Requiem

Supongo que esos réquiem modernos no tienen tanto que ver con los antiguos ¿o si? Se ha perdido la religiosidad de la muerte. No hablo de una fe cristiana, musulmana, judía o de lo que sea, no. Yo hablo de esa religiosidad, de esa santidad que tenían antes los entierros, las misas de réquiem con toda su fastuosidad, ese barroco estilo de escribir una misa de réquiem. No porque fuera propiamente barroco, que también, sino por elogiar a la muerte con una obra de tal categoría. Al fin y al cabo es todo un exceso de voces y de instrumentos sobre la humilde cabeza fría del cadáver. Es demasiada pompa para algo tan simple como la muerte. O eso pensaba yo, y pienso, para qué engañarnos.

Todo esto no tiene nada que ver con que no me extasíe con esas grandes misas de réquiem, bellísimas, cerca de lo sublime, que elevan la propia alma. Pero no son misa de muertos, no, son misas para vivos. Esa diferencia es importante porque quien lo escuchará está muy vivo, y aunque sabrá que lo que se quiere es homenajear al difunto no dejará de sentir esa fantástica sensación de estar ante algo verdaderamente grande.

Esa música retumba y se queja sobre nuestras cabezas, relegando al cadáver a su mero lugar de ornamento al fondo de la iglesia. El réquiem nos eleva, arranca las almas de los vivos para arrastrarlas a otro lugar más sagrado, nos mata, nos quiere matar, es una misa de asesinato. Pero el réquiem habla de una matanza simbólica, muy limpia, nada sangrienta, puramente espiritual, una ascensión no de cuerpo, pero sí de espíritu.

Si Dios existe, realmente se manifiesta a través de la música, y no de cualquier música, de la música que celebra la muerte, pues ese sería el reino último de Dios, la muerte. Es aquí donde él adquiere toda la potestad, todo el dominio sobre nosotros, pobres almas perdidas. Es dios el pastor que recoge el rebaño después de la muerte y nos guía por las sendas tenebrosas, sin temor, hacia los verdes campos donde nos pueda tener bien controlados en última instancia. Pero si lo miramos así la magia del réquiem se muere y ese sonido celestial de violines, del rasgar de arpas o de las voces angelicales de un coro de mujeres y niños nos parece que de nada sirven. Así que entendemos que ese otro mundo, esa otra orilla, el más allá, en fin, no es más que algo puramente paradisíaco, algo intangible, inimaginable, donde nos sentimos flotar, hundirnos en lo onírico, en lo que más placer nos da a cada ser humano sediento de trascendencia.

Sin embargo, parece todo una treta, una droga que nos suministran para tenernos tranquilitos sin movernos mucho. ¡Oh celestial música! tú pareces ser entonces una cómplice más de esa treta. Pero te perdonamos, al menos en nuestro éxtasis te perdonamos, porque con el corazón exaltado creemos ver a un Dios que somos incapaces de comprender, porque oyendo tales sonidos uno sí puede pensar en la divinidad. Que venga ya la muerte, estamos preparados.

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