visitado, pues ese chaval tiene un blog y Miguel ha estado buceando en él hasta averiguar todo lo interesante.

¿Qué hacer? Si le escribe, quizás pueda parecer que está siendo infiel a su pareja, podría crear problemas en la relación y Miguel no quiere eso. Pero abandonar ese sentimiento, esa sensación que el chaval le ha causado, parece terrible; es un esfuerzo difícil de comprender porque, al fin y al cabo, no le conoce de nada, no está en su vida. El chaval ni siquiera sabe que Miguel existe y, si él no da el primer paso, jamás será consciente de ello.

La decisión tarda unos minutos en llegar mientras vaga de un enlace a otro o visita la fotografía del torso desnudo. Finalmente guarda el blog en los favoritos de su ordenador, decide que le visitará como un admirador secreto, invisible, hasta el día en que junte el valor de escribirle o hasta el momento en que opte por borrar su efímero rastro de ese lugar tan veleidoso que es el “favoritos” de un ordenador.

Arco 2011

La feria de arte contemporáneo de Madrid 2011 (Arco) se abrió el pasado día 16 y el 17 fue inaugurado por sus altezas reales los príncipes de Asturias. Yo acudí en semejante día un poco por casualidad y, aunque no vi rastro de coronas, quedé bastante conforme con la selección que se nos presentaba en la feria de este año.

El invitado era Rusia, y se notaba, Kandinsky era una de las referencias más claras que uno se podía encontrar. Kandinsky por todos lados, reinterpretado en cuadros donde las figuras eran huecos en el lienzo o sobreponiendo lineas finas de metal aquí y allá. Me llamó la atención unos móviles que me recordaron a Miró, pero que muy bien podían haber realizado el autor ruso, frágiles como patas de araña y enmarañados y llenos de esa intención “afilada” que Kandinsky ya asociaba con lo nervioso y lo agresivo. Aquello era un caos afilado y tanto cuchillo volando me hizo pensar en si eso era lo que los nuevos artistas entendían por crisis, utilizando el lenguaje de semejante genio. La crisis, como en todo en estos tiempos, estaba ahí: en carteles, en los folletos, conferencias, charlas y arte de crisis, todo gira en torno a semejante circunstancia que parece dirigir nuestra vida, con razón al parecer. Sin embargo, a pesar de que este año la feria cuenta con dos pabellones, cuando en otros años disponía de más, se ha cuidado bastante la exposición y el resultado es bastante admirable.

Como siempre mucho de lo que había allí cumplía los cánones tópicos que en toda feria parece que tiene y que debe de haber. Uno se encontró con una heterogeneidad asombrosa: relecturas de los colores puros; abstracciones que buscaban texturas más agresivas; arte pop desde sus cien puntos de vista; surrealismo desbordado, reelaborado, reconstruido, expandido y concretizado; juegos espaciales; rupturas de las dimensiones; el siempre controvertido videoarte; criticas a la sociedad de consumo, a la religión, a la política, a la globalización; fotografías manipuladas; algo de instalaciones y mucho más.

Y es que el arte contemporáneo es un lío que aún no se ha entendido a sí mismo y parece que le queda un largo camino hasta llegar a ese punto. Arco refleja esa crisis dentro del sector, (que quizá no tenga nada que ver con la económica o quizá sí) pero sí que deja sitio para el optimismo. Sí, porque no podemos tachar Arco de una total basura, había mucho salvable, muchas muestras de un posible futuro. En especial me gustaría destacar la selección española de galerías como Espacio mínimo, (que me encantó, simplemente) o La fábrica. Sus stands fueron de los que más me agradaron.

Mi opinión final es bastante favorable. Parece que, por fin, hemos dejado atrás ese afán de realizar un arte que espante, que sobresalte; quizá sea cosa de la crisis por lo que el Arco de este año era menos agresivo, más convencional si lo queremos decir así. Atacar la sensibilidad del visitante antes era uno de esos objetivos desgastados de tanto uso y ahora parece que se explota otras vetas, aunque había de todo, claro. Sea como fuere, ojalá que esta feria tenga éxito porque en mi humilde opinión se lo merece, se ha hecho un esfuerzo por presentar un buen producto y les ha salido bien.

