La señorita Else


Titulo original: Fräulein Else
Autor: Arthur Schnitzler
Traductor: Miguel Saenz
Editorial: Acantilado

Muy curioso el caso de La señorita Else. Uno de esos libros distintos a los demás y que nos ofrece una visión no muy común en narrativa. El lector se sentirá significativamente dentro de la protagonista, pues todo el libro está escrito de tal manera que sólo se transluce el mundo a través de la mente de ella. Sus sentimientos, sus pensamientos, aquello que ve o que capta por cualquier de sus sentidos, todas sus sensaciones son retransmitidas, como de forma taquigráfica, a estas paginas, testimonio fiel de su situación.

Realmente el argumento es muy sencillo. Encontramos a al señorita Else, joven de dieciocho años, tomando unas vacaciones con sus parientes ricos en un hotel de las montañas. Su familia más cercana se encuentra en un gran aprieto económico y judicial, por lo que escriben a Else esperando que de alguna manera ella les ayude influyendo en un viejo conocido de la familia. En este contexto todo se desarrolla en el mundo mental de la protagonista. Else, que ya tiene problemas típicos de su edad, se ve atormentada por la petición de sus padres, por lo que podría ocurrir si ella se negara a ayudarles, por las consecuencias de si decidiera lo contrario. La presión, el coágulo de pensamientos que se va formando en su mente, se convertirá en desencadenante de una especie de locura, en un ataque de histeria que el lector podrá ir viendo como se desarrolla hasta su trágico desenlace, algo de lo que uno se va preparando nada más comenzar a leerlo.

La señorita Else se trata de una novela corta de fácil lectura que, sin embargo, habla de temas muy trascendentales. Especialmente el punto de vista es el que puede turbar al lector. La sexualidad, la locura, la muerte, los roles sociales, lo aparente y la dignidad, los valores personales y el peso y el deber para con la familia son colocados en estas pocas páginas de forma que el lector no se limite a leer por pasar el rato, se verá obligado a cuestionarse muchas preguntas. Muy fácilmente uno indagará en la artificialidad del mundo de la señorita Else, que muy fácilmente puede hacerse un paralelismo con el nuestro. Else está condenada, porque Else no sabe escapar de ese impuesto que se le ha cargado sobre los hombros sin que ella lo sepa. Ya al comienzo de la obra se puede sentir en su persona un algo oscuro, que no se precisa, pero que está allí.

Destacar por fin el trato del lenguaje (y el trabajo del traductor) que consigue crear lo que es todo en el libro, lo que no se dice, la sensación que sabe producir en el que lee esas páginas.

Publicado en La biblioteca de Babel el 01de Enero de 2011.

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Don Gerardo

Era corpulento, extremadamente gordo y con una barriga grande y redonda que hacía juego con su nariz rojiza. A pesar de todo, iba siempre vestido pulcramente, siempre con trajes de sastre y zapatos caros. El día que le conocí llevaba uno blanco con finas rayas grises que corrían, verticales, por todo su cuerpo. El enorme abdomen parecía a punto de reventar bajo la presión de un chaleco de idéntica tela al traje. La camisa era blanca, no llevaba corbata ni nada en el cuello porque le ahogaba, en su lugar tenía un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, de color rojo sangre con flores de lis bordadas en oro. La cara, igual de gruesa que el cuerpo, tenía muchos pliegues y una barba cuidada aunque muy abundante. Los ojos se escondían tras unas grandes bolsas, eran pequeños y marrones, miraban cautos y tranquilos bajo unas espesas cejas. Apenas tenía pelo en la cabeza y a menudo cubría su calva con sombreros a juego con sus trajes. Además de todo aquello, siempre le acompañaba un bastón que usaba más para juguetear que para otra cosa, aunque, si caminaba un poco, rápidamente se fatigaba y tenía que hacer uso de él. Extrañamente era un hombre muy ágil a pesar de su envergadura y su edad, pues contaba con unas cincuenta primaveras muy gastadas y se movía como alguien de cuarenta acostumbrado a ser escurridizo. Recuerdo claramente el café en que me lo presentaron, Héctor me había llevado allí para refrescarnos en una de esas bochornosas tardes cubanas y allí estaba él, con su oronda barriga, mirándonos nada más atravesar la puerta. Dominaba el local desde un lateral, cerca de la ventana por la que entraba una suave brisa de cuando en cuando y refrescándose con un abanico de tela blanca. Estaba sentado en el sillón de mimbre como si fuera su trono y quizás lo fuera realmente.

