El inconformista

Enciendo un cigarrillo y me quedo mirando la noche mientras aspiro ese humo que me da la vida, que me tiene atado. Ahora parece que si uno sale se ve relegado a la marginalidad de las puertas mientras se junta con otros parias de la sociedad. Parece que para ligar en vez de preguntar “¿tienes fuego” recurriremos a “¿tienes frío?” con intención de prestar nuestro abrigo a la guapa chica que tenga también un pitillo en las manos y la actitud de fumar rápido para entrar y no morirse helada fuera. No es una mala estrategia, pero hoy no hay ninguna chica guapa en la puerta; hoy, de hecho, no hay nadie. Sólo estoy yo. Hasta el gorila de la entrada se ha refugiado dentro.

Pese al frío uno puede disfrutar bastante de esos cigarros si se le da bien pensar, si quiere pensar. Hay un montón de gente en la calle a pesar de las horas, todos jóvenes, de mi edad más o menos, veinteañeros o treintañeros con poco que hacer y sin conformarse con un papel marginal en la obra. La obra que es la vida, se entiende.

A mi espalda, tras pasar el ladrillo y el hormigón, o la puerta de acero si uno lo prefiere, está la sala caliente que he abandonado, los sillones de cuero, la iluminación anaranjada, un piano, un saxofón y una voz atados a las personas que tocan esos instrumentos. Jazz, decadente, jazz de ultimas horas, de la noche. Jazz que en este lugar es toda una atracción, está lleno hasta arriba, como siempre. Ya cuesta encontrar algún bajo o semisotano oscuro con buen jazz en directo y poca gente. Si buscamos durante la semana aún podemos encontrar algo parecido, pero será música enlatada, música de cd y yo no quiero eso. El ambiente decadente que tanto nos atraen a ciertos pájaros de la noche ya casi no existe ¿no? Parece que no.

Trago el humo de nuevo, me apoyo en la pared, incluso apoyo la cabeza y observo hacia arriba, hacia el techo negro de la noche, porque llamar cielo a eso parece pecado. Si no me esperasen dentro me largaría ahora mismo, huiría paseando calle abajo, buscando algún bar de mala muerte donde me dejasen tranquilo y me pusieran un whisky. Quizás volvería a casa y me estiraría en el sillón con Coltrane de fondo.

Odio la vacuidad. Y también odio lo pedante que suena esa frase, porque no lo es, no para mí. Pero este siglo, esta época, este año, están huecos, todos ellos, ausentes de significado. Me tienen harto. Hoy me fui antes del trabajo, María no lo sabe, claro que María apenas sabe nada de mí. Tampoco sabe que el otro día me acosté con Verónica, le destrozaría saberlo. En realidad no la quiero, llevamos tres años juntos, pero no la quiero, es conveniencia, conveniencia con esta época y esta sociedad que me impone atarme a todo esto. ¡Dios! María es muy bonita, pero está vacía, es tonta, pero bonita. Mi madre me pregunta ya si hay planes de boda. ¿por qué no? Y luego un hijo o dos y la casa grande en las afueras o el piso pequeño en la ciudad. El coche, el perrito para navidad y todo lo demás, todo el pack completo. Mientras me dejo llevar por el día a día, pisoteado por jefes que ni conozco, mientras otros me pasan porque sí les conocen. Y así hasta la jubilación y luego inserso y coger la mano a mi mujer frente a la playa, mientras me aburro soberanamente y pienso en que he malgastado mi escaso tiempo.

Se acabó el cigarrillo, sonrío como un idiota, solo, tiro la colilla y la aplasto con esmero. Saco otro cigarrillo, no tengo ganas de volver dentro. Lo enciendo, aspiro el humo y me apoyo en la pared.

Es muy idiota pensar así en la vida, en el futuro, planeando hasta esa escena patética en la playa. Pero cuál es la alternativa, me gustaría saberla porque no lo sé, lo ignoro completamente y es una pena, sí, es una pena.

Alguien sale de club, es María, me sonríe, la sonrío, me coge de la cintura.
-Hace frío, ven dentro.

-Aún no he terminado el cigarrillo -digo y me gustaría decir más, ahora que ella me mira embelesada los ojos. Podría decirle “ya no te quiero, vives una mentira, ni siquiera me conoces, soy un hombre desconocido para ti, me amas porque crees que conmigo estarás segura toda tu vida, porque crees que te protegeré y te abrazaré cuando llores; porque piensas, igual que yo, que estaremos un día en la playa, arrugados y viejos, y que te daré la mano mientras miramos el mar. Pero todo eso es mentira, porque yo mañana puedo desaparecer y no me acordaría de ti, porque no significas nada para mí” Realmente lo pienso, incluso abro la boca, pero prefiero dar otra calada al cigarrillo mientras ella se aprieta contra mí como una perra enferma buscando calor, igual que lo hace en la cama sin saber que detesto ese gesto de necesidad y dependencia.

La apartó de mi con cierta delicadeza.
-Entra, ahora mismo voy -digo.

Ella sonríe, me besa rápidamente y obedece dejandome solo. Aspiro el humo de nuevo y tiro la colilla, aplastandola otra vez.

Verónica me lo pone fácil, a ella le da igual que esté con María, le da igual lo que gano cada mes por mi trabajo, le gusta mi hosquedad, le gusta mi forma de ser tan extraña. Pero precisamente por eso Verónica no quiere estar conmigo y jamás lo estará. Podremos tener todo el sexo que queramos, pero siempre libres el uno del otro, cargando cada uno con sus nuestras vidas, nuestras cargas y nuestras condenas. Algun día romperé con las mías, cada vez lo hago un poco con pequeños actos de rebeldía, como salir antes de la hora del trabajo. Poco a poco, no me conformo, me niego a hacerlo porque este mundo es muy pequeño y está muy constreñido, porque ahora no puedo fumar en un bar mientras bebo un whisky y escucho jazz.

Abro la puerta del local y vacilo, podría irme aún, desaparecer. Finalmente me decido a entrar, caminando hacia mi mesa, donde están María y sus amigos, ahora míos por obligación. Quizá tenga que fingir un poco más, pero el alcohol ayuda, y el sexo, después, será mi forma de vengarme de todos ellos, de las imposiciones que detesto y que no conseguirán controlarme jamás.

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