Mañana arco cierra, pero hoy y mañana estará abierto a todo el público. Para aquellos que no quieran ir o no puedan les invito a visualizar la galería de fotografías, así podrán hacerse una idea sin moverse del sillón (aunque no le pidan mucha calidad artística a mis capturas). Visitar la feria es una oportunidad que recomiendo para aquellos fanáticos del arte contemporáneo, al fin y al cabo es la gran muestra de lo último de lo último en este mundillo (a nivel más bien europeo, eso sí) Además, nos permite poder disfrutar de las galerías de otros países en nuestra propia capital, lo cual, sin duda, es cómodo. En resumen, vayan, diviertanse, disfruten, critiquen, caminen, agotense, asómbrense y admiren, pero no se crean nada.

Disertación del pensar

¿No parece monstruoso? y es injusto, mucho, y peligroso, tanto como patético. ¡Oh! Pero no recuerdo haber hablado sobre esto… me he precipitado. De lo que quería hablar era del sistema. Si, simplemente del sistema, de uno cualquiera, imaginen ustedes el que prefieran, ese del que están ya hartos, ese que les incomoda a diario, que les parece injusto o que simplemente odian por principio o por manía. A ese sistema en el que todos están pensando ahora adjudiquen los adjetivos anteriores. ¿Cuadra no? ¡Es maravilloso lo fácil que todos nos podemos poner de acuerdo en esto! Lo difícil vendrá cuando cada uno de nosotros especifique a qué sistema se refiere.

Una vez traspasada la frontera de lo teórico todo se vuelve agresividad y opiniones encontradas; opiniones que, además, nos creeremos como verdad única e indiscutible. Así somos los humanos, unas máquinas egoístas, ególatras y egocéntricas, incapaces, en la mayor parte de las circunstancias y de los sujetos, de juzgar sin prejuicios. Alguien me dirá que se trata de algo imposible. Bueno, bien, pero siempre cabe dudar ¿o no? Pero dudar no gusta, no vende bien, no encaja dentro de nuestra seguridad.

Es difícil el papel del pensador, porque el pensador debe de dudar en el gran sentido de la palabra. Dudar con mayúsculas, es decir, someterlo todo a esa razón tiránica, lo que supone ser kantiano. Pero ser kantiano es imposible, moralmente hablando ¿Sería intelectualmente posible entonces? Pongamos que sí, o al menos pongamos que aspirar a serlo sea suficiente, ese ser que lo intente será un pensador con todas sus letras. ¿Y al pensador qué? Con su aire pasivo, su gesto fruncido, su mirada perdida, sus libros acumulados, su tiempo corriendo sin misericordia y sin preocupación… ¿A él qué papel hemos de darle? Hablo dentro del sistema, dentro de cualquier sistema. Parece que un puesto directivo sería imposible, puesto que este sujeto se caracteriza por la inacción. ¿Entonces un puesto consultivo? Pero todos sabemos que si es consultivo quien ejerza la acción hará, al final, lo que él en su peor disposición juzgue como mejor. ¿Entonces cuál es la solución? Vean, en este mundo no hay solución, aquí queremos resultados, acción y efectos de la acción. Efectos buenos, se entiende, monetarios o del tipo que sea, pero fundamentalmente serán monetarios, al fin y al cabo el chiringuito lo montamos así.