Antes de poder pedir algo, el camarero nos indicó que Don Gerardo, así le llamó, nos invitaba a su mesa y a lo que pidiéramos. Nos acercamos, sonreímos, hicimos las presentaciones y nos sentamos a su mesa. Era español, como nosotros. Nos confesó que era precisamente la nacionalidad por lo que nos había invitado, llevaba fuera de la península un par de años y echaba de menos su país. Era una persona muy alegre, pedimos mojitos y a la tercera ronda él se decantó por café con leche. Es bueno tomar algo caliente cuando hace calor, nos dijo. La conversación se prolongó unas horas y nos relató a grandes rasgos su vida y sus negocios: era hijo de republicanos, su padre había sido político y tuvo que huir pronto del país. Vivía con su familia en los USA, pero ahora estaba en La Habana por negocios que le tenían ocupado. Le gustaría volver a España, pero se había enamorado de La Habana y su familia se negaba en rotundo; además –nos explicó- allí está Franco. Era 1950.

Después de Cuba, mi viaje sólo era una excusa para ver a Héctor, me fui a París ya que me había negado volver a España y quería ser y sentirme libre. Allí pronto me adapté a la vida parisina, conseguí asentarme en pocos años y ganarme el pan como traductor en una editorial que no pagaba mal. Vivía bien aunque sin grandes lujos y la ciudad me fascinaba, ayudaba que me había enamorado un par de veces, primero de una francesa y luego de una belga que estaba allí para pasar el verano de 1957, sobra decir que aquel romance sólo duró el verano, además estaba casada, aunque yo no lo supe hasta después. El otoño fue un poco aburrido y el invierno pasó en una nebulosa de buen vino, queso, cenas y amigos abundantes. Con Marzo llegó la calma y en una tarde cualquiera, ya en plena primavera, recuerdo ir a Les duex magots en St Germain, sentarme en la terraza, pedir un sancerre blanc y, en el preciso momento en que dejaba a un lado el periódico para probar mi vino, encontrarme al otro lado de la copa, sentado a escasos metros, a Don Gerardo, esta vez con un traje color crema. Me levanté y le saludé alegremente, nos dimos la mano, y constaté que él también me recordaba. Estuvimos hablando un par de horas y, de nuevo, me contó su historia. Le pilló el inicio de la revolución en Cuba y decidió poner tierra de por medio cuanto antes mejor. Pensó en Londres, pero detestaba el “clima de perros” que tienen en aquellas tierras. Italia nunca le había gustado, según sus propias palabras “es un país de chulos y ruinas”. Así que le quedaba Francia y, por supuesto, un hombre de sus dimensiones necesitaba una ciudad que le igualara en las proporciones. París era la elección inevitable y de aquella manera había ido a parar a la ciudad. No le iba mal, había comprado un restaurante en Le Marais y ganaba bastante dinero con ello, además le gustaba comer bien. Hablamos de la ciudad, de poesía, de mujeres, de España y poco a poco la tarde fue declinando y se acercaba peligrosamente la hora de la cena. Gerardo se levantó con su imponente figura, pagó la cuenta y me invitó a cenar con él en su negocio. Acepté, al fin y al cabo su compañía era muy agradable y la velada prometía ser igualmente encantadora. Muy lejos estaba yo entonces de saber que la amistosa relación que entonces comenzaba iba a cambiar mi vida para siempre.

Neurosis

Tenía un ojo más grande que otro. Un ojo que se ampliaba, se abría a lágrima viva y cuya pupila se dilataba hasta ocupar todo el hueco. El mundo se dislocaba, se difuminaba, reventaba en un millar de plumas espinadas y terminaba convertido en ese pájaro infernal que abre las alas y se traga todo, se traga el mundo y se revuelve sobre sí mismo hasta colisionar y formar un anillo de chispas que crea la nada. De ello surge un monstruo, un titán que asoma su corona y aplasta la serenidad de la misma existencia caótica. Así todo concluye.

La sombra de yergue, absoluta, enorme, corpórea, como si realmente fuese ella misma un dios ancestral. Sí, esa sombra se alza y mira a un lado y luego a otro, hasta quedar sus ojos clavados en los míos, mis ojos distintos, con ese ósculo más grande en cuya cuenca baila cual fuego fatuo.

