Despertar

Tengo la cabeza embotada debido a la pastilla que he tomado para dormir. Últimamente duermo muy mal, terriblemente mal. Cuando consigo conciliar el sueño devienen tempestades de imágenes, de sonidos, de gritos, historias complejas donde se mezcla lo real de mi vida con ese subconsciente con el que batallo a todas horas. Él es Poseidón y yo un marinero naufrago, pero ni siquiera puedo compararme con uno de esos de literatura, no soy ni un Crusoe ni mucho menos un Odiseo. Poseidón juega conmigo destruyendo la balsa en la que navego y despierto entre sudores fríos, gimiendo, aferrándome a la sábanas que me rozan demasiado, que están muy sueltas y son como olas que me engullen. Vuelvo a dormirme y vuelvo a despertar, así toda la noche, hasta que amanece el día y me levanto como un resorte, agradecido de que las pesadillas hayan amainado. Sin embargo, tras el espejo hay un ser con más oscuridad en torno a sus pupilas, con un gesto mas agotado, unos ojos más tristes, decrépito, mal descansado. Soy yo.

Por eso he tomado la resolución de la farmacología. No es algo que me agrade, pero al menos hace dormir a Poseidón y me sumerge en un sueño sin tormentas ni aventuras, sin imágenes ni sirenas.

Ahora, cuando llega la mañana, no abro los ojos. Me cuesta mucho levantar los párpados. Mi cerebro tiene que reactivar una por una todas sus funciones, como si hubiera estado hibernando largo tiempo. Me lleva un rato hacer todo eso, pero al cabo de unos buenos veinte minutos soy consciente de mí mismo, de mis ojos, de mi posición incómoda, de la manta que se escapa y de la tremenda erección que a esas horas parece un poco inoportuna. Me doy la vuelta, colocándome boca abajo, sintiendo esa dureza persistente de mi anatomía. Remoloneo unos minutos más, hasta que consigo ser consciente de la hora del reloj. Entonces puedo abrir los ojos, estirarme como un gato revolviendo las sábanas, tocando mi entrepierna para ubicar con comodidad eso de lo que no pretendo ocuparme en este momento.

Me levanto, me siento en la cama. Enfundo los pies en las zapatillas y busco furtivamente el espejo antes de subir la persiana y de correr las cortinas. El sol entra a raudales y mascullo algo que se podría entender, con esfuerzo, por “odio los lunes”.

Salgo de la habitación a ese mundo extraño que son los pisos compartidos, donde uno nunca sabe a quién se va a cruzar. Hoy toca un chico que no conozco, le saludo sin pensar en la erección que aún persiste en mis pantalones. Su buenos días suena un tanto burlón; debe pensar que soy marica y que aquello lo ha producido su presencia, pero a esas horas me da un poco igual lo que piense el Sr. Extraño. Es el novio de Laura, al menos eso constato al ver que entra a su habitación. Creo que se llamaba Alex, ella me había hablado de él.

Entro al baño, enciendo la luz y me encierro. Me gustaría vaciar la vejiga, pero aún no puedo por dificultades evidentes. Ya no pienso en Laura ni el supuesto Alex ni en Juan, mi otro compañero de piso. Ahora sólo hay un espejo que me mira con sueño, recuperándose todavía de los efectos de las drogas para dormir bien. Me miro sin ningún objetivo, críticamente. Debería afeitarme, lo haré luego.

Pasa un momento y allí persisto. De pronto, como si el procesador comenzara a funcionar de golpe, mi memoria me recuerda lo que he de hacer en ese día, lo repasa lentamente, pero sin pausa. Sigo con los ojos en el espejo, aunque no me veo estrictamente hablando, estoy imaginándome en futuros que he previsto: comiendo, llegando a la universidad, quedando con María y otras tantas cosas que he de hacer porque me lo he autoimpuesto, porque lo he pronosticado para este Lunes que nace.

Luego pienso algo más profundo, sin tener la intención termino meditando sobre mi sueño. Ahora soy consciente de que me he despertado realmente, de que he estado durmiendo y que, tal y como las patillas prometían, he pernoctado del tirón, sin sueños. Pero eso de no soñar, de no abandonarme a mis universos oníricos, donde las pesadillas conviven con los sueños, me resulta un algo triste porque no hay nada que me complazca tanto como mis imaginaciones. Estoy matando mi creatividad y eso, por un momento, me parece horrible. Asoma Odiseo en mi alma, en mi espejo. Ese rostro descansado reclama de pronto ojeras más negras y gesto más marcado. Una voz oscura surge de mi interior para indicarme que así no soy yo mismo. Por un segundo me creo que es la inspiración, pues muchas veces surge sin avisar en los momentos más inoportunos, igual que las erecciones.

En ese momento me doy cuenta de que ya soy libre de descargar mi vejiga, así que lo hago, con prisa, deseoso de terminar y correr a mi cuarto a coger la libreta y apuntar algo que se me ha ocurrido.

Por fin he despertado.

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4 comentarios en “Despertar

  1. borjarivero dijo:

    Gracias a los tres por pasaros. Los sueños ayudan a evadirnos, eso es indiscutible, pero es triste que queramos o sintamos la necesidad de salir de la realidad con tanta fuerza ¿no? Sin embargo omitir esa parte de nosotros parece incluso algo horrible.

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