¿Entonces al pensador dónde lo ponemos dentro del sistema? La respuesta parece clara. No le vamos a eliminar porque está feo y siempre queda bien sacarle a pasear cuando la cosa convenga y vistamos el edificio con sus mejores galas. Démosle entonces un despachito por ahí, donde no moleste mucho, donde hable y escriba con el puño o la pluma en alto. Un lugar donde dé la sombra y no se le tenga en cuenta. ¿Qué resultado cabe esperar entonces? Bueno, la respuesta es fácil, echen ustedes un vistazo a ese sistema que han elegido como ejemplo. ¿Se ha conmocionado por la marginalidad del pensador? ¿no? Pues eso, todo va bien, parece que no ha pasado nada porque el pensador haya desaparecido. Por tanto vamos a empezar a formar menos pensadores, a darles menos facilidades para que surjan estos molestos individuos, en otras palabras, vamos a joder esas ramas de la educación que creen a estos entes. ¿Ya? Bien, podría ser una hipótesis, pero no nos hace falta porque en este país está pasando. Ahora bien: un futurible ¿Qué pasará en un mundo sin pensadores? ¿Algo cambiará? ¿Se notará su ausencia? ¿Terminarán por surgir de nuevo a pesar de la represión? Podríamos hipostar que quizá se destruya parte de la libertad, que quienes tiene el poder podrán hacer lo que quieren con (aún) más impunidad, que el mundo, país o región perderá lo más valioso que tiene, es decir, la creación ;y no hay mayor creador que un pensador. Podríamos decir que el sistema se iría a la mierda (hablando en plata), pero por mucho que dijéramos no nos harían caso, porque estamos pensando, porque estamos hablando, porque todo esto incomoda o simplemente se tiene por inútil, porque esto no da ningún resultado, no ganamos nada tangible o beneficioso (en ese sentido monstruoso del que ultimamente estamos tan codiciosos) Podriamos decir tantas cosas que no nos dejan… ¿Nos callaremos por tristeza, sumiendonos en la depresión de la razón? Es dificil de responder, pero la realidad es que la inteligencia, el conocimiento, el razonar fuera de los limites establecidos, el crear, pensar, elucubrar y razonar no interesa, no gusta y se está abandonando. ¿No parece monstruoso? y es injusto, mucho, y peligroso, tanto como patetico.

Condenado

¿Infeliz, necio, monstruo, demonio, leviatán? ¿Qué eres? No lo sé, juro que lo ignoro, juro que no puedo hacer nada contra ti. Eres peor que todas las plagas de Egipto, no hay nada comparado contigo, por eso tu forma se me escapa. No te veo, no distingo nada más allá del humo negro en el que te escondes. Si pudiera, si supiera levantar la mano, aferrar un arma cualquier y lanzarme contra ti con rabia, con furia… si pudiera no seguirías aquí. Pero persistes porque soy incapaz de moverme.

Has surgido de mi pecho, de mi garganta, de mi boca, te alimentas de mis entrañas y buscas el bocado más apetitoso: mi corazón. Sí, porque el corazón siempre es esa tripa hinchada que asociamos con el amor, con lo bello, con lo bueno y que se nos rompe cuando las cosas no van bien. ¿Quieres apoderarte de él? Adelante, Ifrit, genio sin lámpara, Djinn oscuro que te relames pensando en esa dentellada que estás a punto de lanzar. Mi exigua sangre regará mis entrañas y permaneceré atado a esta roca como Prometeo, pero nadie se acordará de mí como lo hacen de él, porque yo no soy nada. ¿Por qué? ¿por qué a mi? Tú eres el lado oscuro que se oculta en todas las caras, en todos los rincones, detrás de las pupilas encendidas de todos los habitantes del mundo. Pero ha sido a mí a quien has escogido como esclavo, como pez para tu acuario.

No, no lucho, contra ti no hay pelea posible, ya llevo demasiado tiempo tintineando estas cadenas, luchando contra su férrea sujeción, intentando burlar tu terrible mirada. Estoy cansado, cansado, a partir de ahora seguiré la condena que me sugieres, el castigo por mis pecados capitales. Sí, seré el hombre gris que me pides. Se acabó, no puedo más, mis éxitos son tan pocos y mis fracasos son tan numerosos que no soy capaz de seguir. Yo no soy Moisés, a mí no me tendrás toda la vida en el desierto condenándome a morir antes de llegar a la tierra prometida. No, yo no difundiré tu palabra, ni la mía, ni la de nadie, porque no soy nada ni nadie. Ni siquiera aquellos que dicen quererme me ayudan, aunque saben que estoy aquí. Supongo que también hay otro como tú en cada uno de ellos. Pero yo he perdido contra ti y se acabó.