Y decae todo, en un remolino de agua y flores que se precipita como un tornado desde mi boca, expandiéndose hacia las nubes, tragándolo todo. Allí está la ciudad en donde habito, con sus edificios desgajándose ante la fuerza de mi huracán, arrasándose sus fachadas poco a poco, a manotazos, tal que un niño no lo habría hecho con más rabia. Desaparece el asfalto, la cobertura de ladrillo, el cemento también, y quedan las personas: desnudas, implorando perdón de rodillas y con las manos unidas en muda súplica. Pero mi alma es oscura y jamás admitiré el perdón a los débiles.

Algo falla, lo siento, me giro. Es inaudito, ahí está él. Aparecido entre las llamas, un fantasma que viste andrajos y me señala con mano huesuda. No ha pronunciado palabra y ya siento su juicio sobre mi espalda, estoy perdido, no hay salvación ante su dedo ejecutor. Huyo, sin sentido, corriendo por la devastación que yo mismo he perpetrado aún sin intención de hacerlo verdaderamente. En mitad de mi carrera llega la crisis. Me afecta como un relámpago que golpease en mi cabeza y me derriba. Caigo al suelo, exhausto, jadeando por el esfuerzo de la huida, asesinado por ese puñal que algún Zeus arrojó contra mí.

En un póstumo esfuerzo me coloco boca arriba, vencido, completamente vencido en medio de ningún lugar. Con mi ojo que se empequeñece por momentos mientras deja de ver las estrellas del cielo, las lunas, las constelaciones…

Pársifal aparece, baja de una escalera plateada hacia mí. Está tranquilo, cada uno de sus movimientos está diciendo que no hay prisa, que está bien y tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros. Ahí está, coronado, con la lanza en su mano. Le veo, con los ojos despiertos, acercándose a mí, tendiéndome la mano que ignoro y vuelvo a ignorar. Grito, quiero que todo termine. Pársifal me arroja la lanza y no falla, me hiere profundamente, hasta llegar a mi alma, que se desgaja.

-Observa el mundo arder –susurro con mi ultimo aliento.

El caballero se unge con las manos y el arma cae al suelo, yo ya no puedo cogerla, no puedo, porque mis ojos se comienzan a cerrar. Donde brota mi sangre comienza la deflagración y todo arde en una locura desmedida que empieza a devorar la nada, que engulle a Pársifal, derritiendo su delicado rostro, asándolo en su armadura negra y convirtiendo en cenizas su cabello blanco y sus ojos perfectos. Él aúlla y yo, si pudiera, sonreiría. La realidad se cuartea, se viene abajo y las imágenes se colapsan en unicidades de color distintas y paralelas. La luz se difumina, la sombra vuelve al lugar relegado que le corresponde, mi cara pintada aparece en primer plano, con los ojos perfectos, el gesto aún vivo y mis pupilas que comienzan a adquirir el tamaño acostumbrado.

Veo el mundo a mi alrededor y suspiro.

Las personas desaparecidas

Martín estaba tirado en la cama. “Tirado” es la palabra adecuada, ya que acostado sería decir que estaba cómodamente asentado, pero no, estaba tirado, como si le hubieran dado un balazo en la cabeza y hubiera caído con todo su peso. Martín, sin embargo, estaba vivo, o eso se habría dicho considerando que respiraba y que tenía un pulso bastante sano. Aun con todo, Martín se sentía bastante bajo de ánimo, casi muerto, si hubiera sabido cómo se sienten los muertos. La apatía le invadía, por eso miraba las paredes húmedas de su cuartucho, esperando que algo, fuera lo que fuese, irrumpiera en su vida y le produjese un sentimiento, una sensación. A aquellas alturas ya le daba igual qué fuese aquello.

Martín echaba de menos a alguien, le añoraba, sentía una melancolía tremenda por su recuerdo. La pérdida le había dejado un “hueco” que no estaba dispuesto admitir, porque depender así de alguien era un tanto monstruoso, eso le parecía. Él, que siempre se había admitido librepensador, libre en cuanto a acciones, libre de sentimiento y de todo, incluso se había admitido contracultural, términos que a él, en el juicio mal formulado de si mismo, le parecían ciertos. Por eso cuando aquella persona desapareció de su vida y se fue lejos, muy lejos, a Martín le costó admitir que la añoraba de aquella manera tan poco libre porque él no podía permitirse tal dependencia.

