¿Criminal?

El juez Köhner se colocó bien el monóculo mientras revisaba por encima los papeles de su escritorio. Luego volvió la vista a la sala.

-¿De qué se le acusa al criminal? -Preguntó. Criminal, desde que el nuevo orden había sido instaurado, era cualquier persona que no se sometiera totalmente a las normas del gobierno. Incluso se les retiraba el titulo de persona. La presunción de culpabilidad estaba en el nuevo derecho.

La fiscal, una mujer de unos treinta años con el pelo recogido en un moño apretado y el traje-uniforme gris de su cargo se levantó son sobriedad, inclinó la cabeza ante el juez y tomó un papel de su mesa:
-El criminal está acusado de desobediencia civil, posesión ilícita de material prohibido, calumnias contra el estado y perpetuación sin licencia.

El juez disimuló con éxito un suspiro. Según el informe detallado que tenía delante y tras interpretar el difícil vocabulario que no aportaba nada y ocultaba ciertas partes, se podía entender que todas esas acusaciones se referían a hechos bastante distintos de lo que parecían en un primer momento. Desobediencia civil era cualquier cosa que uno hiciera contra lo establecido, defenderse ante el arresto con violencia por parte de la policía ciudadana, por ejemplo; la posesión ilícita de material prohibido se refería a libros, corrientes y molientes, ediciones antiguas que hacía mucho tiempo que ya no se imprimían y que, además habían pasado a engrosar la lista de libros prohibidos. Shakespeare, Orwell o Montesquieu eran autores que habían desaparecido del estado a golpe de sello oficial. Las calumnias contra el estado y la perpetuación sin licencia tenían que ver con que, en casa del criminal, habían sido encontrados varios cuadernos escritos, libros de novela de los que no tenía licencia, pues en la época se necesitaba la aprobación del partido para cualquier tipo de creación. Sobra decir que tal aprobación era raramente emitida.

El juez observó al hombre en el asiento de los culpables, una silla de madera fijada al suelo con correas de cuero que le inmovilizaban. Era alto, de gran constitución aunque enflaquecido como todos en aquella época de penuria. Tenía el pelo ceniciento y dos ojos saltones que parecían asustados. Llevaba un buen traje, algo raído por la paliza de su arresto y las miserias del calabozo.

Nadie habló en los minutos en los que el juez se mantuvo inspeccionando los papeles o escrutando al pobre hombre en la silla, estaba aterrado, lo veía claramente, y con razón. La pena por escribir sin permiso y poseer libros prohibidos era la purificación, o en otras palabras, la cremación. Además semejante castigo se hacía previa inyección de un paralizante que no permitía mover un solo músculo, pero sí sentirlo todo. Se introducía al individuo en una cámara donde sólo se aplicaba un calor asfixiante y tras varios minutos se incendiaba al criminal hasta que no quedaba nada de sus restos.
-Fiscal, puede empezar.

La mujer, como siempre, entrelazó los dedos de sus manos y recitó el texto que se había aprendido antes del juicio.
-El criminal -comenzó- fue sorprendido por uno de nuestros agentes cuando ponía de manifiesto un conocimiento prohibido sobre literatura antigua, pervirtiendo se este modo a un inocente ciudadano que resultó traumatizado. Ese hecho despertó las sospechas de nuestro agente que inmediatamente informó al ministerio de inquisición. El veinticuatro del mes pasado se llevó acabo una operación de justa búsqueda en la que se halló una colección de seiscientos volúmenes sobre las más variadas ramas ilegales. Además de esto, encontramos novecientos folios de papel escrito para los que el criminal no tenía licencia. Todo esto se hallaba escondido en el sótano de la casa de este.

La fiscal sonrió satisfecha y se sentó de nuevo. Köhner asintió y revisó otra vez los papeles, dio con un dato que podía salvar al escritor ilegal.
-¿De que clase es el criminal? -preguntó para que luego la fiscal entendiese su veredicto.
La mujer, que comprendió al instante, frunció el ceño con hosquedad y observó al infeliz de la silla.

-Es de clase alfa, señor juez.

Köhner asintió con toda su teatralidad, mirando los papeles con cautela por si había algo más en su ficha. Nada, estaba limpia.
-El criminal tiene derecho a hablar. ¿Quiere decir algo Sr. Mycroft?

El hombre pareció sorprendido con aquello, sin duda no tenía idea de que podría hacerlo durante el juicio. En las nuevas vistas la teoría decía que las pruebas y la exposición de la fiscal eran suficientes para que el juez tomase una decisión, la defensa había sido eliminada como innecesaria y quedaba a disponibilidad de los jueces el permitir a los criminales el derecho de palabra.
-Pues… -comenzó.

-¡Hable alto y claro cuando se dirija al magistrado! -le increpó la fiscal autoritaria.

-No, sólo me gustaría dejar claro que… -pareció considerar un momento lo que iba a decir- que el hecho de pensar y…

No pudo acabar la frase ya que una descarga eléctrica le recorrió todo el cuerpo. En los juicios actuales todos los miembros de la sala tenían un botón para poder aplicar una descarga eléctrica al criminal y así calmarlo. Esta vez no fue ni el guardia ni la fiscal quien accionó el botón, sino el juez.
-Basta -dijo- le retiro al criminal el derecho de palabra. Demasiadas sandeces hemos escuchado ya.

Köhner pudo ahogar otro suspiro, si el acusado hubiera hablado de más, haciendo un discurso sobre la libertad de pensamiento y lo malo que era el régimen, no podría haberle dejado otra opción que la “purificación”. El hombre le observaba con odio contenido, permanecía asustado y también dolido. El infeliz no sabía que le estaba salvando la vida.

El juez observó a la fiscal y luego al acusado.
-El caso está muy claro. Mi veredicto es el siguiente: Robert Mycroft, la condena normal para tales actos de vileza sería la “purificación”. Sin embargo, debido a que se trata usted de un ciudadano de clase alfa y que su ficha hasta la actualidad está intacta, su condena se reduce a la incautación de todos sus bienes y la humillación a clase de ciudadano delta. Desde ahora se le asignará un puesto de trabajo en el ministerio magno y deberá llevar durante un año una insignia que le señale como criminal. Si cometiera algún otro acto ilegal en este periodo será usted “purificado” sin la intercesión de un juicio. He dicho.

Köhner golpeó con el martillo la superficie de madera y observó un instante la sala. La fiscal estaba decepcionada, pero parecía conforme; Robert Mycroft, que de seguro pensaba ya en su muerte, estaba completamente sorprendido. El juez salió de la sala con el gesto serio y obligándose a disimular la sonrisa. Una vez llegó a su despacho cerró la puerta y por fin pudo suspirar.

“Odio esto” pensó. Podría haberlo dicho en voz alta, pero era un hombre cauto y tenía planes que no podría llevar a cabo si se le acusaba a él de “calumnias contra el estado”. Observó el retrato del gran canciller que había en la pared de aquella habitación. El gesto duro, el gran bigote y los ojos fijos que seguían a uno a cualquier parte le daban asco, un asco terrible que algún día estaba decidido a subsanar.

Köhner se sentó en su sillón y observó que su secretaria había dejado un nuevo informe sobre la mesa. El encabezamiento de la carpeta era un único nombre que, en aquel momento, el juez no sabía lo importante que iba a ser. El título era Kraus.

– Este vuelapluma tiene relación con: Roger Heinrich Köhner

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