¿Qué murmuras? ¡Ah! Ya lo entiendo. Te complace mi debilidad, mi horrible cicatriz, mi resolución a decidirme vencido. Sea, has ganado, he perdido. ¿No atacas? Lo veo bien, esperarás todavía, me martirizarás como un lobo que ataca una y otra vez que muerde, hinca sus fauces en la carne y se retrasa, complaciéndose al ver a su victima retorcerse de dolor mientras se lame los colmillos saboreando la sangre, el premio. Sí, este mundo está hecho para esas personas a las que los espíritus como tú logran dominar, que consiguen entrelazarse con ellos, diluirse con su alma y ser uno solo.

¿Sabes lo qué es la luz de mercurio? Mercurio o Hermes era el mensajero de los dioses, la deidad patrona del ingenio, de los poetas y los escritores. Imagínate ahora al Hermes veloz con una antorcha en lo alto que brilla con luz plateada, mercurial como su nombre romano, guiando a los caminantes por el camino, sirviendo de inspiración a los artistas para indicarles dónde deben de ir. ¿Te lo imaginas? Bien, esa es la luz de mercurio, esa fue la que Prometeo arrebató a los dioses, por eso le odiaron tanto, por eso. Yo lo sé porque me imaginación lo ha elaborado para mí. También puedo contemplar el umbral de lo imposible, allí donde algunos queremos llegar, nuestra meta final, iluminada por la antorcha de Mercurio. Pero ese fuego ya no arde, está extinto. Yo apenas puedo ver ya, apenas merece la pena. Mercurio me ha abandonado, el umbral es imposible de alcanzar tal y como se prometía. Decaigo, me derrumbo y ya está, se terminó.

¡Ataca ya! ¡Maldita sea tu sangre, que es la mía! ¡Termina conmigo, diablo! No puedo más, no lo soporto, quiero la bendita paz de la oscuridad, quiero alejarme de esta guerra eterna, terminar con este duelo horrible entre la luz y la sombra. ¡Oscuridad, te reclamo! Te conmino a llevarte mi alma allá donde puedas hacer con ella lo que quieras, lo que sientas conveniente. Soy un necio, un absoluto patán, un inútil, un caminante sin zapatos, un escritor sin pluma, un ave sin alas, un insignificante hombre que no entiende apenas nada. ¡Llévame ya, titán! ¡Arráncame este corazón! Será la primera vez de muchas, sé que volverás, al igual que vuelve todavía hoy el águila de Zeus para arrancarle el hígado a Prometeo. Yo te ofrezco mi corazón, la pieza más jugosa. Trágatela, redúcela a cenizas y vuelve mañana, te estaré esperando para volver a entregarte esta válvula que tanto significa. ¿Ya te aburres? ¡Hazlo! ¡Acaba con esto! ¡Acepto la condena!

Se terminó…

Despertar

Tengo la cabeza embotada debido a la pastilla que he tomado para dormir. Últimamente duermo muy mal, terriblemente mal. Cuando consigo conciliar el sueño devienen tempestades de imágenes, de sonidos, de gritos, historias complejas donde se mezcla lo real de mi vida con ese subconsciente con el que batallo a todas horas. Él es Poseidón y yo un marinero naufrago, pero ni siquiera puedo compararme con uno de esos de literatura, no soy ni un Crusoe ni mucho menos un Odiseo. Poseidón juega conmigo destruyendo la balsa en la que navego y despierto entre sudores fríos, gimiendo, aferrándome a la sábanas que me rozan demasiado, que están muy sueltas y son como olas que me engullen. Vuelvo a dormirme y vuelvo a despertar, así toda la noche, hasta que amanece el día y me levanto como un resorte, agradecido de que las pesadillas hayan amainado. Sin embargo, tras el espejo hay un ser con más oscuridad en torno a sus pupilas, con un gesto mas agotado, unos ojos más tristes, decrépito, mal descansado. Soy yo.

Por eso he tomado la resolución de la farmacología. No es algo que me agrade, pero al menos hace dormir a Poseidón y me sumerge en un sueño sin tormentas ni aventuras, sin imágenes ni sirenas.