Julia, sin embargo, en algún edificio cercano, era ajeno a Martín, de hecho ni siquiera le conocía. Quizá se cruzaron alguna vez en la calle, pero eso no importa. Lo que sí importa es que Julia echaba de menos a otra persona, alguien que tampoco tenía nada que ver ni con Martín ni con aquel a quien él añoraba. Nada les unía, tan sólo el hecho de evocar a alguien al mismo tiempo.

Julia miraba la televisión. “Mirar” es la palabra clave, ya que no veía propiamente la televisión, no estaba atendiendo al programa que daban ni a lo que decían o a las imágenes, no, ella estaba observando sin fijarse, algo así como cuando nos sentamos un día en que llueve sin escuchar con atención el ruido de la lluvia, pero oyéndolo a pesar de todo. Julia miraba la televisión, sonreía de cuando en cuando como por empatía con su padre, sentado a su lado, pero realmente no se fijaba en nada. Estaba completamente entregada a la nostalgia por aquella persona que echaba de menos. En aquel momento, no sabía bien por qué y tampoco se lo planteaba, estaba recordando un paseo bajo la lluvia un día de otoño mientras tomaban un helado. Aquella persona hablaba y ella escuchaba, ella sonreía y se sentía muy cómoda con la otra persona a pesar de no conocerse demasiado. Era una pena, pensaba Julia, que las estaciones pasasen y separasen a las personas.

Roberto, que dos años antes había visto un día a Julia en el metro y había pensado que era guapa, pero que jamás se volvió a cruzar con ella ni tampoco tenía relación alguna con Martín ni con las personas a las que él y Julia echaban de menos; también recordaba a alguien, en otra parte de la ciudad.

Roberto se encontraba en una cafetería, charlando con un par de amigos. “Charlando” no sería la palabra apropiada para aquello, ya que desde hacía un buen rato Roberto no hablaba, se limitaba a sonreír y asentir mientras los otros discutían sobre algo, quizá sobre trabajo o sobre fútbol, él no lo sabía bien porque no atendía para nada a aquella conversación. Roberto estaba completamente ocupado tratando de recordar el olor de esa persona a la que echaba de menos. Buscaba los detalles de su perfume, la mezcla de aromas de su cuerpo, el tacto de su piel y el color exacto de sus ojos. La añoranza de Roberto era mucho más sensual que la de Martín o la de Julia, pero no por ello más intensa. Roberto rememoraba el momento en que besó por primera vez a aquella persona en el parque, o la cena siguiente o la primera vez que se acostaron. Lo recordaba todo y de cuando en cuando se le escapa algún suspiro porque quería estar con la persona que no tenía, que hacía mucho tiempo que no había vuelto a ver y que no sabía a ciencia cierta si le correspondía en los pensamientos y en los sentimientos. Roberto, sin embargo, callaba y volvía a afirmar sin ganas lo bueno que cierto jugador era en cierto equipo.

Martín, Julia y Roberto en un mismo momento y en la misma ciudad tenían sentimientos y recuerdos muy parecidos, cada uno en su propio mundo y con sus propias circunstancias, pero muy cercanos entre sí sin saberlo. A la vez, aquel sentimiento de lejanía entre ellos y las segundas personas, les hacían en parte infelices, conformaba un pequeño inciso en sus vidas, una dolencia no demasiado grande, pero que estaba ahí y que recordaban cada día; era una herida que escocía todas las tarde y que no querían curar, que padecían con alegría profunda porque en el fondo esperaban que aquellas segundas personas tuvieran la misma herida y no la dejaran cicatrizar, al igual que no lo hacían ellos. Era una esperanza que no sabían si se cumpliría, pero que deseaban que así fuera.

Marismas

Color, luz y color. Bashir, tumbado en la arena, con los ojos abiertos y el mar en los oídos. Un temblor cruza el cielo de escasas nubes, forzando a que los velos dorados se desprendan como tela que escurre por un cuerpo desnudo. Bashir distingue amarillos dulces, violetas maravillosos y azules pálidos, invisibles y resplandecientes. Los astros, como luminarias de cristal encendido tienen el grosor de una hoja de papel.
-No era yo -musita Bashir.

El cielo ya no es cielo más, se confunde y deja de ser algo tan concreto. Ahora es color, luz y color. Todo es tan efímero, tan fantástico como las mil y una noches, pero cruzado con el esplendor de los caballos andaluces que corren por la cercana estepa, levantando en el aire olor de prado fresco y hierba mañanera.

