El brazo de la muerte

El brazo muerto de cristo es igual que el brazo muerto de Héctor e igual que el de otros tantos cadáveres nobles que la historia ha tenido a bien retratar en sus cuadros y relieves. Sí, ese brazo de la muerte es único en su significado, repetido hasta la saciedad en escultura y pintura, incluso instituido como rito de la historia. Caesar cayó al suelo y yació inerte mientras sus asesinos huían, luego dos soldados lo tomaron en una litera y lo trasladaron con el brazo pendiente. Marat, en la bañera en la que le dibuja David, tiene ese mismo brazo caído, que revela que está difunto, muerto hasta los dedos que caen, lánguidos. Los músculos están completamente relajados en todas las representaciones, mientras la lividez se asienta, antes de que llegue el rigor mortis, antes de la inevitable sepultura, el cadáver yace, cosificado hasta su esencia, sin nada ya que le articule de vida, sin energía, con los sentidos apagados. Todo eso está en el abandonado brazo de la muerte, que cuelga sin remisión, olvidado por todos, incluso por los que amaban a ese sujeto.

El gesto de ese brazo es similar a ese otro en el que se dispone por encima de la cabeza en la Ariadna que duerme, en Psique, también abandonada al sueño o en la Venus agotada o en la virgen que se desmaya al contemplar a su hijo muerto. El brazo del sueño y el brazo de la muerte, el primero con ese patetismo tan grande y el segundo con su sufrida perdida de realidad. Hypnos y Thanathos, quizá ambos impusieron esos gestos ante dos cuerpos tan similares para saber diferenciar a quien le pertenecía cada uno y no confundirlos.

Tengo miedo de la noche, que se hace oscura. Tengo miedo de dormir y perderme en la inconsciencia, de abandonar mi cuerpo al cuidado de lo desconocido, porque yo soy esa palidez de carne sustentada con huesos ahí desplomada sobre la cama. Estoy indefenso, solo, terriblemente solo. No hay nadie en este cuarto y yo… yo me siento desfallecer imaginándome tan frágil, abandonado, lejos de todo, lejos de ti. Sí, de ti, que me das coherencia, que das sentido a mi día a día, que haces que sonría y que me sienta protegido, de ti, que ya intuyes mi desdicha y te veo huyendo en pesadillas que están por cumplirse.

No puedo esconder este cuerpo, aunque lo he intentado más de una vez. Es imposible, he de mostrarlo al sol y a la luna, al resto, también a ti aunque me apena. Me apena porque este cuerpo es el mismo que yacerá en la cama cada noche, solitario; un objeto más en la habitación, mucho más inútil que cualquier otro que haya allí y mucho más frágil. Al fin y al cabo yo me rompería con un golpe no muy fuerte mientras que le mesa o un libro o el armario se mantendrían inmutables, quizá con un rasguño, pero sin ceder su función y su existencia a tal golpe. Yo sí.

Es por eso que temo al brazo de la muerte, a arrastrarlo sin quererlo contra el suelo, abandonado de toda vitalidad, de toda vida; donde Thanathos lo confundiría y, tomándome de la otra mano, me llevaría consigo para siempre hacia la oscuridad. Nadie me iba a echar en falta, ni siquiera tú, tú que me ignoras aunque me ves cada día, que no estás a mi lado para girarte en el ultimo momento, tomarme de la misma mano fría que me toma la muerte e impedirla que me lleve con ella al infundir en mí el mínimo gesto que la haga dudar y ceder ante su hermano Hypnos. No estás aquí para abrazarme e infundirme calor, para hacerme menos cosa y más humano, para darme sentido…

Supongo que, finalmente, todo esto se reduce a eso. En realidad puede que no tema al brazo de la muerte o a la noche o al sueño. Lo que me tiene aterrado, lo que me impide burlar el insomnio es tu ausencia. ¿Cómo estás tan ciego? ¿Acaso no ves? Soy yo, te necesito y sin ti no quiero nada, sin ti todo me asusta porque no tiene sentido.

Puede que esta noche venga el hermano oscuro, llevándome con él al ver el brazo de la muerte colgando de mi cama. Quizá ya sea tarde para mí y estas palabras no tengan sentido. Pero el suplicio se termina pronto porque ya es tarde, ya llega la noche y el sueño pega mis párpados, ya estoy tumbado sobre la cama. Lo confieso, tengo miedo. Me aferro a tu imagen y poco a poco me voy durmiendo.

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Un comentario en “El brazo de la muerte

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