Ahora, cuando llega la mañana, no abro los ojos. Me cuesta mucho levantar los párpados. Mi cerebro tiene que reactivar una por una todas sus funciones, como si hubiera estado hibernando largo tiempo. Me lleva un rato hacer todo eso, pero al cabo de unos buenos veinte minutos soy consciente de mí mismo, de mis ojos, de mi posición incómoda, de la manta que se escapa y de la tremenda erección que a esas horas parece un poco inoportuna. Me doy la vuelta, colocándome boca abajo, sintiendo esa dureza persistente de mi anatomía. Remoloneo unos minutos más, hasta que consigo ser consciente de la hora del reloj. Entonces puedo abrir los ojos, estirarme como un gato revolviendo las sábanas, tocando mi entrepierna para ubicar con comodidad eso de lo que no pretendo ocuparme en este momento.

Me levanto, me siento en la cama. Enfundo los pies en las zapatillas y busco furtivamente el espejo antes de subir la persiana y de correr las cortinas. El sol entra a raudales y mascullo algo que se podría entender, con esfuerzo, por “odio los lunes”.

Salgo de la habitación a ese mundo extraño que son los pisos compartidos, donde uno nunca sabe a quién se va a cruzar. Hoy toca un chico que no conozco, le saludo sin pensar en la erección que aún persiste en mis pantalones. Su buenos días suena un tanto burlón; debe pensar que soy marica y que aquello lo ha producido su presencia, pero a esas horas me da un poco igual lo que piense el Sr. Extraño. Es el novio de Laura, al menos eso constato al ver que entra a su habitación. Creo que se llamaba Alex, ella me había hablado de él.

Entro al baño, enciendo la luz y me encierro. Me gustaría vaciar la vejiga, pero aún no puedo por dificultades evidentes. Ya no pienso en Laura ni el supuesto Alex ni en Juan, mi otro compañero de piso. Ahora sólo hay un espejo que me mira con sueño, recuperándose todavía de los efectos de las drogas para dormir bien. Me miro sin ningún objetivo, críticamente. Debería afeitarme, lo haré luego.

Pasa un momento y allí persisto. De pronto, como si el procesador comenzara a funcionar de golpe, mi memoria me recuerda lo que he de hacer en ese día, lo repasa lentamente, pero sin pausa. Sigo con los ojos en el espejo, aunque no me veo estrictamente hablando, estoy imaginándome en futuros que he previsto: comiendo, llegando a la universidad, quedando con María y otras tantas cosas que he de hacer porque me lo he autoimpuesto, porque lo he pronosticado para este Lunes que nace.

Luego pienso algo más profundo, sin tener la intención termino meditando sobre mi sueño. Ahora soy consciente de que me he despertado realmente, de que he estado durmiendo y que, tal y como las patillas prometían, he pernoctado del tirón, sin sueños. Pero eso de no soñar, de no abandonarme a mis universos oníricos, donde las pesadillas conviven con los sueños, me resulta un algo triste porque no hay nada que me complazca tanto como mis imaginaciones. Estoy matando mi creatividad y eso, por un momento, me parece horrible. Asoma Odiseo en mi alma, en mi espejo. Ese rostro descansado reclama de pronto ojeras más negras y gesto más marcado. Una voz oscura surge de mi interior para indicarme que así no soy yo mismo. Por un segundo me creo que es la inspiración, pues muchas veces surge sin avisar en los momentos más inoportunos, igual que las erecciones.

En ese momento me doy cuenta de que ya soy libre de descargar mi vejiga, así que lo hago, con prisa, deseoso de terminar y correr a mi cuarto a coger la libreta y apuntar algo que se me ha ocurrido.

Por fin he despertado.