Allí está él, bajo ese cielo punteado, ignorando un mundo enorme, contemplando el horizonte ocre, donde vuela el fénix mitológico, donde se baña el largo cisne y un pez casi místico. Algo surge de uno de los lados sin definir, batiendo sus alas lentamente, con cansancio, apenas perceptiblemente, alargando entre uno y otro gesto el espacio de grandes millas, así cruza la mariposa, como si no fuese necesario el movimiento, como si lo hiciera por puro capricho. En su vuelo majestuoso Bashir la admira, va dejando un rastro de color que se mezcla con el azul impoluto, con el ocre, con los dorados y los rojos, también con los violetas. El paso de las alas de la mariposa lo cambia todo y los colores se revuelven en una paleta confusa, creando una extraña brisa por donde pasa que riza los colores con largos tirabuzones blancos.

Y Bashir suspira, amando aquella belleza. Bashir cierra los ojos por un momento y se deja llevar por todo eso que ve y que siente. Aferra la arena caliente con sus manos y, sin pretenderlo, se duerme.

Despierta ya de noche, cuando el negro absoluto ha difuminado el rastro de mariposas o de otras aves, cuando ya tan solo quedan allí arriba los astros de cristal, encendidos pálidamente.

La luna le mira, grande y blanca, lamiendo con su larga lengua plateada las crestas de las olas de fría agua que se retuerce antes de esparcirse sobre las orillas. La tentación que siente Bashir es grande y se deja vencer por ella, se desnuda, se quita incluso la última prenda y camina hundiendo sus pies en la arena fría de la noche. Se sumerge, poco a poco, hasta que cae enteramente en ese helado caldo embrional. Por un momento Bashir se sienta más vivo que nunca y se deja mecer por ese frío embriagador. El agua le lleva de un lado a otro, le maneja como quiere, con afecto, con rudeza, empujándole a veces hacia la playa y otras hacia su interior. “Parece que no se decide a llevarme o no con ella” piensa Bashir. Y la mar, mientras le lame la luna, decide dejarle salir, huir, vivir.

Bashir se aleja, sin buscar su ropa, evitando al mundo como tal, buscando las sensaciones. Camina y llega a las marismas, atravesando puentes de luces rápidas, admirando esa calma eterna de agua estigmatizada y un verdor impropio que se confunde con el ocre de la tierra y el azul de las aguas. A Bashir le engaña su mente porque no existen esos colores en la noche, tan sólo los recuerda de su paso anterior porque la noche todo lo domina a su tonalidad preferida.

Bashir se tiende en algún punto, agotado del mundo, agotado de la música de sus oídos, del mar, de la arena, del cielo; vencido por las mariposas que le rondan en la noche. Mariposas nocturnas que velarán su cuerpo hasta que amanezca el sol y despunten los colores, pero no para Bashir, Bashir duerme y dormirá, pero nadie sabe si en algún momento volverá a despertar.

El cuaderno

Mercedes dejó el libro sobre la mesa y volvió a reclinarse en el sillón en el que había permanecido la última media hora leyendo. Leer durante tan poco tiempo no sorprenderá a nadie hoy en día, aunque a muchos posiblemente les pueda parecer un lapso muy escaso, casi insultante. Pero Mercedes tenía esa manía o hábito. Siempre que un libro caía en sus manos y comenzaba a descifrar su escritura, transformándola en imágenes y sensaciones, en conocimiento del tipo que fuese, por muy diversa que fuera la manera en que lo leyese y el tiempo que durase esa acción; siempre, repito, dejaba las últimas páginas intactas, los últimos poemas del libro o el postrer capítulo y no leía más. Esperaba, dejaba reposar su lectura, pensaba en la historia y se obligaba a tener tiempo el día siguiente. Entonces, cumplido el plazo, rescataba el abandonado tomo y se acomodaba, sin prisas, leyendo y disfrutando de esa última bocanada de la obra. Era una bonita costumbre, así se lo parecía.

El último libro que había leído, ese mismo que ahora dejaba sobre la mesa, trataba de la vida de unas mujeres en su día a día. Era un argumento muy simple pero que la autora había tratado muy bien. Al final una de ellas huye a Londres para empezar una nueva vida, otra queda embarazada de su pareja infiel y una tercera consigue cumplir uno de sus sueños. Era muy sencillo, pero a Mercedes le había emocionado.

