Condenado

¿Infeliz, necio, monstruo, demonio, leviatán? ¿Qué eres? No lo sé, juro que lo ignoro, juro que no puedo hacer nada contra ti. Eres peor que todas las plagas de Egipto, no hay nada comparado contigo, por eso tu forma se me escapa. No te veo, no distingo nada más allá del humo negro en el que te escondes. Si pudiera, si supiera levantar la mano, aferrar un arma cualquier y lanzarme contra ti con rabia, con furia… si pudiera no seguirías aquí. Pero persistes porque soy incapaz de moverme.

Has surgido de mi pecho, de mi garganta, de mi boca, te alimentas de mis entrañas y buscas el bocado más apetitoso: mi corazón. Sí, porque el corazón siempre es esa tripa hinchada que asociamos con el amor, con lo bello, con lo bueno y que se nos rompe cuando las cosas no van bien. ¿Quieres apoderarte de él? Adelante, Ifrit, genio sin lámpara, Djinn oscuro que te relames pensando en esa dentellada que estás a punto de lanzar. Mi exigua sangre regará mis entrañas y permaneceré atado a esta roca como Prometeo, pero nadie se acordará de mí como lo hacen de él, porque yo no soy nada. ¿Por qué? ¿por qué a mi? Tú eres el lado oscuro que se oculta en todas las caras, en todos los rincones, detrás de las pupilas encendidas de todos los habitantes del mundo. Pero ha sido a mí a quien has escogido como esclavo, como pez para tu acuario.

No, no lucho, contra ti no hay pelea posible, ya llevo demasiado tiempo tintineando estas cadenas, luchando contra su férrea sujeción, intentando burlar tu terrible mirada. Estoy cansado, cansado, a partir de ahora seguiré la condena que me sugieres, el castigo por mis pecados capitales. Sí, seré el hombre gris que me pides. Se acabó, no puedo más, mis éxitos son tan pocos y mis fracasos son tan numerosos que no soy capaz de seguir. Yo no soy Moisés, a mí no me tendrás toda la vida en el desierto condenándome a morir antes de llegar a la tierra prometida. No, yo no difundiré tu palabra, ni la mía, ni la de nadie, porque no soy nada ni nadie. Ni siquiera aquellos que dicen quererme me ayudan, aunque saben que estoy aquí. Supongo que también hay otro como tú en cada uno de ellos. Pero yo he perdido contra ti y se acabó.

¿Qué murmuras? ¡Ah! Ya lo entiendo. Te complace mi debilidad, mi horrible cicatriz, mi resolución a decidirme vencido. Sea, has ganado, he perdido. ¿No atacas? Lo veo bien, esperarás todavía, me martirizarás como un lobo que ataca una y otra vez que muerde, hinca sus fauces en la carne y se retrasa, complaciéndose al ver a su victima retorcerse de dolor mientras se lame los colmillos saboreando la sangre, el premio. Sí, este mundo está hecho para esas personas a las que los espíritus como tú logran dominar, que consiguen entrelazarse con ellos, diluirse con su alma y ser uno solo.

¿Sabes lo qué es la luz de mercurio? Mercurio o Hermes era el mensajero de los dioses, la deidad patrona del ingenio, de los poetas y los escritores. Imagínate ahora al Hermes veloz con una antorcha en lo alto que brilla con luz plateada, mercurial como su nombre romano, guiando a los caminantes por el camino, sirviendo de inspiración a los artistas para indicarles dónde deben de ir. ¿Te lo imaginas? Bien, esa es la luz de mercurio, esa fue la que Prometeo arrebató a los dioses, por eso le odiaron tanto, por eso. Yo lo sé porque me imaginación lo ha elaborado para mí. También puedo contemplar el umbral de lo imposible, allí donde algunos queremos llegar, nuestra meta final, iluminada por la antorcha de Mercurio. Pero ese fuego ya no arde, está extinto. Yo apenas puedo ver ya, apenas merece la pena. Mercurio me ha abandonado, el umbral es imposible de alcanzar tal y como se prometía. Decaigo, me derrumbo y ya está, se terminó.

¡Ataca ya! ¡Maldita sea tu sangre, que es la mía! ¡Termina conmigo, diablo! No puedo más, no lo soporto, quiero la bendita paz de la oscuridad, quiero alejarme de esta guerra eterna, terminar con este duelo horrible entre la luz y la sombra. ¡Oscuridad, te reclamo! Te conmino a llevarte mi alma allá donde puedas hacer con ella lo que quieras, lo que sientas conveniente. Soy un necio, un absoluto patán, un inútil, un caminante sin zapatos, un escritor sin pluma, un ave sin alas, un insignificante hombre que no entiende apenas nada. ¡Llévame ya, titán! ¡Arráncame este corazón! Será la primera vez de muchas, sé que volverás, al igual que vuelve todavía hoy el águila de Zeus para arrancarle el hígado a Prometeo. Yo te ofrezco mi corazón, la pieza más jugosa. Trágatela, redúcela a cenizas y vuelve mañana, te estaré esperando para volver a entregarte esta válvula que tanto significa. ¿Ya te aburres? ¡Hazlo! ¡Acaba con esto! ¡Acepto la condena!

Se terminó…

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