El ángel negro

Vladimir Holan es el ángel negro. Y uno se imagina a ese autor circunspecto y oscuro encerrado en su casa, desplegando las enormes alas de plumas negras, plumas de cisne, lustradas, limpias, brillantes en la semioscuridad de su cuarto. Mientras, Holan se inclina sobre su escritorio de madera y escribe, serio, mojando la pluma una y otra vez, rasgando en ese papel que se acumula por todas partes. Escribe todo lo que se le ocurre, todo, en cualquier estilo. Escribe poesía y frunce el ceño, gruñe y sus alas tiemblan cuando no está de acuerdo con esos versos. Pero Vladimir se levanta, aferrando el papel con la tinta aún fresca y lo lanza a las llamas eternas de su chimenea, donde ve como esa negra mancha se diluye, corre por el papel y luego desaparece, arde y no deja nada más que cenizas. Holan sonríe de placer, sus alas tiemblan de nuevo, abre las plumas gozoso y agita un poco el aire a su alrededor, levantando el polvo que se adivina aquí y allá.

Lentamente vuelve a su trabajo, recoge las alas antes de sentarse y escribe, pero no muy convencido, titubeante, hasta que encuentra la inspiración, hasta que su infierno se revela ante sus ojos de ángel terrible y suspira, aliviado, con la tinta cargada en su pluma. Escribe, de corrido, sin detenerse, sin corregir y sus alas se abren cuan grandes son, adquiriendo una enorme envergadura que le dota de esa magnificencia terrible que el representa. Brilla, con el toque de Dios, de un Dios en el que no cree, con el toque diabólico de esa fuerza malvada que en su corazón late. Pero la maldad tiene muy mala prensa, no sólo lleva a los asesinatos, sino que acerca nuestra alma a lo sublime. Vladimir Holan estaba muy cerca de esa fuerza aterradora que es lo sublime, esa potencia que asusta a muchos con razón.

Escribía mucho, escribió grandes volúmenes donde se acumulaban sus palabras, la trama increíble sólo la podemos imaginar, ya que no queda nada de ella. Lo hacemos. Pensamos en un hombre, una quintaesencia de sí mismo, su alterego maldito o bendecido, según se mire, que vaga por un mundo que odia, que no entiende y por el que no es comprendido. Holan debió de crear esos personajes: lobos de hombres, trascendentales genios ínfimos en la sociedad, apaleados por la ignorancia de la gran masa, hombres que temen a su mundo y se esconden de él. Un mundo que también le produce un profundo desprecio, un asco que se ve obligado a adjetivar como primigenio, porque lo siente así. Quizás, por qué no, escribió precisamente sobre un ángel negro, un emplumado, un mesías de un salvador exiguo; fue ignorando, apedreado por las tropas de Lenin o aplastado bajo las botas de los nazis, quienes marcaron sus alas con esvásticas al rojo vivo. El ángel del régimen, expuesto en Berlin, disecado, con los ojos vítreos clavados en el posible espectador para siempre, regio, con sus alas bien abiertas con esos símbolos de odio con sus contornos quemados.

Pero vemos luego, creemos ver, al propio Holan irguiendose, satisfecho, con ese aura de semidiós agrupando las páginas de sus novelas, releyendolas por encima, levantándose de su silla y lanzando todo a la chimenea, dejando que ardan las resmas de papel, las llamas consumen la materia con satisfacción, paladeando el papel por la calidad de esa mancha de tinta que desaparece lentamente pero que a su autor no le terminaba de convencer. La perfección de Vladimir devoró a sus personajes, los consumió y los envió al infierno de su chimenea, les condeno al olvido, conservando tan sólo el recuerdo de su existencia hasta que él murió. Entonces esos personajes, que adivinamos grandes, fueron engullidos por la nada más absoluta, como si nunca hubieran existido, menos que cenizas, pues nadie conserva su recuerdo.

Y ahí dejamos a Holan, concentrado en su tarea, exiliado entre sus muros de libertad, ora plegando sus alas ora desplegandolas, con sus plumas palpitantes, su ingenio terrible, su mirada feroz y la mudez de su rostro mientras nos mira directamente sin decirnos nada, expresandolo todo e invitándonos a irnos, a desparecer tras la puerta para huir de él, al mismo tiempo nos da la bienvenida a su santuario, a su sala particular del infierno, donde siempre arde esa chimenea devoradora de genio. Después el ángel negro cierra la puerta y quizás sonría o quizás no.