La mujer suspiró y bebió el último sorbo del café, que ya estaba bastante frío. Luego se levantó con el libro en la mano y caminó hasta la estantería donde lo guardó con cuidado en el lugar que pertenecería a esa novela a partir de entonces. Luego observó su colección, era modesta, abundaban las novelas; nada muy sesudo, pero ella buscaba en la literatura un método de distracción, de entretenimiento. Se dio cuenta de que había tres o cuatro volúmenes (los mismos de siempre) que no había leído ni tenía ganas de empezar con ellos. Luego se fijó en ese que le regaló su hermana para navidad y que todavía no había cogido. Le echó un ojo a la contraportada y recordó lo que le habían comentado de la novela, lo volvió a abandonar sobre el estante, ya que en aquel momento no le apetecía un dramón como era aquel. Paseó por su piso, buscando algo que se le hubiera pasado. Quizá Pedro (su novio) hubiera dejado alguno de los suyos allí. Fue al cuarto y miró la mesita de noche que destinaba a su pareja, pero no encontró ningún libro. Extrañamente sí encontró un cuaderno. No recordaba si era de ella y permanecía en aquel lugar desde tiempos inmemorables, o si, verdaderamente, era de su novio. Lo cogió sin mala intención, lo abrió y echó un vistazo. Desde luego no era su letra. Estaba muy escrito, de corrido, lleno de letras de bastante tamaño y con algunos tachones.

Cinco minutos más tarde Mercedes se sorprendió a si misma echada en la cama leyendo aquel cuaderno que no le pertenecía. Estaba violando la privacidad de su novio y aquello le hizo sonrojar aunque no hubiera nadie en casa. Lo cerró y lo guardó en el cajón para evitar tentaciones.

Lo malo, pensaba mientras preparaba la cena en la cocina, era que ahora conocía “el secreto” de Pedro. Estaba escribiendo una novela, o eso parecía aquel cuaderno. La trama, por lo poco que había logrado entrever, giraba entorno a un chico inmigrante que estaba preocupado por los parientes que había dejado en su tierra natal, en especial por su hijita a la que añoraba. Le había interesado instantáneamente. Mercedes no entendía mucho de literatura, pero sabía cuando algo le gustaba. Decidió, mientras metía la lasaña en el horno, que aquella noche le diría a Pedro que había tomado su cuaderno y había visto aquella novela y le pediría que le dejase leerla.

Cuando Pedro llegó al piso se encontró a Mercedes algo agitada y cuando preguntó ella le reveló que había encontrado su cuaderno con los escritos. Pedro escuchó serio y meditó durante un momento, finalmente se encogió de hombros y le dio permiso para leerla, aunque le advirtió que no le gustaría el final.

Mercedes, intrigada, leyó el cuaderno en dos tardes, pero dejó el último capitulo para el tercer día. Como siempre en su ritual se preparó un café, se sentó en el sofá y tomó el cuaderno de Pedro. Hasta entonces la trama había transcurrido prolongándose un par años. El protagonista había empezado a entablar una vida realmente en España y comenzaba a tener amigos y disfrutar de la mejor calidad de vida. Su hija vendría pronto a vivir a España con él. De las nuevas amistades destacaba otro chico con el que quedaba prácticamente a diario y que le había ayudado mucho a integrarse. Era un hombre de su misma edad, con novia y que había conocido en el trabajo. El último capitulo, sin embargo, relataba un final para nada esperado, en el que los dos hombres terminaban besándose.

Mercedes buscó en las siguientes páginas la continuación, pero no existía, el resto de páginas estaba en blanco. No entendió por qué Pedro creería que aquel final no le gustaría y pensó que posiblemente se refiriese a que no estaba terminado, ya que parecía demasiado abierto. Decidió preguntarle aquella noche cuando cenasen con unos amigos en un restaurante cercano.

Mercedes se arregló, se vistió y llegó ligeramente retrasada al local. Cuando se sentó en la mesa se sorprendió de no conocer al hombre, moreno, que iba con su novio. Para su mayor sorpresa una pequeña niña de seis años con unos ojos preciosos la miraba algo asustada desde otra de las sillas. Mercedes, que de pronto comprendió todo, se desmayó.

