Un chaval

Miguel se queda mirando la pantalla del ordenador demasiado tiempo. Aunque no se ha dado cuenta, las aletas de su nariz se hinchan con más frecuencia, casi inapreciablemente; se debe a que está excitado, aunque tampoco es consciente de ello. Su cuerpo está respondiendo a un estímulo de la vista y busca las feromonas del otro cuerpo, un cuerpo que no está a su alcance, que simplemente le muestra la pantalla del ordenador. Ese cuerpo es una quimera, una pura mentira. ¿A quién pertenece ese hombre dibujado con imperfección por el pixelado de la pantalla? Lo sabe, o al menos hay un nombre asociado a esa imagen, pero no le conoce.

Aunque no importa para la narración si el cuerpo pertenece a un hombre o a una mujer digamos que es un hombre, por hacer de lo siguiente algo menos erótico. ¿Por qué? Porque tiene el torso desnudo, se aprecian sus músculos, dibujados, insinuados, no muy marcados. Realmente es un chaval, una persona deportista, que se preocupa de su look; las pulseras y el sencillo cordón alrededor de su cuello así se lo hacen imaginar a Miguel.

Antes dijimos que Miguel está excitado, pero no tiene una erección en el pantalón, no, sencillamente aquel cuerpo le gusta, estéticamente, subjetivamente. Ese chaval le produce una sensación placentera, un deseo de escribirle (pues el e-mail aparece cerca del nombre) y de decirle que quiere conocerle; no hablamos de follar, simplemente de conocerse, de hablar, de pasear. Es increíble, o eso piensa Miguel, lo que un cuerpo y una cara dicen de su propietario, lo que expresan, la personalidad que se adivina y el deseo que despiertan de conocerse más allá del fornicar salvajemente como animales en celo. ¿Pero realmente es algo más que eso? Porque Miguel es escéptico y ahora, aunque comprueba si su entrepierna está despierta y puede notar que no, piensa que ese chaval con un nombre asociado quizá solo despierta en él sus deseos más bajos.

Miguel termina entendiendo que no es sólo eso, pero ahora se acuerda de que tiene pareja, una magnifica persona a su lado que le quiere, le da cariño, con la que el sexo funciona muy bien y de la que no se quiere separar. ¿Pero por qué se ha acordado de su pareja? ¿Es por el impulso que le despierta ese chaval? No, ahora se siente mal por pensar en él, por mantener la ventana del ordenador abierta con su imagen adherida al pixelado de la pantalla. Debería cerrarla, pero no quiere; cerrarla implica que ese chaval desaparezca para siempre de su vida, quizá jamás vuelva a saber de él, nunca podrá conocerle y eso, de repente, a Miguel le aterra. No le gusta esa idea. Quiere estar al corriente de su vida, quiere saber si el nombre asociado a su cuerpo y su cara se corresponde con la realidad, le gustaría discutir sobre esos intereses que adivina en su mirada, que ha escrito en alguna página de las que ha visitado, pues ese chaval tiene un blog y Miguel ha estado buceando en él hasta averiguar todo lo interesante.

¿Qué hacer? Si le escribe, quizás pueda parecer que está siendo infiel a su pareja, podría crear problemas en la relación y Miguel no quiere eso. Pero abandonar ese sentimiento, esa sensación que el chaval le ha causado, parece terrible; es un esfuerzo difícil de comprender porque, al fin y al cabo, no le conoce de nada, no está en su vida. El chaval ni siquiera sabe que Miguel existe y, si él no da el primer paso, jamás será consciente de ello.

La decisión tarda unos minutos en llegar mientras vaga de un enlace a otro o visita la fotografía del torso desnudo. Finalmente guarda el blog en los favoritos de su ordenador, decide que le visitará como un admirador secreto, invisible, hasta el día en que junte el valor de escribirle o hasta el momento en que opte por borrar su efímero rastro de ese lugar tan veleidoso que es el “favoritos” de un ordenador.

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