El brazo de la muerte

El brazo muerto de cristo es igual que el brazo muerto de Héctor e igual que el de otros tantos cadáveres nobles que la historia ha tenido a bien retratar en sus cuadros y relieves. Sí, ese brazo de la muerte es único en su significado, repetido hasta la saciedad en escultura y pintura, incluso instituido como rito de la historia. Caesar cayó al suelo y yació inerte mientras sus asesinos huían, luego dos soldados lo tomaron en una litera y lo trasladaron con el brazo pendiente. Marat, en la bañera en la que le dibuja David, tiene ese mismo brazo caído, que revela que está difunto, muerto hasta los dedos que caen, lánguidos. Los músculos están completamente relajados en todas las representaciones, mientras la lividez se asienta, antes de que llegue el rigor mortis, antes de la inevitable sepultura, el cadáver yace, cosificado hasta su esencia, sin nada ya que le articule de vida, sin energía, con los sentidos apagados. Todo eso está en el abandonado brazo de la muerte, que cuelga sin remisión, olvidado por todos, incluso por los que amaban a ese sujeto.

El gesto de ese brazo es similar a ese otro en el que se dispone por encima de la cabeza en la Ariadna que duerme, en Psique, también abandonada al sueño o en la Venus agotada o en la virgen que se desmaya al contemplar a su hijo muerto. El brazo del sueño y el brazo de la muerte, el primero con ese patetismo tan grande y el segundo con su sufrida perdida de realidad. Hypnos y Thanathos, quizá ambos impusieron esos gestos ante dos cuerpos tan similares para saber diferenciar a quien le pertenecía cada uno y no confundirlos.

Tengo miedo de la noche, que se hace oscura. Tengo miedo de dormir y perderme en la inconsciencia, de abandonar mi cuerpo al cuidado de lo desconocido, porque yo soy esa palidez de carne sustentada con huesos ahí desplomada sobre la cama. Estoy indefenso, solo, terriblemente solo. No hay nadie en este cuarto y yo… yo me siento desfallecer imaginándome tan frágil, abandonado, lejos de todo, lejos de ti. Sí, de ti, que me das coherencia, que das sentido a mi día a día, que haces que sonría y que me sienta protegido, de ti, que ya intuyes mi desdicha y te veo huyendo en pesadillas que están por cumplirse.

No puedo esconder este cuerpo, aunque lo he intentado más de una vez. Es imposible, he de mostrarlo al sol y a la luna, al resto, también a ti aunque me apena. Me apena porque este cuerpo es el mismo que yacerá en la cama cada noche, solitario; un objeto más en la habitación, mucho más inútil que cualquier otro que haya allí y mucho más frágil. Al fin y al cabo yo me rompería con un golpe no muy fuerte mientras que le mesa o un libro o el armario se mantendrían inmutables, quizá con un rasguño, pero sin ceder su función y su existencia a tal golpe. Yo sí.

Es por eso que temo al brazo de la muerte, a arrastrarlo sin quererlo contra el suelo, abandonado de toda vitalidad, de toda vida; donde Thanathos lo confundiría y, tomándome de la otra mano, me llevaría consigo para siempre hacia la oscuridad. Nadie me iba a echar en falta, ni siquiera tú, tú que me ignoras aunque me ves cada día, que no estás a mi lado para girarte en el ultimo momento, tomarme de la misma mano fría que me toma la muerte e impedirla que me lleve con ella al infundir en mí el mínimo gesto que la haga dudar y ceder ante su hermano Hypnos. No estás aquí para abrazarme e infundirme calor, para hacerme menos cosa y más humano, para darme sentido…

Supongo que, finalmente, todo esto se reduce a eso. En realidad puede que no tema al brazo de la muerte o a la noche o al sueño. Lo que me tiene aterrado, lo que me impide burlar el insomnio es tu ausencia. ¿Cómo estás tan ciego? ¿Acaso no ves? Soy yo, te necesito y sin ti no quiero nada, sin ti todo me asusta porque no tiene sentido.

Puede que esta noche venga el hermano oscuro, llevándome con él al ver el brazo de la muerte colgando de mi cama. Quizá ya sea tarde para mí y estas palabras no tengan sentido. Pero el suplicio se termina pronto porque ya es tarde, ya llega la noche y el sueño pega mis párpados, ya estoy tumbado sobre la cama. Lo confieso, tengo miedo. Me aferro a tu imagen y poco a poco me voy durmiendo.